Armando Fuentes
Armando Fuentes

El cuento que en seguida narraré es rojo, púrpura, escarlata, grana, rúbeo y carmesí. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y fue acometida por un súbito yeyo que la privó de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Su médico le aplicó en la frente un emplasto de gallocresta, y con eso la ilustre dama volvió en no. (Ella no vuelve en sí, pues tiene talante negativo: a todo se opone; siempre lleva la contraria). Quedó como un galpito, débil y escuchimizada, de lo cual se aprovechó quien esto escribe para dar a los tórculos el supradicho cuento. Las personas con escrúpulos de moralina deben abstenerse de leerlo, por su contenido altamente sicalíptico. San Aorio de Abajo es un lugar que ni siquiera aparece en el GPS. (Antes se decía «que ni siquiera aparece en el mapa»). Tan pequeño es ese pueblo que cuenta con una sola sexoservidora para la atención de todos los varones de la localidad. Y son bastantes: el último censo registró 3,780 en ejercicio de sus facultades. Hay veces, sobre todo los fines de semana y los días de las fiestas patronales, que la pobre Taisia –así se llama la señora– no se da abasto, y eso que en tales ocasiones no hace las tres cosas, como de costumbre, sino una sola, a escoger. Por eso don Añilio, señor de edad madura, la visita siempre en lunes, día en que Taisia descansa. A pesar de eso lo atiende, pues es antiguo cliente y además fue su compañero en la Academia Comercial John Robert Gregg. Pues bien: cierto día don Añilio recibió en su casa a tres amigos suyos de la ciudad. A fin de agasajarlos los llevó con Taisia, pues los tres eran casados, y por lo tanto les faltaba sexo. Cumplieron los cuatro el consabido rito, y después ya en la casa del anfitrión, comentaron sus respectivas experiencias. Resultó que los tres visitantes habían pagado más que su amigo. Dijo uno: «Quizás eso se explica porque él es cliente frecuente, y la señora le hace una reducción en la tarifa». «No –explicó don Añilio–. Lo que sucede es que Taisia cobra por medida. Ustedes pagaron al entrar, y yo al salir». (No le entendí). Las conclusiones son cosa muy seria, sobre todo cuando son concluyentes. Lejos de mí, entonces, la temeraria idea de poner en duda la conclusión que entregaron los integrantes del GIEI –Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes– acerca del doloroso caso de los 43 estudiantes desaparecidos. Entiendo que esa conclusión consiste en decir que no hay ninguna conclusión. «Podemos hipotetizar, pero sólo una prueba a escala completa podrá confirmar o derribar cualquier hipótesis». En síntesis, después de 605 páginas, palabras, palabras, palabras, como dijo Hamlet, el príncipe de la duda. Pienso que lo que se necesita en un asunto tan arduo y difícil como éste, tan politizado, no son activistas, sino científicos. La ciencia, igual que Suiza, es fría y neutral. No busca lo políticamente correcto, ni quiere quedar bien con esta facción o esta otra. Lo suyo es la verdad, tope donde topare, y punto en boca. Cualquier investigación acerca de la tragedia de Ayotzinapa debe fincarse sobre bases de ciencia, y alejarse –si tal cosa es posible– de toda forma de política. En caso contrario ya pueden venir 10 o 100 grupos de expertos: seguiremos hipotetizando, hipotetizando e hipotetizando. Preguntó el profesor: «¿Qué es un solípedo?». Arriesgó Pepito: «¿Un ebrio solitario?». La esposa de Capronio le reclamó. «Me dijeron que andas con otra». «Mentira –negó el ruin sujeto–. Es la misma». Llegó a la mueblería una curvilínea chica y le dijo al encargado: «Hace un mes compré aquí una cama individual. Quiero cambiarla por una matrimonial». Le preguntó el hombre, sonriendo. «¿Se va usted a casar?». «No –respondió la muchacha–. Voy a ampliar el negocio». En esa misma mueblería Babalucas pidió una cama de doble resistencia. Explicó: «Es que tengo el sueño muy pesado. Dulcilí regresó de la luna de miel. Su abuelita le preguntó: «¿Cómo te fue?». Contestó ella. «Bien, en lo que cabe». «¡Santo Cielo! –se alarmó la anciana–. ¡Espero que no hayas hecho nada en lo que no cabe!». FIN.

 

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

John Dee fue el más luminoso espíritu de su época. Filósofo, teólogo, alquimista, una de sus mayores aficiones era la música -«esa rama de las matemáticas», solía decir-, arte al cual dedicó muchos afanes lo mismo como intérprete consumado del laúd que como inspirado autor de danzas cortesanas.

En cierta ocasión compuso una pavana. Elizabeth de Branville, dama de la reina, la bailó con tal gracia que Dee se prendó de ella. La requirió de amores, pero la joven lo rechazó: tenía 17 años de edad, y el maestro pasaba de 50.

Entonces John Dee escribió su famosa Danza de la Muerte. Las pocas veces que aún se toca causa espanto a aquellos que la escuchan. En sus notas parecen resonar los ululatos de los condenados al infierno.

Después de esa obra John Dee no compuso ya ninguna otra. En adelante se concentró en las matemáticas -«Esa música sin notas», solía decir-. Poco antes de su muerte, ya en el lecho de agonía, pidió que le tocaran aquella pavana, la de Elizabeth. Cuando se fue del mundo tenía una suave sonrisa en los labios.

¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.

Por AFA.

«. Se hablaba de los agujeros de ozono.».

Aquel hombre entendió mal

-tenía poca entendedera-,

y pensó que Ozono era

una mujer oriental.


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