El 15 de septiembre de 1910, hace 99 años, el régimen porfirista celebró con bombo y platillo el primer centenario de la Revolución de Independencia. Ese mes estuvo dedicado a festejos, inauguraciones, discursos, recepciones y desfiles. El objetivo expreso de esos festejos oficiales era promover ante el mundo y ante el país los dos logros máximos del porfiriato: “la calma interna, el crédito externo”.
Dos meses después de aquella puesta en escena, el 20 de noviembre de 1910, la fiesta porfirista sería interrumpida por otra revolución, la Revolución Mexicana, cuyo centenario celebraremos la próxima semana. De esta manera, el México real terminaba imponiéndose al México ficticio. A continuación reproducimos dos anécdotas de aquel festejo, narradas por dos testigos de primera mano, que expresan el ambiente real de esa noche.
Rubén M. Campos, El Bar, la vida literaria de México en 1900: “La noche de la celebración del grito de Dolores pudo verse en la plaza mayor de la ciudad de México el presagio anunciador de la revolución, en la cantidad inaudita de policías secretos que invadía el recinto en torno al balcón principal del Palacio Nacional, donde según la costumbre tradicional el presidente vitoreaba a la Independencia a las 11 de la noche. No se permitía la entrada en un vasto perímetro más que a los que llevasen tarjetas expedidas con escrupulosidad, por el temor de que se deslizase entre los que iban a presenciar la ceremonia algún conspirador que atentara contra la vida del general Díaz; la muchedumbre de policías vigilaba constantemente los movimientos de los concurrentes, quienes habían sido conminados de no portar armas y registrados los nombres previo permiso para tener la certidumbre de que no las portaban. El momento culminante de vitorear la Independencia, que siempre había sido clamoroso por la innumerable muchedumbre que henchía la inmensa plaza en otros años, fue el Centenario de la Independencia un grito débil, apenas contestado desde muy lejos por la multitud a la que no se había permitido penetrar en el recinto de los afortunados, quienes poblaban las graderías con sus paraguas abiertos para resguardarse de la fina y copiosa lluvia que caía sin cesar. La fiesta fue suntuosa dentro de los salones espléndidos para los invitados, que guardarán un recuerdo inolvidable de ella; pero la fiesta popular quedó deslucida por la lluvia y por el ambiente de tristeza que llenaba de presagios la imaginación”.
Federico Gamboa, subsecretario de Relaciones Exteriores de Porfirio Díaz, responsable de promover las fiestas en el exterior y de atender a las representaciones diplomáticas presentes en el centenario, quien sería más tarde su acompañante durante los primeros días del exilio en París, narra el siguiente episodio significativo en Mi diario 1907-1938, Tomo IV, p. 210:
“La noche del 15, que en esta ocasión alcanzó proporciones de indescriptible entusiasmo nacionalista, fueron tantos los invitados a palacio que se hizo necesario multiplicar el servicio del ambigú acostumbrado. Karl Bünz, embajador especial de Alemania y excelente amigo, prefirió no sentarse a la primera mesa, sino volver a contemplar el espectáculo, ¡único en América!, de nuestra plaza de armas cuando la muchedumbre que la llenó, hasta no escuchar devotamente y luego vitorearlo con el alma en la garganta, el “grito” ritual, comienza a desertarla en pos de las bandas militares que se desgranan por las calles y plazas de la ciudad, rumbo a sus cuarteles.
En ésas estábamos Bünz y yo, suspenso él y yo encantado como siempre que presencié la patriótica y popular manifestación pacífica, risueña y comunicativa, con tañer de guitarras, entonando canciones castizas y empolvadas, deteniéndose sus componentes frente a las vendimias alumbradas de ocote en que se fríen enchiladas y buñuelos, y se pregonan cacahuates y frutas, los compradores empinando el codo, acallando brazos femeninos a los críos, insomnes y pávidos; todo eso veíamos, cuando en la bocacalle de Plateros se produjo insólito arremolinamiento de gente rijosa, se oyó destemplado vocerío y adivinamos un terco ondular y chocar de personas. A tamaña distancia no acertamos a dilucidar qué sería aquello, apenas si distinguíamos que un emblema, estandarte o cuadro, oscilaba y se erguía por sobre las cabezas anónimas, cual si unos y otros se lo disputaran a viva fuerza.
De pronto, uno, dos fogonazos, con sus sendos truenos inconfundibles, rayaron la relativa penumbra en que las iluminaciones mortecinas iban sumiendo a la plaza, y, a poco, en desorden y con mayores voces, el remolino humano se abrió paso y avanzó de prisa por frente al portal de Mercaderes, la Casa del Ayuntamiento, rumbo a palacio.
–Tiros, ¿verdad? –exclamó Bünz.
–Posiblemente –repuse– cohetes o tiros disparados al aire por el júbilo que la fecha provoca.
El remolino siguió avanzando hasta no desfilar por debajo de nosotros, que desde el balcón lo contemplábamos, Bünz intrigado, y yo sin sangre, pues ya se descifraban los gritos, vivas a Madero, y ya veíase qué era lo que en alto llevaban; un retrato en cromo del mismo Madero, enmarcado en paños tricolores.
–¿Qué gritan? –me preguntó Bünz.
–Vivas a los héroes muertos y al presidente Díaz –le dije.
–Y el retrato, ¿de quién es? –tornó a preguntarme.
–Del general Díaz –le repuse sin titubeos.
–¡Con barbas! –insistió algo asombrado.
–Sí –le mentí con aplomo–, las usó de joven, y el retrato es antiguo…
Amargado ya el resto de la noche por indicio tan significativo, tuve la aprensión de que algo grave se aproximaba, de que quizás las fiestas suntuosas del centenario no eran el exponente de la prosperidad nacional tan trabajosamente conquistada y, en cierto modo, también la no usurpada recompensa con que el país entero coronaba las canas del reconstructor de la patria, del caudillo meritísimo que no obstante sus muchos años aún empuña el timón de la antes desmantelada nave del Estado, con pulso no tan firme y certero como el de su madurez, ¡claro está!, las leyes naturales no hay quien las conculque; pero todavía movido por las intenciones y propósitos más nobles y altos de un mexicanismo entrañable. ¿Vendrá –me pregunté– el sacrificio de la séptima vaca gorda de que habla la Escritura, y ya por los desiertos norteños, arreados por erróneas o torcidas ambiciones, se habrán echado a andar las siete vacas flacas?”.
En verdad que la historia es la maestra de la vida.
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