Biotecnología depredadora
Biotecnología depredadora

Me atrevo a decir con mucha certeza que quizá un símbolo patrio, tan importante como la bandera, el escudo y el himno nacional, es el maíz. Este grano, indispensable en la elaboración de la tortilla, se encuentra asediado por las fuerzas monopólicas de la producción de semillas transgénicas predominantes en el mundo.

Los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) son la especialidad de empresas como Bayer, Syngenta, Pioneer, Dow Agroscience y por supuesto Monsanto. Los OGM son un sinónimo de los transgénicos, que en la agricultura se presentan en forma de semillas, las cuáles a través de la biotecnología son alteradas para resistir mejor las plagas, las inclemencias climáticas y otros elementos que pudieran frustrar a los agricultores de levantar su cosecha. En apariencia, los OGM parecen una solución excelente a la hambruna que castiga a millones de personas, una panacea para garantizar la seguridad alimentaria de pueblos y naciones. Sin embargo, esta solución nada tiene de maravilloso. Resulta ser que con la agricultura de alta tecnología se generaron nuevos problemas ambientales, convenientes para unos y catastróficos para otros.

Greenpeace asegura que las grandes transnacionales mencionadas antes buscan el control de la agricultura del mundo a través de las diversas variedades de semillas transgénicas. Silvia Ribeiro, colaboradora de La Jornada (Nacional), destaca que existen cuatro multinacionales que controlan virtualmente el ciento por ciento de los transgénicos en el mundo. Entre ellas está la firma estadounidense Monsanto que posee más de 80 por ciento de dicho mercado.

Desafortunadamente, México no escapa a la mira de estas voraces empresas, es así como el maíz se yergue como eslabón, conectando al campo mexicano y los grandes capitales extranjeros, que ante la ausencia de la seguridad alimentaria, engrandecida ésta aún más por la sequía, prepara el terreno para la lucha entre la conservación y la depredación del patrimonio natural y alimentario del país. Silvia Ribeiro expone las desventajas del maíz transgénico: éste produce menos o igual que los híbridos (hay pérdidas de alrededor de 20 y 30 por ciento), usa más agroquímicos que cada vez son más tóxicos, ya que la maleza e insectos se fortalecen al adaptarse al nuevo maíz; daña la salud humana; como es el caso del campesino francés Paul Francois, intoxicado con pesticida elaborado por Monsanto, que le generó daños neurológicos, afortunadamente los tribunales franceses fallaron a su favor.

Además las semillas son más costosas y están patentadas por unas cuantas empresas. La lista de daños aún no termina, ya que el maíz híbrido emite polen, que al cruzarse con variedades nativas campesinas da lugar a un nuevo tipo de maíz que el campesino decide si es útil o no. Con los transgénicos la situación se vuelve delicada, ya que son una mezcla de bacterias, virus, genes de plantas y animales que de forma natural no se integrarían para crear una nueva variedad de maíz. Por supuesto, el polen desprendido de los cultivos transgénicos alteraría el balance del ecosistema aledaño, contaminando incluso a productores vecinos y generando impactos desconocidos, con potencial devastador para el maíz nativo u orgánico, y a su ecosistema.

Daños al ecosistema, extinción de variedades de maíz, baja productividad, altos costos y uso intensivo de químicos. ¡Qué lista de males, querido lector! Pero no todos pierden, este daño ambiental y patrimonial sí genera ganancias. Dado el hecho de que los genes están patentados y se transmiten a través del polen, si un productor aledaño ve contaminada sus parcelas, huertas o apiario; éste es demandado por los grandes monopolios bajo la ridícula acusación de “uso indebido de patentes”, poniendo en crisis a las familias trabajadoras de pequeñas unidades de producción; alterando la calidad de sus productos y limitando el acceso a sus mercados, de hecho, Greenpeace atribuye mucho del éxito financiero de empresas como Monsanto al infortunio de los pequeños productores “ladrones” de patentes.

Económicamente, queda mucho material por analizar y debatir, aunque Julio Boltvinik en su columna, “Economía Moral”, narra cómo en Brasil y en Estados Unidos, por estímulos a este tipo de producción se ha generado una mayor concentración de la tierra y el aumento en los costos de producción. También México es catalogado como centro de origen del maíz, en el año 2011, se presentó el libro Haciendo milpa: la protección de las semillas y la agricultura campesina, en su prólogo se narra que 70 por ciento de la producción agrícola del país se basa en semillas nativas, que son mejoradas según las necesidades y condiciones climáticas por los mismos campesinos mexicanos, conocimiento que puede salvar la soberanía y seguridad alimentaria del país, ante el intento de exterminar un símbolo nacional y reemplazarlo con Frankenstein.

El pasado 31 de diciembre, la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación dio luz verde a la siembra de campos experimentales de transgénicos, otorgando 63 hectáreas en Sinaloa a la empresa Monsanto. Paso previo a la siembra extensiva, abarcando alrededor de 2 millones de hectáreas. Así una vez más el calderonato, la mano que tiembla, se hace de la vista gorda. Pero quien quita, y al futuro ex presidente le tocará degustar un taco, con tortilla hecha de maíz transgénico. Hasta el próximo martes.

 

lararene83@yahoo.com.mx


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