Aborto
José de Jesús Reyes Ruiz Bustamante
Viernes 18 de diciembre de 2009
Nadie, absolutamente nadie, y esto le debe quedar claro a la sociedad entera, está a favor del aborto. Ni los izquierdistas más izquierdistas ni los ateos. A partir de ello, los sacerdotes deberían, por respeto y decencia, cambiar su discurso y dejar de mencionar que ellos están a favor de la vida mientras que muchos otros estamos a favor de la cultura de la muerte y del aborto.
Posiblemente tendría que aceptar como católico (con dudas al respecto) que la vida se inicia en el momento de la fecundación, el sacerdote al que hice referencia en la primera de las anécdotas que conté en mis reflexiones previas, aseguraba tener evidencia científica de que éste era el caso, lo cual es absolutamente falso. Está mintiendo. Nadie, absolutamente nadie, puede decirnos con base en elementos científicos y objetivos que la vida individual, que la vida humana, se inicia en el momento de la fecundación del óvulo por el espermatozoide.
Es cierto que ahí existe el elemento potencial, pero no sólo una vida, sino de muchas, y lo que les debe quedar totalmente claro tanto a católicos como a las élites de la Iglesia es que en las primeras semanas de vida del embrión fecundado, las que son llamadas como etapa blástica o células de la mórula, lo que tenemos son células que se dividen de una a dos, de dos a cuatro, de cuatro a ocho y así, sucesivamente, pero son células idénticas entre sí. Lo que nos dice la ciencia, y es algo que puede hacerse hoy en día, es tomar estas células que muchos conocen como células madre y obtener de ellas a un individuo, a un ser humano totalmente desarrollado. Pero también tienen la potencialidad de desarrollar un individuo como de ser implantadas para formar células de algún órgano adulto y maduro, o para formar piel, etcétera.
Si la Iglesia considera que estas células contenidas al interior de un saco representan a un individuo y, por lo tanto, deben ser respetadas, tendríamos que respetar, por poner sólo un ejemplo, al cordón umbilical de un recién nacido, donde también existen células madre con la misma potencialidad, y al cordón que muchas personas congelan (más por el negocio de algunos pediatras que por que realmente pueda ser de utilidad alguna). Tendríamos que pensar en ponerle nombre a esos cordones umbilicales y darles, en todo caso, cristiana sepultura.
El problema es que no sabemos dónde comienza la vida del ser humano como individuo independiente, ciertamente no en el momento de la fecundación, al menos no para muchos. Ésta es la misma discusión que se dio hace ya 100 años en torno a la muerte, ya que en la primera mitad del siglo XX se pensaba que la persona moría cuando su corazón se detenía (y no es así), y cuando lograron mantener al corazón con base en la tecnología, tuvieron que concluir que la muerte se daba cuando cesaba la actividad eléctrica de la corteza cerebral, como se determinó por primera vez en Harvard, en 1968.
Algo similar puede ocurrir al inicio de la vida dentro de la matriz materna. La actividad eléctrica cerebral del feto no se registra sino hasta el tercer mes de vida, y pudiera ser éste el momento del inicio de la vida de un ser humano, pero esto hoy en día no deja de ser controversial, lo que no lo es por más que así lo quieran ver, y es que en la etapa de mórula difícilmente podamos (católicos incluidos) pensar que muchas células idénticas entre sí correspondan realmente a un ser humano.
Este asunto es controvertido y lo seguirá siendo durante mucho tiempo, por lo que el centro de la discusión debe ser el respeto a los otros a pensar como quieran pensar.
Si no existen pruebas fehacientes de que la vida se inicia en el momento de la fecundación, el centro del debate es el de no imponer nuestras creencias a los demás, como pretende hacer la jerarquía católica y, por lo tanto, si una mujer decide abortar dentro de las primeras 10 semanas de la gestación por las más diversas razones y dentro de un status legal donde no se ha definido con precisión (por que no es posible) cuándo se inicia la vida, debemos respetar que lo haga, y no como lo piden las clases conservadoras: castigar a una mujer tan sólo porque piensa diferente y decide lo que considera pertinente en su propio cuerpo, y de acuerdo con sus creencias.






