Historiografía sobre Jesús González Ortega II

Hará unos dos años escribí un muy breve texto –lo correspondiente a dos cuartillas, que me publicó un periódico local– sobre uno de los prohombres zacatecanos: Jesús González Ortega. En ese escrito hice referencia a lo escasamente estudiado y sobre todo poco leído que estaba González Ortega –incluso por personas que tienen el historiar como su oficio– personaje de la historia política de México con contribución semejante a la de Francisco García Salinas en lo concerniente al ensanchamiento del republicanismo en nuestro país, a la autonomía y progreso de nuestro Estado Zacatecas y a sus miras sobre el desarrollo institucional positivo de nuestra nación. Aprovecho la ocasión para brindar este otro modesto apunte, en complemento al anterior, a quien tenga a bien leerlo, dado que el próximo 28 de febrero de 2014 se conmemora el CXXXIII aniversario del fallecimiento de este ilustre zacatecano.

En la oportunidad anterior hice también alusión a que sólo había encontrado en mi búsqueda bibliográfica sobre este prócer tres estudios extensos, no obstante ser él uno de los más preclaros personajes de Zacatecas y de México entero. Estos textos son los de José González Ortega, El Golpe de Estado de Juárez, México, A. del Bosque Editor, 1941; Ivie E. Cadenhead, Jr., Jesús González Ortega and Mexican National Politics, Texas, The Texas Christian University Press, 1972, y Jesús González Ortega, Estudio y compilación de Marco Antonio Flores Zavala, Zacatecas, Asociación de Investigaciones Filosóficas Francisco García Salinas, 2005.

No conocía yo, sin embargo, un texto interesante en extremo, denominado The Presidency of Mexico, escrito en inglés por el mismo Jesús González Ortega e impreso en Nueva York en 1866. Este libro está incluso citado en la bibliografía del volumen de Cadenhead, pero yo no sabía de su importancia. Por suerte, lo encontré en formato PDF en Internet, y aun cuando está en inglés es una obra cuya lectura es muy comprensible. Ahí se registran argumentos extensos, de peso, del prócer zacatecano respecto de la actitud acaso poco institucional de Benito Juárez, a la postre presidente de México.

Como muchos sabemos, Benito Juárez había sido presidente de México desde 1858, aunque la constitución mexicana marcaba periodos gubernamentales de sólo cuatro años. De forma tal que para el año de 1865 ya se debería haber renovado el mandato presidencial. Juárez había cumplido su periodo y no se avizoraba para cuándo iba a convocar a elecciones. A ese respecto Juárez emite dos decretos el 8 de noviembre de 1865. En uno de éstos trata de justificar no haber convocado a elecciones, esto es, por la situación de guerra contra los invasores franceses.

Pero además de que residía justo en el Paso del Norte (ahora Ciudad Juárez), a unos metros de la frontera con Estados Unidos de América, de cuyo gobierno recibía protección, Benito Juárez en el otro decreto mandataba “(…) proceder en contra del ciudadano Jesús González Ortega, y que, cuando él (González Ortega) se presente en el suelo de la república, una inquisición judicial será enderezada contra él por un delito contra el buen orden, (porque) para esto, sosteniendo la posición de un general en el Ejército, él ha residido permanentemente y voluntariamente en una tierra extranjera, durante la continuación de hostilidades, sin la licencia del gobierno, abandonando así al ejército, sus estándares y la causa de la República”.

Con fundamento en acusaciones de Juárez tan agresivas como las que arriba se transcriben literalmente, González Ortega contesta en el texto al que estoy haciendo referencia –desde Eagle Pass, Texas, es decir, en el mismo Estado de la Unión Americana en el que también de alguna forma estaba exilado Benito Juárez–, en escrito dirigido a la “Nación Mexicana”, que Juárez a través de decretos había extendido la duración de su periodo gubernamental y que, todavía más, pretendía despojar de su autoridad al Presidente de la Suprema Corte de Justicia, esto es, a Jesús González Ortega mismo, pues era este zacatecano quien desempeñaba ese cargo.

Prosigue González Ortega su alegato con base en la letra de la Constitución, especialmente en el artículo 82, el cual señalaba que si “por cualquier causa” no se llevaba a cabo la elección para Presidente de la República en la fecha especificada, el término para el presidente en funciones concluía y el “Supremo poder ejecutivo” y el interinato, en tanto se arreglaba la situación, recaería en el Presidente de la Suprema Corte de Justicia, es decir, en Jesús González Ortega.

Y González Ortega alegaba a Juárez que, conforme al artículo 95 de la ley suprema de la nación, la Constitución, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación –es decir, González Ortega– sólo podía ser renunciado por “causa grave”, la cual sería determinada por el Congreso. En otras palabras, los decretos de Juárez estaban en contraposición indudable con la ley suprema de la nación: la Constitución, la cual seguía vigente.

Hace ver González Ortega en su texto, de igual cuenta, algo que importó muy poco a Juárez: que el zacatecano había además sido su ministro de Guerra y Marina y había vencido militarmente, en San Miguel Calpulalpan (en Jilotepec, Estado de México) a los conservadores. Y también le reclama a Juárez que los personeros de este último habían tratado, infructuosamente, de cohechar a Severo Cosío Paniagua (personaje destacado en extremo en esa coyuntura, además de periodista y escritor de notables luces, quien fungía como gobernador interino), a quien González Ortega había dejado a cargo de la gubernatura del Estado de Zacatecas mientras enfrentaba batallas contra conservadores, franceses y… Juárez. E igualmente habían tratado de convencer –por medio de personeros de Juárez– a otro de los personajes de Zacatecas, a Trinidad García de la Cadena, para que traicionara a González Ortega.

Al final, fiel a sus convicciones republicanas, González Ortega declinó luchar por la vía de las armas contra Juárez, y terminó su vida exilado en la acogedora ciudad de Saltillo, alejado de la vida política de su nación y su tierra zacatecana.

De acuerdo entonces a, estrictamente, la ley suprema de 1857, la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, González Ortega tenía la razón. La fuerza, empero, estuvo de lado de Benito Juárez. El verdadero ejemplo de González Ortega fue, sí, que primero estaba la población mexicana y la legalidad, porque no procuró derramamiento de sangre alguna para tratar de derrocar a Juárez, además de que en sus reclamos por posiciones públicas actuó estrictamente en términos de la legislación vigente, le haya gustado o no a Benito Juárez.

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