Alberto Chiu
Alberto Chiu

Tal como corresponde a los oficios (o estrategias oficiosas, como quieran decirle) de los consolidados candidatos y candidatas a diputados y diputadas federales, de tooodos los partidos políticos, estas dos pasadas semanas de arranque de campañas fueron –ante todo– de pura pachanga y boato.

Los hay quienes no tienen definida una “casa de campaña” formal, por ejemplo, bajo la excusa de que sale muy caro rentar algún lugar nomás por unas cuantas semanas, con el agravante de que los topes de gastos de campaña son muy bajos y el dinero prefieren quedárselo en el bolsillo para cuando se ocupe (o sea, para cuando les digan que no ganaron).

Los hay también quienes, confiados en que la divinidad ilumine la razón de los votantes, creen que sus candidaturas están tocadas por una especie de “varita mágica” y suponen que sus potenciales votantes los conocen, los quieren, los prefieren por encima de cualquier despensa, camiseta, gorra o dádiva cualesquiera, y por eso no invierten en esa clase de cosas y prefieren quedarse con la lana.

Los hay –algunos– que, desconfiados de todo y de todos, prefieren no gastar nada y embolsarse algún recursito pues, bien lo saben desde ahora… no ganarían ni con un milagro.

Mientras todos ellos se acomodan (los unos sobre los otros) para llegar a la Cámara baja de nuestro Congreso de la Unión, todo mundo se prepara para observar la conformación de fuerzas políticas que quedarán para la segunda mitad del sexenio de Enrique Peña Nieto en Los Pinos.

Y al mismo tiempo, muchos estarán expectantes de los que, inmediatamente pasada la elección federal de este año, salten al ruedo como pretensos aspirantes a la gubernatura del estado.

Hasta hace no muchos días se sabía de las evidentes intenciones de algunos plenamente visibles, como Alejandro Tello Cristerna, presunto delfín del gobernador Miguel Alonso Reyes,o Carlos Puente Salas, presunto némesis de aquel último citado y supuesto favorito de las cúpulas presidenciales.

O de cualesquiera de los opositores como “N” Monreal Ávila (llene usted el espacio con el nombre que le dé la gana, total, es lo mismo),o cualquiera del PAN, total, todos pintan para nada y para lo mismo.

Sin descontar, por supuesto, a Pedrito de León Mojarro, aunque no haya una vinculación explícita con partido político alguno, siendo aún cuñado incómodo y, hasta hace poco, único zacatecano en una posición de cierto renombre nacional.

Pero esta última consideración se terminó, hace cosa de semana y media, cuando con el aval de la Presidencia de la República (léase Enrique Peña Nieto) Arturo Nahle García asumió una Subsecretaría de Estado en la Sedatu, bajo las órdenes de Jesús Murillo Karam.

Desde ese momento, se sabe, el ex procurador Nahle dejó perfectamente claro que su posición es también reconocimiento al trabajo y, por supuesto, oportunidad perfecta para aspirar a gobernar Zacatecas. Por el PRI, claro está.

Así que desde ahora, desde fuera de la entidad, desde fuera de la grilla barata del rancho, con cercanías en los círculos de decisión y lejos ya de la politiquería chafa de las diputaciones federales, Nahle se prepara para ponerse por encima de Tello, de Puente, de Monreal… de todos. Y demostrar que quiere servir a Zacatecas.

Pues buena tarea tiene, desde donde está, de aquí a poquito menos de dos años; habrá que seguirle la pista de cerca, pues ahora sí no lo contó a manera de chiste, sino muy en serio.


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