ENRIQUE LAVIADA
ENRIQUE LAVIADA

No pretendo, estimado (e)lector, por ningún motivo resolver en unas cuantas palabras uno de los asuntos más complejos de la política nacional y que escucho desde que tengo uso de razón, o sea, hace un montón de años, y que atiende las características y las relaciones peculiares que existen en el sistema político mexicano.

Me refiero, desde luego, a los partidos y a la política misma encerrada en la duda, casi siempre mal vista por los ciudadanos, escasamente representativa de lo que denominamos “la voluntad popular” y deja fuera a los jóvenes y se encuentra de manera congénita afectada por el terrible mal de la corrupción.

A uno le pasa, entonces, que se siente en el “país equivocado” o tal vez equivocado en el país real (no es ironía), con el agravante de que no existen indicios suficientes como para interrumpir semejantes tribulaciones con algo de entusiasmo(al menos un poco), para enfrentar las lamentables condiciones políticas en las que nos encontramos.

Se (re)siente.

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Y sucede que el ámbito regional parece especialmente afectado por el “estancamiento democrático”, por la sencilla razón de que debería ser exactamente a la inversa, de modo que la política en su expresión local diese pasos ejemplares haciala modernización del sistema, en un proceso que fuera de abajo hacia arriba, o las partes que determinan cambios sustanciales en el todo.

En otras palabras, diríase que cualquier posible transformación de un país tradicionalmente autoritario y tan centralista como el nuestro no puede venir de arriba hacia abajo, o por efecto de una cansada alternancia de partidos, sino como producto de la vitalidad de las provincias y el empeño en la pluralidad, contra muchode lo que diseñaron los liberales y los revolucionarios que fundaron el Estado Mexicano, eso pienso.

La experiencia reciente indica que la democratización de la capital, por ejemplo, avanza mucho más rápido que la de la nación completa, y que una nueva cultura de la tolerancia y del ejercicio de las libertades puede apreciarse mucho mejor en ese espacio urbano, enormemente complejo, pero está localizado.

Lo mismo pasa con algunos estados o regiones en los que se suceden cambios, antes considerados inverosímiles, como en Nuevo León, donde se experimentan (incluida su parte ficticia) con una especie de independencia de los partidos políticos y que pronto arrojarán luz acerca de sus alcances, limitaciones, virtudes y tragedias.

Se (re)siente.

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Me aventuro, estimado (e)lector, a exponer unas cuantas (son tres) condiciones que creo que serán indispensables para pensar positivamente en el progreso social, y aunque comprendo que a muchos no les gusta, las pondré en un lenguaje imperativo. Ahí van:

Basta de corrupción.

Basta de injusticia.

Basta de simulación.

Y digo “basta es basta”, tal y como corean miles de jóvenes en la campaña del viejo socialista Bernie Sanders, quien, por cierto, espero llegue a ser presidente de los Estados Unidos de América, con el único deseo de no estar en el planeta equivocado o todos irremediablemente equivocados en el mismo planeta.

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Acertijo

Se (re)siente.


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