JOAQUÍN GONZÁLEZ
JOAQUÍN GONZÁLEZ

La música siempre ha sido una pieza fundamental en la vida de los seres humanos, es algo que tenemos arraigado profundamente, está en nuestro ADN; sin importar el género a todos nos gusta algún tipo de música.

Con la música se da un fenómeno que no se ve con otro tipo de expresiones humanas, me refiero a la apropiación que desde jóvenes hacemos con una clase de género en particular y que nos ayuda a definir quiénes somos.

La idea de “nuestra música”, del sentido de pertenencia, se vio favorecida por los formatos físicos, ya sean acetatos, casetes e incluso discos compactos; la música era algo tangible y nuestro.

Con la llegada de la computación personal, que a su vez impulsó la creación de la Internet, la adopción de formatos digitales para almacenar información desplazo a los formatos físicos. Documentos, imágenes, videos y, por supuesto, música se pueden almacenar a gran escala en nuestras computadoras.

El formato MP3 se popularizó rápidamente, más aún con la aparición de aplicaciones para compartir archivos, como Napster, esto significó el comienzo de la era de la música digital. Es cierto que aún es posible adquirir discos compactos e incluso acetatos, pero esto representa una pequeña parte del mercado.

Sin embargo estos archivos los almacenábamos en CD para poder reproducirlos, aún podíamos sentir la música como algo tangible.

Pero todo esto cambio para siempre hace 14 años con la llegada del iPod, un dispositivo creado por una compañía que en ese momento luchaba por resurgir, me refiero a Apple.

Hasta mil canciones que podías llevar contigo en el bolsillo, esa fue la propuesta revolucionaria del iPod, un dispositivo diferente a todo lo visto hasta esa fecha, tanto que las primeras críticas le auguraban un rotundo fracaso.

La gran cantidad de canciones que podíamos llevar en el iPod lo diferenció de sus competidores, pero sin duda la característica que más favoreció a su éxito fue la de convertirse en un instrumento más para mantener la idea de la música tangible, al alcance de nuestras manos: en “mi iPod” tengo toda “mi música”.

Con el éxito de iTunes, una de las primeras tiendas de música en línea, que impulsaría la llegada de servicios de streaming como Spotify, Rdio o, recientemente, el de Apple Music, inició la separación entre la música y el objeto donde se escucha.

Ahora podemos comprar o rentar música para escucharla en cualquier dispositivo, teléfonos, tabletas, laptops, televisores, etcétera; la música, literalmente, está en todas partes.

Pero ¿seguimos sintiendo que es nuestra música? ¿Realmente nos pertenece?

Hoy en día es más común pagar una cuota mensual para poder acceder a un inmenso catálogo de canciones.

¿Qué ocurrirá el día que ya no queramos pagar más? ¿Podremos seguir comprando canciones como hasta ahora o la industria discográfica terminará cerrando esta posibilidad?


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