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Empleo, desempleo y distribución de la pobreza

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José María Pino Méndez
Jueves 4 de febrero de 2010

Hace unos 10 años, Viviane Forrester publicó un libro en Francia, que rápidamente se convirtió en un best seller: El horror económico, en el que hace una acerva crítica a los efectos de las políticas neoliberales, desde la dimensión de una escritora, no economista ni socióloga ni nada qué ver con las ciencias sociales. Con un párrafo contundente, como un puñetazo del Travieso Arce, inicia su argumentación:

“Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Millones de destinos son destruidos, aniquilados, por este anacronismo, debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener con vida para siempre nuestro tabú más sagrado: el trabajo”.

Según la Forrester, en la sociedad contemporánea el empleo se ha convertido en algo tan inalcanzable, tan volátil y a la vez tan etéreo, que los paradigmas en que se fundó la economía, de los mercantilistas a los neoliberales, se derrumban ante el avance incontenible de la globalización, la tercerización del empleo, la migración, no de “espaldas mojadas”, sino de hordas de prófugos del Tercer Mundo, que se lanzan al asalto de las fortalezas del mundo industrializado, de aquello que John Kenneth Galbraith llamara la Sociedad Opulenta.

Para los clásicos, en la vertiente ricardiana, el trabajo es el origen del valor; para los neoclásicos es uno de los factores de producción, junto con la tierra y el capital. Para Marx es una mercancía cuyo valor se calcula en función del costo de su reproducción. Para Keynes es la fuente del ingreso, en consecuencia de la demanda efectiva y del consumo, ahorro e inversión, sólo que esta última es la variable dinámica del sistema y el trabajo una variable dependiente.

Forrester atina: en un Tercer Mundo, que en mucho es también un mundo de tercera, tener empleo, ocupar un puesto de trabajo es casi casi un privilegio. Las crisis recurrentes, que se ensañan con las víctimas del horror de la economía, los condenados de la tierra, los nómadas famélicos que resultan de las falacias frívolas, que se encubren con el lenguaje del tecnicismo ramplón, de la globalización y la interdependencia. Se dice que la reducción del desempleo se dará cuando el trabajo sea tan flexible que el salario se pueda indexar a la productividad marginal del factor trabajo (¡¿y quién carajos lo mide?!), cuando la realidad es que se mantiene deprimido el trabajo, reducidos los salarios, para no crear inflación.

Cómo recuerdo una frase de mi maestro Aldo Ferrer, quien dice que hay que ver qué clase de sociedad queda después de reducir la inflación. De ahí una de las mentiras que desenmascara Viviane Forrester, la de que, cuando crece la economía, automáticamente crece la tasa de empleo, cuando vemos economías en pleno crecimiento que arrojan a la gente a la desocupación, el drama de las sociedades marginadas.

Los principios generalmente aceptados de que el desempleo involuntario es un fenómeno friccional y transitorio y de que su solución descansa en que se dejen al libre juego las fuerzas del mercado, es otra falacia. Los resultados esenciales en espacios deprimidos como el nuestro demuestran que el mercado de trabajo no existe, que no basta con que haya oferta y demanda de trabajo para que el mercado se constituya. Que el salario no es solamente el precio del trabajo, sino una variable distributiva y que el desempleo es el fenómeno natural de las economías en que impera el capitalismo salvaje, como lo dijera en su tiempo Marx, pues el ejército de reserva de los desempleados contribuye a bajar el precio de la mercancía trabajo.

La pobreza no es un residuo no deseado del modelo concentrador, sino su consecuencia lógica y, por lo tanto, no se puede dejar al juego del mercado la creación de empleo, se requiere la intervención equilibradora del Estado, bajo una tendencia redistributiva que garantice su efectividad.

Lo que ha sucedido en estos últimos años de pesadilla neoliberal es que lo que se ha distribuido es la pobreza, no sólo en los segmentos sociales medios que cada día caen en la proletarización, sino en su ampliación geográfica, esto es, cada día hay más pobreza en más lugares.

En Zacatecas, por ejemplo, no tengo el dato preciso de cuánto cuesta crear un empleo, porque no existe información fidedigna, pero sí sé que hay que utilizar un factor de cálculo porque la oferta es en exceso inelástica y no responde a la demanda creciente, de ahí los extremos de fenómenos como la migración y la profundización de la pobreza.

Es una tarea de alta prioridad. Es más, no creo que haya una prioridad mayor que la de creación de puestos de trabajo para los zacatecanos.

Una nota triste: Murió Tomás Eloy Martínez, desterrado víctima de la dictadura militar argentina, uno de los más importantes escritores en lengua española, autor de varias novelas notables y de una obra maestra, Santa Evita. Qué lástima, era uno de los grandes.


Publicado en: Opinión

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