De política y cosas peores

MÉXICO, DF.- Una señora que iba en taxi se alarmó al ver que el conductor manejaba con mucha velocidad, y en forma peligrosa. “Tome precauciones por favor -le pidió, inquieta-. Soy madre de 9 hijos y estoy esperando otro”. El taxista se asombró. “-¡Diez hijos y espera otro! -exclamó boquiabierto-. ¿Y me pide a mí que tome precauciones?”… Don Algón, el severo progenitor de Rosilí, entrevistaba al galancete que le pedía la mano de su hija. “Y dígame, Bragancio -le preguntó, solemne-: ¿tiene usted problemas de dinero?”. “Problemas de dinero no, señor -respondió el mozalbete-. Tengo más bien problemas de falta de dinero”… Doña Gorgolota iba con su marido por la playa cuando pasó junto a ellos una chica a quien mamá naturaleza había dotado con prodigalidad munificente. Opimos eran sus encantos; exuberantes sus formas; opulentas las atractivas redondeces de su cuerpo. “¡Qué barbaridad! -exclama la señora muy escandalizada-. ¡Si yo tuviera un cuerpo tan provocativo como ése jamás saldría de mi recámara!”. Declaró el marido:”Y yo tampoco”… El pescador llegó a la orilla llevando un colosal pez vela, el mayor que se había visto en los contornos. Lo pescó luego de varias horas de fatigosa lucha en alta mar. Muy orgulloso estaba junto a su enorme trofeo cuando pasó un muchachillo que llevaba una docena de pescaditos minúsculos colgados del hilo de su anzuelo. El hombre del pez vela dirigió al chiquillo una mirada desdeñosa. El pequeño se vuelve hacia él y le pregunta con acento compasivo: “¿Nada más pescó uno, señor?”… La esposa de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo con una insinuante sonrisa al despertar esa mañana: “Soñé, Capronio, que eras tan lindo que me comprabas ese hermoso collar de perlas que vimos en la joyería”. “¡Magnífico! -responde el majadero-. Hoy en la noche sueña que te lo compré, y póntelo”. Himenia Camafría, madura señorita soltera, aparentaba no entender las tímidas insinuaciones de don Gerontino, el caballero que la visitaba con asiduidad. Por fin cedió, pero sólo parcialmente. “Está bien, amigo mío -le dijo-. Voy a esconderme en alguna parte de la casa. Si me encuentra usted, haremos eso que desea. Sólo una cosa le pido: no me busque atrás de las cortinas de mi recámara, porque ahí voy a estar”…  “Curiosity” se llama la misión que puso en la superficie de Marte un artilugio capaz de enviar a la Tierra información sobre ese lejano planeta. Me gusta ese nombre: Curiosidad. La curiosidad no es cosa bien considerada. Algunos la ven como deseo insano, y aun como vicio. Equivale a meter la nariz en lo que no nos importa ni concierne. Y sin embargo bien se puede decir que la curiosidad es la madre del conocimiento. Si no hubiera curiosidad no habría ciencia. Gracias a la curiosidad se hicieron los grandes descubrimientos geográficos. Si no fuera curioso el hombre estaría apoltronado en sus seguridades, de las cuales deriva ciertamente la tranquilidad, pero una tranquilidad estéril de la que no sale nunca fruto alguno. A los niños de antes se les enseñaba a no tener curiosidad. Preguntaba alguno “¿Qué es esto?”. “Tolondrones para los preguntones” -era la respuesta. Desde luego existe una curiosidad insana, esa que consiste en andar averiguando vidas ajenas. Pero, bien entendida, la curiosidad es legítima ansia de saber. Deberíamos enseñar a nuestros hijos la virtud de la curiosidad. Deberíamos trasmitirles, junto a algunas necesarias certidumbres, muchas indispensables dudas. Más se aprende dudando que creyendo. Creer es el adorno de la fe, pero dudar es el camino a la verdad. La curiosidad del hombre, que por un lado lo lleva a espiar a través de la cerradura, por el otro lo llevó a descubrir América. Mis cuatro lectores, por ejemplo, tienen ahora esta curiosidad: ¿cuánto más durará este inane escribidor hablando de la curiosidad? Curiosamente en este mismo punto el escritor cambia de tema. Conversaban tres amigos en el bar. Entrados ya en copas dijo uno: “Yo por ningún motivo prestaría a nadie tres cosas: mi cepillo de dientes, mi mujer y mi automóvil”. Declaró el segundo: “Yo sí prestaría mi cepillo de dientes; al fin luego me compraría otro. Pero lo que jamás podría prestar, en efecto, sería mi auto y mi mujer”. “Pues yo -concluye el tercero-, si tuviera que escoger entre prestar mi coche y prestar a mi mujer, prestaría mejor a mi mujer. Porque a tu mujer ya más o menos sabes lo que le van a hacer, pero al coche quién sabe qué chingaos te le hagan”… FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
La fotografía cayó del libro que tomó al azar. Mostraba a un muchacho que parecía sonreírle a todo el mundo.
Era él mismo, 30 años antes. Se sentó en el sillón, y se puso a mirarse. ¿Qué había quedado en él de aquel muchacho? Desde luego no el pelo, ahora escaso y entrecano. Tampoco, naturalmente, la esbeltez juvenil: los recios hombros de ayer eran la fofa barriga de hoy. Menos tenía ya, estaba seguro, aquel brillo en los ojos y aquella sonrisa luminosa.
Se sintió triste. Pero no por haber perdido algo de pelo y mucho de apostura: al ver la imagen de aquél que había sido rememoró sus sueños de muchacho y se dio cuenta de que hacía mucho -¿cuánto?- los había perdido en el camino.
Volvió a poner la fotografía en el libro; puso luego el libro en su lugar. Y supo vagamente que algo muy triste nos sucede cuando ya no soñamos nuestros sueños.
¡Hasta mañana!…
MANGANITAS.
Por AFA.
“. El futbol mexicano ha aumentado su calidad.”.
No quiero que suene a crítica algo que he pensado ya: hasta cuándo aumentará su calidad la política?

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