Esas boñigas llamadas sindicatos

A lo largo del siglo XX, el gobierno mexicano estableció políticas públicas que le permitieron a este país tener un marco legal más o menos digno en materia laboral, de manera que el obrero fuese favorecido al tener las herramientas legales para defenderse de cualquier abuso por parte de su patrón.

Lo anterior, sin embargo, tuvo consecuencias que considero nefastas, y me pregunto hasta qué punto las pudo predecir en su momento la clase en el poder mexicano. Por un lado, si bien el trabajador tiene modo de defenderse –en teoría– de cualquier arbitrariedad que hubiere en su contra, lo cierto es que quienes construyeron los instrumentos en cuestión, se olvidaron de crear una Ley General del Trabajo, a la que se supeditaría la respectiva ley federal, así como las leyes y códigos federales, estatales y demás instrumentos normativos.

Tal vez a este olvido se debe –no lo sé de cierto: los expertos sabrán, en su momento, dar una perspectiva más precisa– el hecho de que el salario en México no crezca de acuerdo a los esfuerzos y los intereses de obreros y empleados en este país, y que un importante sector de la fuerza laboral esté prácticamente secuestrada por un sistema en el que los aumentos anuales al salario mínimo son una burla ante la que nadie hace nada.

Por otro lado, el famoso corporativismo mexicano, alentado por los gobiernos priístas durante 70 años, han dejado tras de sí una estela de boñigas llamadas sindicatos, en medio de los cuales reina la boñiga mayor: el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE).

Por diversas razones jurídicas e históricas, esta excrecencia del sistema ha cobrado un poder excesivo, al grado tal que en 2012 tuvieron hasta su propio candidato presidencial, por el que más de un millón de despistados emitió su voto, otorgándole a Elba Esther Gordillo más de un millón de armas con las cuales negociar el incremento de los privilegios de aquéllos a quienes representa (debo aclarar, ante todo, que México tiene aún maestros valiosos, valiosísimos, a los cuales no representa la infausta Gordillo, pues más bien creo que se representan solos, cada vez que se paran ante grupo).

Diversos medios, entre ellos Grupo Reforma, nos han dado cuenta de las cantidades exorbitantes que el Estado mexicano gastó en profesores que no profesan sino la mediocridad de la grilla que prevalece entre supuestos docentes, prófugos del pizarrón y del aula, y amantes, en cambio, del escritorio, la pancarta y el estímulo académico.

El retorno del PRI no se presenta halagüeño ante este panorama. Y no lo digo en función de mis propias preferencias electorales, sino por el referente histórico ya apuntado líneas arriba. Un pueblo educado es un pueblo autónomo, independiente. Es decir: un pueblo inconveniente para los intereses del PRI, de Televisa.

Debido a las peculiaridades del desarrollo regional en el país, muchos servicios educativos se centralizaron en la Ciudad de México durante décadas. A esto achaco, entre otros factores, el que en dicha urbe sea notorio un nivel educativo y cultural más elevado que en provincia, y esto lo digo de manera responsable, sin predilecciones subjetivas hacia gentilicio alguno.

Claro, entre los defeños hay gente muuuuy ignorante, así como hay gente muy preparada en el resto del país, pero en términos proporcionales, la centralización tuvo sus efectos irrefutables. También a este nivel educativo y cultural achaco el triunfo de la izquierda en sucesivas elecciones en el DF.

Podríamos pasarnos ahondando sobre este asunto en particular, pero a lo que quiero llegar es a lo siguiente: la educación –la verdadera educación– no figura entre los intereses de fondo no sólo del gobierno entrante, sino de un amplio sector de los mismos docentes y funcionarios de la educación en el país.

¿Tendrá esto repercusiones sólo políticas, electorales? Claro que no. Entre menos educado esté un pueblo, tendrá acceso a empleos cada vez peor pagados, por lo que la tensión social irá en aumento, hasta que estalle a través de la delincuencia organizada.

Ups. Bueno, ya estalló desde hace unos años, así que perdonen el sarcasmo. Sólo quiero dejar en claro que quienes crean que la generación de empleos es más importante que la educación, viven no sólo en el error, sino que viven el sueño patrocinado por la dinosáurica mano que mece la cuna, llámese PRI, llámese SNTE. Yo lo llamo decadencia.

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