JUAN MANUEL RIVERA JUÁREZ - ELVA CABRERA MURUATO
JUAN MANUEL RIVERA JUÁREZ - ELVA CABRERA MURUATO

“Mi primer día en la universidad no tuvo nada que ver con mi primera jornada de colegio. En el Trinity College de Cambridge se me recibió como un alumno privilegiado e incluso me perdonaban ciertas rarezas, aunque había una que comprensiblemente les causaba incomodidad; me refiero a aquella manía mía de hacer ejercicio por los pasillos y escaleras de los dormitorios a las dos de la mañana. Claro que eso lo hacía sólo en las gélidas noches de invierno, en cuanto el tiempo mejoraba salía al aire libre, me daba una buena carrera y al terminar me tumbaba sobre la hierba para contemplar el cielo. Supongo que fue entonces donde nació mi fascinación por el planeta Saturno; me empeñé en desentrañar la naturaleza de sus anillos y, sin ánimo, de presumir creo que mis deducciones son correctas”.

Efectivamente, las deducciones resultaron correctas. Por aquel entonces se pensaba que Saturno estaba rodeado por discos planos y huecos, pero Maxwell demostró matemáticamente que de ser así los aros hubieran sido destruidos por las fuerzas gravitatorias y de rotación.

En una genial monografía publicada en 1859 –On the Stability of the Motion of Saturn’s Rings (Sobre la estabilidad del movimiento de los anillos de Saturno)– explicó que los anillos estaban compuestos por minúsculas partículas que forman un cinturón muy denso alrededor del planeta, como fue corroborado un siglo después por las imágenes enviadas por la sonda Voyager. Sus reflexiones sobre Saturno le llevaron a publicar ese mismo año otro trabajo de crucial importancia, referido esta vez a la dinámica de los gases.

El infatigable escocés, que ejercía ya como profesor universitario, disponía de muy pocas horas de esparcimiento, pero se las ingenió para descubrir, mientras investigaba, una nueva y muy apasionante afición.

“Mis pasatiempos hasta entonces eran escribir poesía, montar a caballo y nadar. Eran por ese orden las únicas actividades que me relajaban, hasta que descubrí por casualidad el mundo fascinante de la fotografía. Mi objetivo en realidad era analizar las propiedades del color y para tal efecto construí un cajón de madera estrecho y largo para estudiar la incidencia de los rayos del Sol. La dichosa caja, por cierto, sembró pánico entre mis vecinos, imaginaban cuando me miraban inclinado sobre ella que se trataba de un ataúd y sólo se convencieron de lo contrario cuando les mostré el resultado de mis investigaciones. La imagen de un lazo de cuadros escoceses de mi mujer en la que se veían perfectamente el rojo, el verde y el azul y que ha pasado ya a la historia como la primera fotografía en color. Fue también por aquellas fechas cuando rescaté del anonimato los manuscritos del fallecido Henry Cavendish, un excéntrico aristócrata obsesionado, como yo, con los misterios de la electricidad. Era un campo que me apasionaba pero no disponía de tiempo suficiente para prestarle la debida atención”:

Maxwell no tardó en solucionar aquel inconveniente; en 1865 renunció a su cátedra universitaria en Londres y se recluyó en la finca familiar de Escocia donde pasó los ocho años siguientes enfrascado en la que sin duda es su obra maestra: el magistral tratado sobre electricidad y magnetismo. En él dio forma matemática a las especulaciones físicas de Faraday y expresó mediante cuatro ecuaciones de engañosa simplicidad todos los posibles fenómenos de la electricidad y el magnetismo. Dos conceptos que a partir de entonces quedaron unidos de modo indisoluble. Demostró también que la oscilación de una carga eléctrica produce un campo electromagnético que se irradia hacia el exterior a una velocidad constante, una velocidad que resultó ser, significativamente, la velocidad de la luz.

“De pronto todo encajó como encajan las minúsculas piezas de un enorme rompecabezas aparentemente caótico. No cabe duda que electricidad y magnetismo son en realidad las caras opuestas de una misma moneda y que la luz no es más que un campo electromagnético de vibración muy rápida que se desplaza en ondas por el espacio. Sospecho que mi tratado abrirá el camino a grandes descubrimientos de la física, pero mucho me temo que no llegaré a presenciarlos; aún no he cumplido los 50 años y ya casi no me sostengo en pie. Periódicamente me veo obligado a guardar cama para apartar los delirios de la fiebre y estos arranques de tos que sin duda presagian mi fin. A pesar de ello siempre que puedo hago un esfuerzo y acudo de noche a la facultad para hablar de física a los obreros; quizás ellos no lo valoren pero yo cumpliré puntualmente con mi cita hasta el día en que ya no pueda levantarme”.

La noche del 5 de noviembre de 1879, los trabajadores encontraron cerrada la puerta del aula y recibieron la noticia de que el profesor Maxwell, de apenas 48 años de edad, había muerto de cáncer. Liberados de las lecciones volvieron a casa sin haber descubierto jamás la talla intelectual de aquel hombre benevolente y tartamudo que se empeñó en escolarizarlos. Un hombre cuya obra es hoy considerada como una piedra angular en la física del siglo XX, la base sobre la que se asientan –por citar sólo dos ejemplos– la teoría cuántica de Planck o la de la relatividad de Einstein.

 

jmrivera@fisica.uaz.edu.mx


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