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El Charro de México: Antonio Aguilar

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Alberto Chiu/ntrzacatecas.com
Domingo 22 de noviembre de 2009

Zacatecas, Zac.- José Pascual Antonio Aguilar Barraza fue un zacatecano, nacido el 17 de Mayo de 1926 en el municipio de Villanueva, hijo de don Jesús Aguilar y María de los Ángeles Barraza, a quien llamaban de cariño “Angelita”, y que llegaría a convertirse en un verdadero ícono de las tradiciones populares de México.

En todo el mundo sería conocido después simplemente como Antonio Aguilar, el Charro de México.

A pesar de haber nacido en Villanueva, la infancia de Antonio Aguilar transcurrió en Tayahua, Zacatecas, habitando el antiguo casco de la hacienda del lugar, una propiedad que había sido adquirida por sus ancestros, a principios del siglo XIX.

Su madre, Angelita, solía cantar en las ceremonias religiosas, y es a ella a quien el propio Antonio atribuía su vocación por el canto, que le llevaría a alturas insospechadas en muchos países del mundo, y que le ganaría la admiración de un vasto público nacional e internacional.

Pero el sueño de los altos vuelos en Antonio comenzó por otros derroteros. Al acercarse la década de los 40, su tío Mariano se ofreció a pagarle la carrera de piloto aviador en Nueva York, ciudad a la que Antonio se trasladó en un principio, sólo para descubrir que lo suyo era el canto, y cambió los estudios de aviación por una beca para cantantes, en una escuela de La Gran Manzana.

Antonio se trasladó entonces a Hollywood, en California, y entre 1940 y 1941 se dedicó de lleno a estudiar canto, a la par que comenzó a trabajar, ya como cantante, en diversos establecimientos de Tijuana, donde ganaba hasta 12 dólares a la semana.

Regresó poco después a la Ciudad de México, en 1945 y, desde entonces, siguió estudiando canto, de tal manera que podía interpretar lo mismo canciones del género popular que operístico.

En aquél entonces, a mediados de la década de los 40, fue conocido como Tony Aguilar, cantante de boleros, mismos que interpretaba con un muy personal timbre de voz y agradable presencia en los escenarios.

Ya para el año 1950, Álvaro Gálvez, conocido en el mundo radiofónico como “El Bachiller Gálvez”, le otorgó la oportunidad de ingresar a un mundo ansiado por muchos de los que pretendían convertirse en estrellas: cantar en la XEW, cosa que logró en Julio de ese mismo año… y comenzó el despegue de una gran carrera histriónica.

Su incursión en la estación de radio más importante del país fue todo un parteaguas para la carrera de Antonio Aguilar y desde los inicios de la televisión mexicana se hizo presente, actuando en los estudios del programa “Música a Bordo”, que se transmitía en el Canal 2, allá por el año de 1953.

Un gran actor

Su carrera como intérprete de boleros se vio reflejada también en el cine, haciendo pequeños papeles en películas en las que logró trabajar al lado de las más grandes personalidades del cine mexicano de la época: Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Jorge Negrete, Joaquín Pardavé, Silvia Pinal, entre muchos otros.

En uno de los viajes que como intérprete de boleros realizó a varios países del sur del continente, encontró una gran aceptación del público cuando interpretaba temas de género ranchero, la música del campo mexicano, y decidió que a partir de ese momento colgaría de una vez, y para siempre, los trajes formales, los corbatines, moños y fracs, para vestir de ahí en adelante un solo atuendo: el traje de charro.

Con el tiempo y tocando puertas, su primera oportunidad importante llegó en el año de 1952, participando en la cinta El casto Susano, al lado del inolvidable Joaquín Pardavé.

Luego de varias participaciones en papeles menores, en 1953 fue contratado como actor exclusivo de la compañía Filmex, con la consiguiente aparición como coestelar en al menos dos películas, Un rincón cerca del cielo (1952) y Ahora soy rico (1952); en 1956 llegó su primer estelar en la película Tierra de Hombres, a partir de la cual actuó en un sinfín de comedias y dramas de corte ranchero, en las que interpretó reiteradamente personajes populares o históricos de México como Heraclio Bernal, Emiliano Zapata, Felipe Carrillo o Lucio Vásquez, entre otros.

Dedicado de lleno al trabajo histriónico en la interpretación de personajes mexicanos, nunca le faltó tiempo y en cambio siempre le sobró creatividad, a grado tal que dedicó parte de su labor a escribir algunos argumentos y guiones de cine.

