CIUDAD DE MÉXICO. Pablo Hermoso de Mendoza cortó orejas y rabo en el cerrojazo de la Temporada Grande de la Plaza México y lo hizo tras firmar una gran actuación con el segundo de su lote, que fue del hierro de Los Encinos.

Enrique Ponce se reencontró con la afición capitalina con tres faenas de diferente corte, aunque sólo se llevó un apéndice por las fallas con la espada.

Fermín Rivera firmó una faena de calidad ante el primero de su lote de la ganadería de Teófilo Gómez, no pudiendo secundar el triunfo debido al poco juego que ofreció su segundo.

Quien dio muestra de pundonor y verdad torera fue Octavio García El Payo, pues a pesar de sentirse mal físicamente, cumplió con el único toro que lidió, dejando buenos momentos, reflejando el sitio y nivel que tiene como torero.

 

Pablo Hermoso de Mendoza

Zapote, de 522 kilos, fue el primero de la tarde, un toro que tuvo un punto de nobleza, aunque falto de fuerza, raza y transmisión, de los Encinos, al que llevó muy cosido a la grupa Hermoso de Mendoza montado de Disparate, luciendo con las banderillas, toreando con mucha verdad al galopar de costado, pasando muy de cerca para provocar las embestidas para ir de frente a la reunión, dando el pecho para clavar la segunda banderilla.

Con Ícaro, otra de las estrellas de su cuadra, acortó la distancia para encelarlo y poder clavar con pulcritud las banderillas; así continuó con gran lucimiento, una labor interesante ante la falta de acometida del astado de los Encinos. Montando a Pirata, clavó con gran verdad las banderillas cortas, tres al hilo, cerrando así su faena, en la que se reflejó muy por encima de las condiciones del astado. Falló con el rejón de muerte, acertando al tercer viaje, saludando en el tercio.

Tejocote, de 504 kilos, de Los Encinos, salió como segundo del lote del rejoneador navarro, para rodar con el astado, que mostró mayor fuerza, para después, montando a Verdín, lucir en la ejecución de las banderillas, galopando de costado para pasarse por dentro y seguir llevándolo muy templado para de frente clavar la segunda banderilla. Conjugándose con Dalí, alcanzó los momentos más importantes de la faena, lleno de espectacularidad y dejando ver su tauromaquia, para seguir embelesando al público, con Pirata, colocó las banderillas cortas y las banderillas a dos manos con dos giros que antecedieron a la reunión con el astado y terminando con el desplante del “teléfono”. Certero con el rejón de muerte, consiguió coronar su entonada labor para cortar dos orejas y un rabo.

 

Enrique Ponce

Bigotón, de 512 kilogramos, del hierro de Teófilo Gómez, correspondió en suerte al diestro valenciano Enrique Ponce, quien lució estético en el saludo capotero ante el astado, que no terminó por emplearse. Con la mano muy baja y buscando el ritmo buscó el lucimiento con un elegante quite por chicuelinas, que remató soltando la punta del capote. Brindó su faena al respetable capitalino para comenzar con mimo, pues el astado, que tuvo voluntad, careció de fuerza, perdiendo las manos en diversas ocasiones.

Con la muleta a media altura llevó al toro ligando una buena serie por pitón derecho, con gran lucimiento y con el temple natural del torero que supo llevar con mucha suavidad a Bigotón. Por el lado izquierdo, también buscó llevar, encontrándose con embestidas más cortas y de menor lucimiento. Regresó a la senda derechista para sacar los últimos muletazos de la faena, que terminó por ir menos a pesar del esfuerzo del torero valenciano, que buscó el lucimiento. Palmas tras un aviso para Ponce al final de su actuación, al estar errático con la espada.

Pateque, de 511 kilos, fue el segundo del lote de Enrique Ponce, que destacó toreando a pies juntos con el capote, para tras brindar la faena de muleta al empresario Miguel Alemán Magnani, comenzar a construir una faena técnica, en la que buscó atemperar las embestidas del de Teófilo Gómez. Un cambio de mano para ligar una serie por la izquierda, con la figura erguida y corriendo la mano con mucha suavidad, imprimiendo el sello del buen toreo y el toque artístico. El toreo en redondo, acompañando el trazo con la cintura y estético, así firmó su labor, que transmitió con gran fuerza a los tendidos. Pudo ejecutar La Poncina, que surgió de su inventiva, la cual provocó los olés con mayor profundidad ante la muestra artística del torero valenciano; mató al segundo viaje y, por ello, no llegaron los trofeos para el torero, quedando en una vuelta al ruedo con mucha fuerza, contrastando con el excesivo premio de arrastre lento al toro.

Por ser el primer espada, Enrique Ponce lidió al toro que correspondería a Octavio García El Payo, el cual llevó por nombre Pariente, de 549 kilogramos, con el que volvió a consagrarse el valenciano en el Coso de Insurgentes, una faena variada, con instantes artísticos, trazos de mucha calidad por ambos pitones que pudo coronar con la espada, cortando así con fuerza una oreja.

 

Fermín Rivera

Tío Prieto, de 515 kilos, del hierro queretano de Teófilo Gómez, que correspondió en suerte a Fermín Rivera, quien tuvo un buen saludo con el capote al recrear el lance natural por excelencia. Con vistosidad y ajustado, realizó un quite por gaoneras que remató con una revolera. Brindó al cónclave capitalino para comenzar a doblarse con el astado y después ligar la primera serie con pitón derecho buscando la conexión con base en elegancia y suavidad. Con buena manufactura, continuó eslabonando su faena por derecho, mostrándose el toro con fijeza y calidad, pero con poca transmisión, con el que Rivera volvió a mostrar su tauromaquia clásica, y ya por el pitón izquierdo, el lucimiento mermó debido a la poca colaboración del burel de Teófilo Gómez que protestó más por este lado, por lo que decidió tomar la muleta con la mano derecha para citar y adornarse con el molinete y después cruzarse a pitón contrario para ligar cuatro muletazos más que remató con el pase de pecho, en una escena que reflejó el sitio del torero potosino. La estocada ligeramente trasera y tendida permitió tras la faena de solvencia y técnica que Rivera cortara una oreja.

Parador, de 552 kilos, segundo para Fermín Rivera, que lució con un quite por chicuelinas, y en su faena con la muleta que brindó al empresario Carlos Slim, quien se hizo presente en una barrera de la Plaza México, se topó con un toro parado que se agarró al piso; por ello, el potosino tuvo que esforzarse y dar ese extra para provocar las embestidas, pero poco se pudo hacer, pues, además, el astado llevaba la cabeza arriba y protestaba. Esforzada labor del potosino que fue aplaudido.

 

Octavio García El Payo

Don Salva, de 541 kilos, de la dehesa de Teófilo Gómez, correspondió al diestro queretano Octavio García El Payo, que fue breve con el capote y con la muleta se topó con un astado con mayor movilidad aunque su embestida fue más áspera y brusquedad. Con firmeza y mando, el torero se fundió en las tres primeras series por pitón derecho, con el trazo largo, con hondura y temple, aprovechando la prontitud del astado, para después mandar por pitón izquierdo con una serie de mucho poder. Payo mostró, además, su profesionalismo y verdad, pues llegó un momento en el que físicamente le era imposible seguir toreando, pues le era difícil contener el vómito, por lo que, de verdad, tuvo gran mérito estar delante de la cara del astado, al que mató por fortuna con prontitud para después acudir a la enfermería para ser valorado por el cuerpo médico de la Plaza México, al parecer, con un cuadro de gastroenteritis, que le impidió salir a matar al segundo astado; escuchó palmas.

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