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Sábado 26 de mayo de 2012

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Las apariciones, según Juan Diego

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Víctor Martínez/ntrzacatecas.com
Domingo 13 de diciembre de 2009

Zacatecas, Zac.- Con motivo de la celebración por los 478 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, este sábado se realizó, como cada año, la gran fiesta en la Basílica de Guadalupe, en la ciudad de México.

Con gran esfuerzo y dedicación, los feligreses acuden desde las más lejanas tierras del país para visitar a la morenita del Tepeyac; tampoco faltaron los clérigos y demás autoridades eclesiásticas, quienes fueron los encargados de dirigir la celebración.

Sin embargo, se hizo notar la presencia de una de las personas que menos esperábamos encontrar, pues además de chaparrito, parecía querer escapar a la mirada de los demás, ocultándose precisamente a un lado de la imagen de la Virgen.

Al instante, NTR Medios de Comunicación lo localizó: era ni más ni menos que Juan Diego, a quien se le tuvo que insistir para que nos concediera la entrevista, pues al principio se negó bajo el argumento de que ya se sabía todo al respecto.

Minutos después lo convencimos y decidió narrar cómo se apareció la Virgen y qué debates se suscitaron con el prelado, el entonces obispo Fray Juan de Zumárraga, sobre la autenticidad de las apariciones.

Explicó que en el año de 1531, a unos días de diciembre, iba caminando desde Cuautitlán —donde vivía— para ir a realizar sus deberes, pero que al pasar por el cerro del Tepeyac escuchó algo que “semejaba cantos de pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores y parecía que el monte les respondía”, describió.

Expuso que paró y fue a ver qué pasaba en el lugar, y que no tenía miedo, pero que se preguntó: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño?”. Refiere que pensó lo anterior porque dudaba que sus sentidos estuvieran bien ante el extraordinario suceso, ya que al llegar a la cima, los nopales parecían como de esmeralda.

El indígena, natural de Cuautitlán, hoy estado de México, destacó que subió porque, después de un silencio, una voz femenina le habló: “Juanito, Juan Dieguito”.

Él hizo eco de su llamado a ese canto celestial y acudió “muy contento”, y en el lugar, una señora morena le pidió que llevara un mensaje al Palacio del Obispo de México, con el prelado Fray Juan de Zumárraga, acotó.

“Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen, oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Juan Diego recordó que ése era uno de los objetivos de la Virgen, para que se construyera su iglesia.

No obstante, refiere que el obispo no le creyó ni una palabra, por lo que Juan Diego regresó, apenado por no realizar la tarea.

“Me dijo el obispo: ‘Otra vez vendrás hijo mío y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio, y pensaré en la voluntad y deseo con que haz venido’. No me creyó; eso lo expliqué a la Señora y Niña Mía, ese mismo día”, destacó.

El entrevistado también admitió que nunca lo trató mal el prelado, pero que entendió claramente que no se le había dado crédito a su relato.

Segunda aparición

“Pensó que quizá era una invención mía que ella quería que le hagan un templo y que acaso no es de orden tuya”, recordó que le dijo a la Virgen a su regreso al Tepeyácac (hoy Tepeyac), durante la segunda vez que ésta se le apareció.

En esta segunda aparición, según indicó el indígena, la Virgen le dijo que debía insistir en su mensaje con el prelado.

Juan Diego, mientras recordaba esto, hizo una pausa, pues narrar su historia le causaba cierta melancolía.

Al día siguiente, un domingo, salió de su casa con rumbo al Palacio del Obispo, y después de “instruirse en las cosas divinas”, esperó a Zumárraga para darle nuevamente el recado. El prelado lo volvió a escuchar y ahora le hizo más preguntas “para cerciorarse” de que fuera verdad, dijo.

Entre las preguntas del obispo estaban: “¿Dónde la vio? y ¿cómo era?”, a lo que Juan Diego le dio todos los detalles. “ ‘Es necesaria alguna señal’, dijo el padrecito”, recuerda el entrevistado.

Como de nuevo el obispo no le dio crédito, Juan mencionó que aunque él nunca lo hizo público, el supo que hubo gente que por su voluntad lo siguió a donde fuera, para cerciorarse de que fuera verdad, y que los perdió en el camino.

La tercera aparición

Ya era la tarde de ese domingo, expuso Juan Diego, cuando regresó a decirle a la Virgen lo sucedido. Ella, ante tal situación, “me dijo que volviera al día siguiente, pa’ que le llevara al obispo la señal que me había pedido”.

