René Fernando Lara Cervantes
René Fernando Lara Cervantes

La temporada electoral ha finalizado, según el PREP difundido por IFE todo señala que Enrique Peña Nieto será el próximo ocupante de la silla presidencial. Sin embargo, al desenvolverse las elecciones, al mero estilo mexicano, quedaron dudas aún sin respuesta sobre cómo fue que después de 12 años volvimos al punto de partida: ¿por qué votamos como votamos y qué marcó el rumbo de esta elección?

Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, autores de los libros Freakonomics y Superfreakonomics, analizan las posibilidades que incitan al ciudadano a votar. Desde la perspectiva de un economista argumentan que un voto en realidad no hace la diferencia. Ir a la casilla, tachar una boleta y depositarla en la urna se considera una pérdida de tiempo, ya pudo haberse realizado algo más productivo y sobre todo, existe una bajísima probabilidad de que un voto marque la diferencia. Los autores citan un estudio que contempla una muestra de 40 mil elecciones legislativas estatales, donde solamente siete se definieron por un voto y otras dos se empataron. Sabiendo esto: ¿por qué votamos?

Según Levitt y Dubner las causas son tres: los economistas no son tan brillantes como creen y tienen la creencia errónea de que su voto no afectará el resultado, o bien votamos por considerar a la boleta como un billete de lotería, que nos permite fantasear sobre cómo sería nuestra existencia de cumplirse las promesas de campaña, y por último, la creencia social de que el voto es un deber cívico que trae beneficios. Adicionalmente, hace muchísimos años en los Estados Unidos, los partidos políticos acostumbraban entregar de 5 a 10 dólares, e incluso a veces pagaban en especie, se solía entregar un pequeño barril de whisky o harina a los votantes para que emitieran el voto a su favor. En síntesis, aparentemente no hay una causa bien definida de por qué asistimos a las urnas y la coacción del voto aparenta ser tan antigua como las elecciones mismas.

El caso mexicano no escapa a este asunto tan complejo, sobre todo por el abstencionismo que cubrió con su manto a las elecciones posteriores a 1994, luego de que en ésta se registrara 77.16 por ciento de participación y se convirtió en un gran obstáculo a vencer por los partidos y el mismo Instituto Federal Electoral. No extraña entonces, que al IFE se asignara un presupuesto base de 5 mil 722 millones de pesos, sin contar con el presupuesto exclusivo para unas elecciones que costaron 4 mil 133 millones de pesos, más los 5 mil 292 millones destinados a financiar a los partidos políticos y de esa suma, sólo mil 680.5 millones eran para gastos de campaña, según cifras de La Jornada (Nacional). No obstante el gasto de los partidos fue tema de críticas y cuestionamientos ya que tanto Peña como López fueron acusados de haber rebasado el límite de 336 millones 112 mil 84.16 pesos que permite la ley erogar en campañas, aunque se vuelve complicado determinar si un gasto mayor aumenta las probabilidades de victoria, Levitt y Dubner tienen algo que decir al respecto.

De acuerdo a estos académicos, al menos en los Estados Unidos, no existe una correlación entre el gasto de campaña y el éxito en una elección. Estiman que si un candidato recorta su gasto a la mitad, sólo perdería 1 por ciento de los votos, mientras que si lo dobla, aumentaría los votos a su favor en la misma proporción; agregan además que el respaldo en campañas por parte de patrocinadores o donantes, ocurre por dos causas: poder alterar el curso de una elección apretada a través de la inyección de recursos o bien, aumentar el capital disponible de los candidatos por temor a su derrota.

Esto puede explicar en cierta medida el mar de pesos y centavos gastados en los patrocinios de los candidatos, en concreto de López y Peña; vital además contar con dinero ya que el contexto mexicano tiene una radical diferencia con el estadounidense, se trata del clientelismo político, dicho más adecuadamente, la gestión de la pobreza y las necesidades básicas de la población.

Enrique Galván Ochoa estima que existen cerca de 16 millones de desempleados (2 millones en desempleo total y 14 millones en la economía informal) en México, sin contar al resto de la población que se encuentra en la pobreza. El analista de la primera emisión de Noticias MVS considera que éstos tienen el potencial de decidir el resultado electoral ya sea por que se motiven a votar por rebeldía, enojo o bien porque hayan negociado su voto. Sin duda, lonches, efectivo, cemento y demás caridades hechas por los partidos políticos tendrían un efecto a favor de tal o cual candidato. Y esto sólo por incluir algunos aspectos de lo que se conoce como fraude tradicional, quién sabe qué suceda en el aspecto informático, en los cómputos y estimaciones realizadas por el IFE.

¿Es de extrañarse este tipo de estrategias y comportamientos? Claro que no. En la conferencia anual de la Asociación de Europea de Economistas Ambientales y de Recursos (EAERE, por sus siglas en inglés) Eftichios Sartzetakis de la Universidad de Macedonia, explicó que la corrupción es un fenómeno que se alimenta a sí mismo. Si consideramos la coacción y compra del voto como una práctica corrupta, su uso generalizado no es más que la respuesta a la competencia desleal para buscar obtener una más justa asignación de votos para los partidos y en el caso de los votantes corruptos, un beneficio marginal que le proporcione algo de utilidad; siendo la corrupción insumo y producto de sí misma.

El semanario alemán Der Spiegel, describe a Peña como intelectualmente débil y sin ningún talento político, carencias que al final no le impidieron al PRI volver a Los Pinos. ¿Fue acaso el PRI el que mejor gestionó las necesidades de la gente en esta elección? Eso se lo dejo a su criterio, con la esperanza de que no se haya iniciado la composición de un réquiem para México. Hasta el próximo martes.

 

lararene83@yahoo.com.mx


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