ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Luego del breve pero no por ello menos bochornoso y lamentable espectáculo en que se convirtió la entrega del 5° Informe de Gobierno de Miguel Alonso al Poder Legislativo, a los ciudadanos nos queda ahora esperar la siguiente fase de la presentación de resultados que el gobierno rinde ante el pueblo: la llamada “glosa del informe”.

Ese procedimiento que regularmente lleva a cabo el Legislativo, responsabilidad de las comisiones respectivas, mediante el que se cita a los titulares de las distintas áreas del gobierno para que expliquen o desarrollen ante los representantes populares –supuestamente a detalle– todo aquello que pudiera haber quedado con alguna mancha de oscuridad u opacidad en el informe y sus anexos.

Dicho así, suena hasta bonito, ¿a poco no? La pura idea de que quienes nos representan manden llamar a cuentas y exigir detalles a quienes son nuestros servidores públicos, es diáfana… y lamentablemente ilusoria, por varias razones.

Por ejemplo, se supone que para poder cuestionar al responsable de un área cualquiera, deberían los legisladores haber leído primero, de cabo a rabo, todos y cada uno de los documentos y anexos técnicos que acompañan al informe de dicha área. Y por supuesto, entenderle al asunto. O por lo menos pedirle a su grupo de asesores (que se supone deben tener) que les expliquen lo que entendieron del mismo.

Se supone, también, que los legisladores cuentan con sus propias valoraciones sobre tal o cual acción, objetivo medible, proyecto o programa sobre los que se informa, pues por ello están distribuidos en las respectivas comisiones legislativas de cada ramo.

Y se supone, por si fuera poco, que anteponiendo el superior interés de nosotros, sus representados, los legisladores deben ser exhaustivos tanto en el análisis del documento como en los cuestionamientos y exigencias de explicaciones de parte de los titulares de área, a fin de contar luego con una evaluación real de lo informado por el titular del Ejecutivo.

¿Y para qué se supone que se hace, pues, la glosa?

Aunque hay quienes señalan que este ejercicio dependiente del Legislativo tiene como fin darle una certeza más a los ciudadanos sobre lo informado, es decir, sobre el estado que guarda la administración pública actual, sus logros, obstáculos, compromisos y retos, hay otros que dicen –más generalizadamente– que sólo se trata de un simulacro debidamente orquestado.

Y por triste que parezca, en los últimos años hemos sido testigos de que, efectivamente, se parece más a una simulación que a un ejercicio democrático de rendición de cuentas y de transparencia, conceptos presumidos y explotados demagógicamente hasta el cansancio por ambos poderes, Ejecutivo y Legislativo.

Es común entre muchos ciudadanos pendientes de la política local, pensar que ni el Ejecutivo informa todo lo que debe ni de la forma en la que debe hacerlo, ni los diputados lo analizan como deben ni piden explicaciones necesarias y, por el contrario, todo se convierte en un circo mediático de posicionamientos partidistas, una serie de estira-y-afloja entre grupos de poder, y un guiño automático que deja entrever los posibles movimientos del gobierno, los movimientos de los partidos políticos y de sus principales actores, en aras de una sola cosa: ver quién se posiciona políticamente, y cómo establece sus estrategias y escarceos con miras a la conservación del poder mediante posibles negociaciones, acomodos, acuerdos, arreglos por arriba y por debajo de la mesa.

Y aunque este ejercicio se supone ha de realizarse de cara al pueblo, es también deplorable que a mucha gente en realidad no le interesa. Son tantas las decepciones que les ha causado el actuar de ambas partes involucradas en esta rendición de cuentas, y tan poca la confianza que se tiene en que el ejercicio tenga consecuencias sobre funcionarios y servidores públicos, que la mera verdad casi a nadie le importa. El hartazgo es mayúsculo.

De modo que, seguramente pronto llegará al Congreso la pasarela de funcionarios con sus respectivos séquitos (equipos) dispuestos a tener sus cinco minutos de exposición mediática, en pleno proceso electoral ya iniciado, y con todos los reflectores encima, mientras la realidad del estado le sigue dando de cachetadas a los miles de pobres, de analfabetas, de víctimas de la delincuencia, que lejos de las cifras del informe, no ven que cambie la vida para ellos, aunque el gobierno suponga que ya se las cambió.


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