ENRIQUE LAVIADA
ENRIQUE LAVIADA

Se me hace que nadie se dio cuenta, pero hacia finales del año pasado nuestros muy queridos diputados federales (es ironía), permitieron que a Zacatecas le recortaran de fea forma el presupuesto para este año.

No sé si recuerde, estimado (e)lector, la enorme algarabía que se armaba en torno a la gestión de los intrépidos integrantes de anteriores legislaturas, quienes traían al estado recursos cuantiosos para obras y servicios y programas en beneficio de las comunidades que les habían favorecido con sus votos en las urnas.

Según viene a mi memoria, se entablaban auténticas competencias personales e interescuadras para identificar a los mejores en cada disciplina o rama o sector atendido con su activa y entusiasta participación.

Al grado de que hubo necesidad de escalar aquello de que, cada vez, nuestra entidad lograba “presupuestos históricos” en una fiesta de declaraciones y modismos sexenales.

Parece que hablamos de otros muy lejanos tiempos, ¿no?

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Ahora, en cambio, lo que prevalece en las declaraciones oficiales es la lógica de los recortes, su conveniencia financiera, su carácter inevitable y tantas otras explicaciones que vienen al caso.

Desde luego, a cargo de la burocracia y los funcionarios en turno de cada una de las áreas, pues los legisladores federales han optado por desaparecer de la escena hasta nuevo aviso, o lo que es lo mismo hasta que las condiciones climáticas cambien.

Al final del sexenio la gente comenta que la cosa esta de “la recortada” en una suerte de alusión a los malos tiempos que corren e inquietan o causan muchas muy conocidas desgracias sociales.

Y es que los recortes presupuestales han afectado, principalmente, a las áreas de la política social; en otras palabras, se ensañan con la educación, la salud, la vivienda, la cultura, el deporte y los servicios básicos que la población requiere.

Parece que hablamos de tiempos en desgracia, ¿no?

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Pasamos, pues, de un triunfalismo oficial desbordado, al moderado pesimismo que parece impregnar los inicios de una complicada campaña electoral, indistintamente adversa para todos los partidos políticos.

Con esto quiero decir que será especialmente difícil aquello de defender lo indefendible, al tiempo que la crítica opositora se encontrará con la amarga realidad de una alternancia financieramente comprometida.

La relación entre el inmoderado endeudamiento con recorte al gasto presupuestal en materia social arroja como resultado, invariablemente, el desánimo social, cuyo costo se distribuye de manera equitativa (vaya ironía) entre los distintos partidos políticos.

Por eso se generaliza el repudio a la política y a los políticos y a sus distintas expresiones orgánicas, sin que exista una alternativa viable o confiable de reemplazo o renovación.

Parece que hablamos de lugares comunes, ¿no?

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A ello se contrapone, al cabo, una estrategia machacona, repetitiva, modular de comunicación, o más bien de publicidad, en la que se resaltan los supuestos logros y el cumplimiento de las más variadas misiones oficiales.

No quisiera juzgar la calidad de los mensajes ni su contenido específico, pero sí advertir que, frecuentemente, logran el efecto inverso al que sus diseñadores suponen, es decir, que en lugar de servir o convencer, simplemente le cagan a la gente que los escucha todo el día y a todas horas.

Parece que hablamos de efectos colaterales, ¡no?

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Acertijo

Tanta mercadotecnia para nada.


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