De la absurda obligación de ser feminista

Antes de que alguien levante una ceja, me apresuro a aclarar: ser feminista no es algo absurdo. Sí lo es, en cambio, la idea de que toda mujer está obligada a adherirse incondicionalmente a cuanto movimiento emancipador de las mujeres se cruce en su camino.

Hace días leí en Facebook una virulenta invectiva contra las mujeres (odio la palabra féminas) que no se identifican con el feminismo y que, por cierto, son la mayoría, según refiere el mismo artículo. En dicho texto, aquéllas eran señaladas de manera insultante, cual si se tratase ya no de menores de edad, sino de una legión de débiles mentales.

Tan tiránica actitud es tan nociva como el machismo, por razones tan obvias que detallarlas me resulta ocioso, pero todo parece indicar que es necesario volver a sacar el ábaco y explicar algunos conceptos básicos sobre lo que nos convierte en ciudadanas del mundo.

Cabe ahora una aclaración: no me considero feminista. Sí: soy parte de esa legión de ‘cobardes’ que no colegimos con quien pretenda meter con calzador un pie mucho más grande de lo que el zapato del feminismo puede abarcar.

La pregunta lógica, ahora, es: ¿pero por qué? ¿Por qué no sumarse a un movimiento que lucha a favor de los intereses de las mujeres? A ello debo aclarar que han sido incontables las ocasiones en que me he unido quizá no al movimiento, pero sí a la lucha, en el quehacer cotidiano, en los hechos y en la difusión de ideas, mas no me sumo a esa terca obsesión por imponer una etiqueta a la que la sociedad ha convertido en algo castrante.

Resumámoslo: ideología no es, necesariamente, coincidente con identidad. Para explicarlo mejor, lo traslado al terreno político: en lo personal, simpatizo profusamente con la ideología de izquierda (bueno, centro-izquierda, según la brújula política a la que consulté hace poco), mas no milito en partido alguno, puesto que no me siento identificada, y porque una etiqueta no es suficiente para abarcarme. Además, los partidos políticos –todos– han incurrido en excesos que no apruebo. Visto de esta manera, es comprensible que califiquemos de antidemocrático cualquier intento por obligarme a ‘tramitar el carnet’ partidario. Lo mismo sucede en los terrenos que ahora escudriñamos.

No olvidemos, por cierto, que no existe ‘el feminismo’ como tal. En el orbe hay –y ha habido históricamente– varios feminismos, unos más radicales, otros más moderados, y yo en lo particular me identifico con los esfuerzos por lograr una equidad entre los géneros, punto. He vivido muchos años bajo esta convicción, pero pude confirmarlo el día en que acudí a un congreso internacional feminista. Escuché conferencias, oí alegatos, observé el ambiente en los pasillos, en el coffe-break: simplemente experimenté todo lo contrario a lo sería sentirse como pez en el agua.

Ahora bien: cursé una maestría en Estudios de la Mujer. De la misma forma como una licenciatura en Letras no es una fábrica de escritores, me percaté ahí de que dicho posgrado no es una factoría de feministas (de hecho, lo que de mí pudiera ser calificado como feminista, se lo debo a mis padres en su mayor parte), pero sí me hizo conocer, respetar y admirar el trabajo de las académicas y activistas del feminismo en México y en el mundo. Lo que más valoro es su inteligencia, su seriedad y su valentía a la hora de elevar la pancarta, valentía de la que, confieso, no soy partícipe.

Ideológicamente estoy a favor de que a las mujeres se nos dé el espacio que nos pertenece: el mundo entero, sin limitaciones vetustas. En la vida diaria he puesto en práctica –aunque no ciegamente– lo que ahora nombran bajo el espantoso vocablo de ‘sororidad’, que podríamos definir como solidaridad de género, y que algunas que se dicen feministas, por cierto, no son capaces de llevar a la práctica. Una empresaria que conozco, por ejemplo, trata mejor a sus empleados que a sus empleadas, pero se empeña en reafirmar a los cuatro vientos un feminismo que en su caso es más bien una pose.

He dicho  que la etiqueta del feminismo se ha convertido en algo castrante, y antes de que comiencen las réplicas, entiéndase: estoy emitiendo una crítica no propiamente a los movimientos feministas, sino a la sociedad misma que se apresta a estigmatizar todo lo que no cuadra con sus paradigmas.

Una feminista mesiánica

Poniendo muy aparte la grata experiencia de la maestría, al hacer una retrospectiva me percato de que son varias las vivencias del pasado que me han dejado una mala impresión respecto a los esfuerzos a favor de la emancipación femenina, y que quizá me traumaron lo suficiente como para adoptar la posición que hoy declaro. Como botón de muestra, quiero referirme a un episodio en particular.