Un hombre sencillo

Su producción musical también fue grande, con más de 160 discos grabados en toda su trayectoria. En el género ranchero, es considerado uno de los máximos exponentes de la música vernácula, comparado con figuras como José Alfredo Jiménez, Javier Solís o Jorge Negrete.

Lo mismo interpretaba antiguas canciones de la época de la Revolución Mexicana que muchas otras de fuerte inspiración popular, lo cual le valió fama internacional.

Este mexicano universal de aspecto viril, fue el sueño de amor de muchas mujeres de mediados del pasado siglo; su galanura al portar el traje charro, su carisma personal, la alegría característica en él y en sus interpretaciones, fuera en canciones o en la pantalla grande, arrasaban donde quiera que se paraba Antonio Aguilar.

Estas características, sin embargo, no eran una efímera pose para las presentaciones artísticas, sino que la llevaba muy dentro personalmente, en la convivencia diaria con sus más cercanos colaboradores, tanto en las producciones como en el trabajo del campo, que nunca olvidó, en el Rancho El Soyate, ubicado muy cerca de su querido Tayahua.

De trato sencillo y honesto, cuentan quienes lo conocieron en vida que prácticamente nunca hizo un contrato por escrito, pues tenía como norma de vida confiar en la palabra dada en prenda, y en el cumplimiento de las obligaciones por deber moral.

Su pasión

Otro de sus grandes amores, además del canto, fueron los caballos, una pasión que le llevó a crear todo un espectáculo ecuestre con el que llevó la tradición del deporte nacional por excelencia a lo largo y ancho del mundo.

Plazas de toros, lienzos charros, plazas públicas de México y de muchos otros países, fueron escenarios abarrotados donde quiera que se presentó, acompañado de su esposa, la también actriz y cantante Flor Silvestre, e incluso de sus hijos, Antonio y Pepe, quienes haciendo gala de lo aprendido de su padre, interpretaban canciones mexicanas al lomo de cabalgaduras educadas que bailaban, relinchaban e interactuaban con el público, haciendo de éste un espectáculo agradable a cualquier audiencia.

De aquellos viajes por el mundo con el espectáculo ecuestre, es destacable que Antonio Aguilar es el único hispano que llenó, en su época, seis noches consecutivas el Madison Square Garden de Nueva York, con un público que reconoció su calidad histriónica y le manifestó siempre su admiración y cariño.

Luego de una carrera de más de 60 años ininterrumpida, decenas de películas, discos, presentaciones en vivo, programas televisivos y el permanente retorno a sus raíces, al campo, el 5 de Junio del 2007, Antonio Aguilar fue internado en el hospital Médica Sur, en la ciudad de México, debido a una afección pulmonar, momento a partir del cual su situación comenzó a agravarse.

Después de 15 días de hospitalización, a las 11:45 de la noche del día 19 de junio, el famoso Charro de México dejó de existir, a consecuencia de las complicaciones de una neumonía que estaba controlada, pero que había provocado un cuadro de agotamiento agudo, lo que afectó su funcionamiento renal y pulmonar.

La noticia cundió como pólvora, y el insigne zacatecano comenzó a recibir, desde el momento de su muerte, los más grandes homenajes a los que habían accedido, con anterioridad, las figuras nacionales: se instaló una capilla ardiente en el museo de Bellas Artes, hasta donde cientos de miles de mexicanos se dieron cita para darle el último adiós.

Luego vino el traslado a Zacatecas, donde fue velado en el máximo escenario de la capital, el histórico teatro Fernando Calderón, y hasta aquí se dieron cita otros grandes de la música contemporánea como Vicente Fernández, Pedro Fernández, o Guadalupe Esparza, ex vocalista del grupo Bronco, muchos otros miembros del espectáculo, amigos cercanos de la familia, y una interminable fila de paisanos que le rindieron el último tributo y no se rindieron ante la lluvia, que también aquí seguía cayendo.

Después de una sentida ceremonia religiosa en la Catedral Basílica de Zacatecas, los restos del Charro de México fueron trasladados al lugar que lo vio nacer, Villanueva, y finalmente al sitio que él mismo, con su esfuerzo, edificó y cuidó con esmero: el rancho El Soyate.

Desde el 21 de junio del 2007, Antonio Aguilar descansa en un modesto sepulcro, en la cima de una pequeña colina de El Soyate, desde donde sigue admirando los fabulosos amaneceres y atardeceres en Tayahua, el cielo cruelmente azul de Zacatecas, y el trote de sus caballos, mientras se siguen escuchando en el aire las notas de cualquiera de sus canciones.

Ahí descansa en paz, y permanece en la memoria del mundo, Antonio Aguilar, el Charro de México.


Publicado en: Zacatecas

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