Normas modernas para justificar comportamientos ancestrales
Hace millones de años, la hembra hominina inició una transformación que comenzó a dar resultados positivos. Estos animales empezaron a perder más pelo en sus rostros que los machos, sus voces permanecieron agudas, casi infantiles, las glándulas mamarias crecieron y las nalgas también; estos cambios parecían excitar las regiones visuales en el macho (cuyos cerebros, por cierto, poseen áreas visuales más grandes que las del femenino) y, por ende, promovieron la reproducción; por eso estas permutaciones permanecieron con la especie.
“Es posible que el cambio biológico que trajo el bipedalismo para la hembra homínida con relación al embarazo y el parto de un bebé al que hay que cuidar por años pautara nuevas normas en el grupo y, principalmente, en la pareja, normas que garantizaron alimento y protección para ella y la seguridad en el macho de que el hijo que crían es realmente de él. Son explicaciones que aclararían cambios biológicos sexuales importantes en la hembra humana, como la pérdida del celo o estro, la capacidad para tener sexo aún cuando el bebé está amamantando, los orgasmos múltiples y la habilidad de los nacimientos cercanos”, escribe la antropóloga Helen Fisher en su libro El contrato sexual.
Hoy, la mujer aún busca excitar al hombre, y a su grupo social también. Nuestras complejas culturas producen normas, muchas veces absurdas, para llenar necesidades genéticas antiguas que ahora ocasionan ofusques innecesarios. Si tomamos una ruta hacia el pasado, encontraremos por el camino un sinnúmero de tendencias que, con el fin de llenar un mismo objetivo, “gustar para reproducir”, embarcan a los individuos en una curiosa y muchas veces atronada y compleja danza que no dista mucho de los tantas veces curiosos, divertidos y enredados bailes de apareamiento en otros miembros del reino animal.
La explotación demográfica sobre el planeta ha producido la atmósfera perfecta para la aparición de todo tipo de conductas. La combinación genética posible de los más de 7 mil millones de individuos que habitamos el globo junto a la intensa cantidad de medios y grupos diversos donde estos individuos crecen, hacen posible el nacimiento de una cantidad extraordinaria de ideas y acciones. A pesar de las distinciones individuales nacidas del infinito número de posibles combinaciones genéticas entre parejas, los humanos como especie poseemos características en común originadas de nuestro tan similar ADN, pero nuestras culturas contribuyen significativamente a ahondar las disimilitudes.
Por ejemplo, un sondeo realizado por un equipo liderado por Fisher en 166 culturas distintas en el mundo descubrió evidencias tangibles de demostraciones de amor romántico en 147 de ellas. Para Fisher, la pasión romántica surge como una forma de garantizar exclusividad entre parejas, una muestra de interés hacia una sola persona por lo menos hasta que se consuma el acto y se copien los genes en un embrión.
No obstante, el contrato sexual que nace entre las parejas para regular el sexo y las funciones de cada uno durante la crianza ha permutado enormemente con el paso de los siglos y de acuerdo con las culturas y religiones que lo adopten y lo moldeen.
En un notable experimento, Irenäus Eibl-Eibesfeldt, psicólogo conductista del Instituto Max Planck, en Alemania, utilizó una cámara especial diseñada para secretamente tomar fotos de lado y recorrió distintos continentes con ella. Un análisis de sus resultados reveló que el coqueteo femenino cruza fronteras y se presenta en todos lados. Y aunque sabemos bien que cada mujer tiene sus propios motivos para coquetear, el mecanismo está anclado para todas en la transmisión genética. El fin es ayudarnos a pasar nuestros genes.
Ciertamente, nuestras conductas están arraigadas a la genética y al medio. Está en nosotros invalidar este determinismo biológico-cultural para hacer lo correcto. Pero es imposible cerrar la discusión cuando se trata del quehacer humano. Siempre cabrá esa temible pregunta que nace en las neuronas humanas: ¿y lo correcto para quién?
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*Periodista científica fundadora y directora de Editora Neutrina
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