Cuando era estudiante en Letras, en la Facultad de Humanidades, había un doctor que en aquel entonces era considerado localmente como una vaca sagrada en filosofía. Como el hombre era muy sociable, solía ponerse a charlar particularmente con las alumnas, a varias de las cuales llamaba “tontitas”. Ya saben, una expresión “de cariño”. A una de ellas, por cierto, solía acercársele canturreando “Señora tentación”, mientras hacía movimientos un tanto obscenos con las manos.

Todas esas escenas me parecían despreciables, sobre todo porque las chicas en cuestión, a quienes yo consideraba bastante inteligentes, daban muestras de agrado ante tales expresiones. Como yo venía de una familia en que ambos padres estudiaron economía y eran –son– unos izquierdosos convencidos y no de mera pose, no me sumé a tan festiva complacencia y en el fondo consideré que ese ambiente era producto de una mentalidad acomplejada.

Un día, el doctor aquél dio una conferencia. Como yo no me animaba a hacer cuestionamientos en público, me acerqué al final para preguntarle a qué se refería con la expresión “intuicionismo”, que durante la charla empleó para contextualizar el pensamiento de Giambattista Vico.

El hombre se me quedó viendo y en seguida respondió: “Tú no eres tonta”. Tras una breve pausa dramática, añadió: “Eres tontota”, mientras se reía de su chiste que a la fecha sigue siendo un misterio. Al pedirle una explicación, el docente dio un circunloquio para terminar admitiendo que el término “intuicionismo” no existía (al menos, no en aquel entonces). “¿Y para eso tanto show?”, pensé yo. Conforme pasaron los días, sus expresiones ofensivas fueron subiendo de tono, hasta que mandé una carta al consejo técnico de la escuela y se armó el pancho respectivo.

Algunas compañeras y compañeros incluso me retiraron la palabra, la cual no eché de menos. Pero lo que sí me perturbó fue el hecho de que, en clara actitud mesiánica, una activista política y feminista “de carrera” pasó a todos los salones de la escuela a lanzar peroratas, conmigo como bandera. Si no mal recuerdo, llamaba al estudiantado a solidarizarse con mi causa, en una campaña que ni siquiera contaba con mi autorización. Tuve que hablar con la que pretendía salvarme de la ignominia, pues su gesto me pareció de mal gusto, básicamente porque pretendía llevar agua a su molino político.

El asunto del docente se solucionó con un par de cartas que me envió, donde me ofrecía disculpas por lo sucedido y prometía conducirse en lo sucesivo de manera respetuosa, lo cual cumplió. La última vez que lo vi, nos saludamos con gusto.

La feminista de carrera –que, por cierto, reprobó en la maestría, pero esa es otra historia que algún día contaré– continuó incluyéndome en sus programas y actividades emancipadoras, sin consultarme primero. Vivía con la convicción de que tenía carta abierta para disponer incondicionalmente de la agenda de “las compañeras”, en lo que ella consideraba “una lucha común”.

Exactamente esa actitud es la que permeaba el texto que leí hace días en Facebook. Era una disposición mesiánica que debía ser apoyada y asumida a priori, sin cuestionamiento alguno, pero que igualmente faltaba el respeto a la inteligencia de quien lo leyese, dado que si ya de por sí es castrante la sociedad machista en la que vivimos, el obligarnos a portar cualquier rótulo resulta doblemente castrante. Esas son las prácticas con las que no me identifico.

En conclusión: no me pongan etiquetas. Con mi convicción me basta y sobra.

elsolverdea@gmail.com

3 comentarios en “De la absurda obligación de ser feminista

  1. AMARGADOTOTECONFE. el comentó:

    Con todo el debido respeto que USTED (con mayusculas porque lo vale) expresa su vivencia, ojala asi fueran todas aquellas personas que toman banderas para dislocar mas el sistema social en el que hoy dia vivimos, y mas en este Mexico, lacerado en todos los aspectos cotidianos, soy un hombre de 72 años de edad, y viví en un hogar de armonia, y donde aprendì mi cultura y respeto al sexo opuesto, mas fue con la familia de mi esposa, 5 mujeres y 3 hombres, mi suegro decia en plan de broma “La Mujer manda en todas partes y hasta en la casa…yo mando en la calle….por eso le compro y le hago sus caprichitos cuando andamos juntos” pareciera broma pero comulgar con el ejemplo es lo importante, la pregunta sería, quien crea y difunde el machismo ¿el hombre o la mujer? yo recuerdo que la esposa del caporal que trabajaba con mi padre le decia a su propia hija “Andale sirvele a tu hermano el agua pronto” y dicho hermano solo necesitaba estirar la mano tomar un vaso y servirse el mismo. ambos tenian el error hasta la medula.¿hoy seguira igual?

  2. Agradezco mucho su comentario. Efectivamente, como usted bien lo dice, las conductas machistas son muchas veces reproducidas por las mujeres, y sin duda el ambiente familiar es decisivo. Creo que sí ha ido cambiando el ambiente pero a pasos muuuuuuy lentos. Gracias de nueva cuenta.

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