Sin embargo, narró que no pudo ir al encuentro con quien le había pedido llevar el encargo al obispo, pues un tío suyo, Juan Bernardino, enfermó de la peste; por ello, en la madrugada del martes salió con rumbo a Tlatilolco, “pa’ buscar un sacerdote que fuera a confesarle (a Juan Bernardino) y disponerle”.

Juan Diego, con lágrimas en su rostro, recuerda los duros tiempos a los que se enfrentaba, pues según indicó, ya se esperaba la muerte de su tío. También mencionó que intentó buscar otra vía que no fuera el Tepeyácac para llegar con los sacerdotes, para que no lo detuviera la Virgen debido a la prisa y pesar que lo aquejaba.

La cuarta aparición

No obstante, la “Santísima Virgen bajó del cerrillo y salió a mi encuentro, cuando ella no podía ver que iba por allí”.

Juan Diego estaba muy apenado, pues además de no poder ir a su encargo por la petición del tío, ya no quería ir con el obispo porque no le había creído y no creía que pudiera creerle.

Pero, destacó, su tío sanó después de exponerle su caso a la Virgen; “eso después se supo”. Asimismo, recuerda que ofreció a la Virgen que después iría a su encargo, pero esto no sucedió después de que se le notificó que Juan Bernardino había sanado.

“¿No estoy aquí yo que soy tu madre?”, fueron las palabras de la Virgen, indicó.

“Me consolé mucho cuando la Señora del Cielo dijo ‘No te apene ni te inquiete otra cosa, ni te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella (de la peste); está seguro que ya sanó’ ”.

Inmediatamente, añadió el indio, la virgen le rogó que subiera al cerro, donde “sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites” a recoger unas flores; y sin dudar subió y encontró rosas de castilla, muy fragantes.

“La Señora, al regresar, tomó las rosas con su mano y me dijo que fuera con el Obispo, que esa era la prueba; fue un milagro: las rosas parecían como perlas”.

Posteriormente, Juan llegó con los sacerdotes; pidió a los criados que le dejaran ver a Fray Juan de Zumárraga, pero éstos se negaron. Argumentaron que “era inoportuno”, y que ya le habían informado sus compañeros que lo habían perdido cuando fueron a seguirlo y que “sólo los molestaba”.

Sin embargo, relata el nativo de Cuatitlán que insistió hasta que se le permitió ver al prelado, no sin antes sufrir tres intentos de robo de las rosas que cargaba en su tilma, por parte de quienes le abrieron.

“Se asombraron muchísimo, pues no era época en que se dieran las rosas de Castilla; por eso me las querían robar”.

Añadió que después de saber lo de las rosas, fueron con el obispo, para hacerle saber que ahí estaba el indio que había mandado la Virgen; “comprendió que esa era la prueba y acudió a mi encuentro”.

Juan Diego le platicó al Obispo cómo había conseguido las flores y que la mismísima Virgen le había pedido el encargo de ir a recortar las flores. Al momento, “lloró el padrecito, pues estaba arrepentido por no haber creído en la petición de la Virgen”.

Juan Diego no dejaba de hacer expresa su emoción por el último milagro hecho por la Virgen, la cual era la prueba de que sí se había aparecido.

“Las rosas parecían labradas; además, al momento de soltarlas de mi tilma se dibujó y apareció en ella la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera en que ésta se guarda en el templo del Tepeyac”, declaró.

Después del milagro, Juan Diego indicó dónde quería la Virgen que se le construyera el Templo, y se fue a descansar a su casa y a ver cómo estaba su tío.

También narró a los sacerdotes que la Virgen le dijo que su tío estaba curado de la peste, luego de que había estado a punto de morir, por lo que un contingente de sacerdotes lo acompañó a su casa; “y cuál fue su sorpresa, que mi tío estaba contento y sano, por lo que fue llevado con el obispo, a quien le contó el otro milagro de la morenita”.

“Ella le dijo a mi tío Juan Bernardino, de la misma manera que a mí, que le contará esto”.

Así, días después se construyó el templo del Tepeyac, “donde vi por última vez a la Señora y Niña mía”.

“Fue entonces que el señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente la viera y admirara su bendita belleza”, concluyó.

Luego de esta entrevista, se le vio a Juan Diego caminar entre el gentío, hasta que desapareció de nuestra vista, y cuando intentamos localizarlo nuevamente, fue imposible debido al gentío que estaba en el lugar, por lo que nos fue imposible obtener su foto.


Publicado en: Zacatecas

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