ENRIQUE LAVIADA
ENRIQUE LAVIADA

Apenas comenzaron los registros de quienes aspiran a una candidatura en los distintos partidos políticos, se nos ocurrió (cosa de Cascabel) suponer que el principal problema de los arriba mencionados no serían sus adversarios, sino algunos integrantes de sus propios grupos.

Con esto advertimos que tendrían (los aspirantes) que cuidarse más de sus compañeros, camaradas, hermanos, amigos y hasta familiares, que de sus enemigos en las urnas, en un hecho insólito por el grado de generalización en el que se encuentra.

Aquello de que más de tres están “durmiendo con el enemigo” parece convertirse, pues, en una especie de maldición para la de por sí curiosa clase política de la entidad.

Valorar al adversario.

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Para ilustrar lo dicho, estimado (e)lector, basta con asomarse a lo que pasa en el PRI, donde alonsistas y tricolores protagonizan una división de consecuencias posiblemente irreparables.

Ahí está para demostrar su capacidad destructiva Lucía Alonso, en nombre del poder establecido y le pese a quien le pese, al impulsar una política de “toma todo” que difícilmente tendría comparación en el Zacatecas de los últimos tiempos.

Odio recordar que lo dije, pero ha resultado ya casi un lugar común aceptar que la cosa está peor que en tiempos de Amalia García y de su insaciable hija Claudia Corichi, ambas dignas de pasar a la historia como ambiciosas moderadas, nada más.

Valorar al adversario.

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Del otro lado (no es ironía), se encuentran los enjundiosos integrantes del PRD, siempre dispuestos a destrozarse unos a otros, hasta la victoria final, tropezando con su propia fuerza.

A Rafa Flores no le ha faltado la compañía siempre lamentable de José Narro, y con la irrupción en escena de su antiguo líder Pedro de León, entre todos aseguran un digno fracaso electoral.

Mientras tanto, sus aliados del PAN batallan con Chemel Balderas y dejan sola a Lupita Medina y menosprecian a Pepe Pasteles, en uso de su derecho inalienable (de todos) a hipotecar la ideología del bien común y lo que haga falta.

Valorar al adversario.

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En el caso de Morena, el asunto de la rivalidad interna se simplifica notablemente, pues el Peje es el dueño absoluto del poder y por esa gracia imparte justicia a su manera, condena y absuelve, según sea el caso, y lo que le venga en gana o le convenga personalmente, o sea: por sus pistolas.

De ahí su gusto por “cepillar” a quienes se atreven a contradecirle o deciden postularse sin su consentimiento o entorpecen sus planes para respaldar a David Monreal, a cualquier costo y por encima de quien fuese necesario.

Aunque Morena no es propiamente un partido, sino más bien un capricho organizativo del Peje, es menester admitir que sus procedimientos internos coinciden con los del autoritarismo partidista en su más pura esencia, y acaso cambian o se distinguen al momento de inventar jaladas como las de la “tómbola de la suerte”, para escoger portaestandartes ideológicos, bajo la poco prestigiada figura de las diputaciones plurinominales.

En otras palabras, el problema de David no estriba tanto en cuidase de sus enemigos (también por pura ironía), sino en la pasmosa existencia de Morena, para su mal.

Valorar al adversario.

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Acertijo:

Todos triunfalistas.


Nuestros lectores comentan

  1. JOSE ESCOBEDO DOMINGUEZ

    Sr. Director. Estimado Enrique, te felicito como siempre, porque que este análisis nos aclara muchas cosas: en primer lugar que los principales enemigos de los presuntos candidatos a gobernador, son los propios dirigentes de sus partidos políticos, simple y sencillamente porque a éstos les ganan sus propias ambiciones; no importa cuanto arrastren a sus presuntos candidatos, no importa que les llenen el camino de espinas, a fin de cuentas para ellos son simples instrumentos, para su propio bien, pedazos de vida mundana que se ofertan para que los maltraten también por sus justas o no, naturales aspiraciones o ambiciones, como natural reflejo de la conducta humana. Los aspirantes ante ese escenario, no les queda otra que más que buscar en su interior, lo que rescate su dignidad y los verdaderos valores éticos que los hagan ver ante el electorado como personas de calidad, o simplemente como personas normales.