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Derechos de las mujeres

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Jenny González Arenas (*)
Miércoles 19 de octubre de 2011

El 17 de octubre pasado, se conmemoró el aniversario del voto femenino en nuestro país, y con ello la posibilidad de que el sector femenino participe activamente en los procesos democráticos, de la misma manera, el 3 de septiembre de 1981 entró en vigor la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, documento en el cual se enumeran las obligaciones de los Estados signatarios a fin de abatir el fenómeno discriminatorio.

A lo largo de la historia mundial y nacional, podemos mencionar una gran cantidad de eventos y documentos reivindicatorios de los Derechos de las mujeres, sin embargo, vale la pena hacer un alto en el camino y reflexionar sobre los avances que se han tenido en esta materia, al margen del marco normativo que es, dicho sea de paso, completo.

Han pasado ya 58 años desde que se reconoce el derecho al voto en nuestro país, las mujeres participan más en la vida política, son candidatas a puestos de elección popular, representar partidos políticos, ganan elecciones, son síndicas municipales, regidoras, diputadas locales, diputadas federales, senadoras, algunas gobernadoras y aspirantes a presidentes de la república, ya en otros países la mujer ha ocupado este puesto. También han trabajado fuertemente por obtener espacios dentro de las administraciones municipales, estatales y federales; con mayor frecuencia ocupan puestos directivos en la iniciativa privada. Efectivamente, mucho se ha avanzado en el posicionamiento y reconocimiento del trabajo de la mujer fuera del hogar. Pero no todo está hecho.

Para el caso de nuestro país, mucho se ha trabajado en campañas de concientización, capacitación y educación de la mujer y del hombre. Constantemente desde la familia, la escuela, las oficinas, la política y, en general, todos los espacios de la sociedad, se fomenta el trato equitativo y digno para el papel que tanto el hombre como la mujer ocupan dentro de la sociedad.

Este fenómeno de reivindicación de la figura femenina dentro de la sociedad no es una batalla y mucho menos una guerra; como comúnmente se dice, la violencia genera violencia, la guerra más guerra y el trato desigual generará, forzosamente, mayor desigualdad. La lucha por la abolición de la desigualdad trae consigo una nueva cultura social que reconozca que el status quo de la mujer ha cambiado, pero también el de los hombres, sobre todo cuando se trata de involucrarlos más en el cuidado de los hijos.

La discusión se centra en si debemos buscar la igualdad o la paridad entre los géneros. Hablar de igualdad implica acceso a las mismas oportunidades, derecho al mismo trato, al mismo trabajo, al mismo salario, es decir, condiciones igualitarias de trato sin diferenciar si es hombre o mujer. Paridad implica ser capaces de reconocer que somos diferentes, que tenemos habilidades diferentes y que se nos permita desarrollarnos adecuadamente dentro del ámbito de nuestras diferencias, compaginando nuestras habilidades.

La diferencia entre un trato igualitario y un trato paritario es el reconocimiento de las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer. Mientras que la igualdad trae consigo la anulación de tratos diferenciados, permitiendo la competencia en igualdad de condiciones, como si se tratara de personas con las mismas características, intelectuales, físicas, psicológicas, etcétera, la paridad puede ser desde el aspecto cuantitativo o desde el cualitativo, el primero comprende proporcionalidad en cuanto a cantidad, lo que nos llevaría a pensar que si las mujeres son mayoría entonces deberían ocupar mayor cantidad de espacios laborales, académicos, profesionales, entre otros, sin embargo, la paridad entendida desde su aspecto cualitativo presupone la existencia de una complementación entre un género y el otro, es decir, piezas de un rompecabezas que son completamente diferentes en su forma, pero que se complementan una a otra en aras de formar un todo.

Entonces, es la paridad cualitativa a la que debemos aspirar, no sólo como hombres y mujeres, sino como todos los sectores de la sociedad, el trabajo coordinado, donde cada quien pueda desarrollarse plenamente de conformidad con sus propios intereses.

En este orden de ideas, es necesario seguir trabajando en el reconocimiento de las capacidades de las mujeres fuera del hogar y reconocer también que, el cambio del rol femenino no sólo las involucra a ellas, también comprende un cambio social en las funciones del hombre.

 

(*) Docente Investigador de la Unidad Académica de Derecho,

defensora de los Derechos Universitarios de la Universidad Autónoma de Zacatecas


Publicado en: Opinión
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