Despotismo majadero en el DF
Francisco Javier Acuña (*)
Martes 31 de agosto de 2010
Nadie da lo que no tiene. La grandeza de un gobernante se refleja en la inteligencia benéfica que a su paso dejan aquellos que saben mandar sin maltratar y especialmente se hace ostensible la tolerancia inteligente frente a los detractores, aquellos súbditos o habitantes bajo su imperio a quienes cuesta mucho soportar.
Un gobernante con talla de estadista procura ser querido y a ser comprendido por sus adversarios, por encima de las divergencias o inclusive las diatribas, porque el gobernante sí tiene la obligación de no hacer personales sus fobias, yendo más lejos, inclusive, puede llegar a ser estimado en la reciprocidad magnánima de las diferencias.
Un grande es el mismo antes y después, el tiempo y la fortuna de sus responsabilidades lo hacen templado y sereno, la pátina de los desvelos y los callados contratiempos del oficio público no lo transforman, sigue siendo el mismo de arriba a abajo, de anverso que de reverso y eso es francamente escaso y, definitivamente, es algo con lo que se nace y se practica en los momentos clave. “Al enemigo, puente de plata”, rezaba el adagio popular y esa es una vieja consigna sabia. A lo largo de 200 años de historia nacional han pasado cientos de mandatarios y miles de gobernadores y alcaldes y, muy pocos, contados con los dedos de una mano, son recordados.
En el orbe, sólo los muy grandes como César Augusto son rememorados y los muy canallas como Nerón o Enrique VIII son difícilmente olvidados (los últimos, a la fecha, no dejan de ser odiados).
Napoleón, que en verdad fue un estratega y un exitoso emperador, pagó al final, cuando estaba desterrado, sus contadas estupideces, las que innecesariamente cometió, sí, lo hizo sólo por el gusto de aplastar a aquellos a los que ya había vencido. Hasta para con esos -los derrotados en una batalla- se puede y acaso se debe tener un signo de respeto a la desdicha de la derrota sufrida.
Por eso, no es de sorprender la prepotencia huevera del mandamás defeño, quien, altanero y agresivo, arruinó el legítimo esfuerzo del evento de los reposteros y panaderos al que acudió a inaugurar; ahí, vulgar -rodeado de sus corifeos- alzó un paquete de huevos, “que para que los vea (el cardenal Juan) Sandoval (Íñiguez)…”.
Que ridícula frivolidad, cuando el país se está desbaratando y casi se deslava por las lluvias la capital, una tras otra, la titular del instituto de las mujeres en el Distrito Federal, en uso de una misoginia proverbial, descargó contra el certamen de Miss Universo (que ganó una mexicana hermosa y plena de talentos), dijo que: “Son denigrantes como un concurso de reses”. Ah, qué clase de izquierdistas éstos que gobiernan la capital, queriendo hacer de ella la Amsterdam de América Latina (por su agenda de avanzada) la volvieron una Roma Imperial. Y como a Incitatus el caballo, cual Calígula, el déspota local, debería nombrar a la señora Micher cónsul de la incongruente inoportunidad.
(*) Especialista en derechos humanos
fjacuqa@hotmail.com






