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Calais, Francia.- “Hasta aquí todo bien”. Es la frase que Arda sigue repitiéndose a medida que se acerca a la terminal de camiones del puerto de Calais, en el Canal de la Mancha. La carretera A16 podría parecer una autopista normal si no fuera por las altas redes metálicas blancas rematadas con alambre de púas.

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“Es cuando se vislumbra una columna de camiones que hay que tener miedo”, añade pensativo Arda. La A16, que conduce a la zona portuaria, se ha convertido en una especie de Far West en el que tienen lugar asaltos a la diligencia.

Grupos de inmigrantes bloquean la circulación colocando troncos de árboles en la carretera, provocando incendios y tirando piedras. De esta manera tratan de colarse en el interior del compartimento de carga de los camiones que van directos al Reino Unido.

“Antes invadían la carretera sólo por la noche, ahora lo hacen incluso a plena luz del día. A veces bajan cincuenta a la vez, y la intervención de la policía no siempre es suficiente, no pueden estar en todas partes.

Utilizan gases lacrimógenos y dispersan a los inmigrantes, que encuentran refugio en la jungla”, comenta un conductor de camión turco de unos 50 años refiriéndose al mayor campamento de refugiados no oficial de Europa. El campo está situado cerca del último tramo de la autopista y en él viven más de 10 mil personas que quieren, a toda costa, llegar a la vecina Inglaterra.

Desde hace algunas semanas entre los refugiados se ha extendido el rumor de la inminente evacuación del campo, ordenada por el gobierno francés, y del inicio de las obras de construcción de un gran muro, construido por Londres, en ambos lados de la A16. Ante eso, muchos intentan llevar a cabo acciones cada vez más extremas.

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“La tarea de los traficantes es abrir los camiones -explica Mohammed, uno de los afganos que todas las noches tratan de arrebatar un boleto de ida a Dover, al otro lado del Canal-. Piden hasta 600 por persona. A los traficantes se les reconoce porque llevan el rostro cubierto y son los únicos que no suben a bordo. Cuando hay camiones furgonetas, más difíciles de abrir, tratamos de subir entre el compartimiento de la cabina y la carga, o nos colgamos debajo en los ejes del chasis”.

A principios de septiembre una gran manifestación de camioneros bloqueó durante varias horas la A16. “Yo los entiendo -reconoce Mohammed-, pero la nuestra es una guerra entre pobres. Somos víctimas, tanto nosotros como los conductores de camiones de un sistema que no funciona porque hay alguien arriba que no quiere que funcione”.

A unos tres kilómetros de la jungla, un área de servicio Total es uno de los lugares más controlados por la policía francesa. “Los inmigrantes se esconden aquí dentro por la noche -cuenta el camionero griego Thomas mientras abre las cortinas de su camión-. Ahora ya no salimos del camión. Tenemos miedo de que nos ataquen”.

Es lo que le pasó hace diez días a su amigo Nesto, también griego. “Una noche -explica-, mientras bajaba del camión, me encontré con un tipo que me estaba apuntando con un cuchillo. Tuve los reflejos para echarlo de la cabina, tuve mucha suerte”.

En lo que va de año han muerto al menos una docena de inmigrantes al caerse de los camiones o atropellados en la carretera. Mientras tanto, los controles en la zona del puerto son cada vez más férreos. Los camiones tienen que pasar por debajo de un escáner enorme y con frecuencia utilizan detectores de latidos del corazón y CO2. Y, sin embargo, alguno que otro se las arregla para conseguir pasar.

Muchas compañías de transporte prohíben a sus conductores pasar la noche en lugares del departamento del paso de Calais. “Ahora cuando entramos a Francia ya no sabemos dónde descansar por la noche -explica Thomas-. Si queremos cumplir las normas, los conductores tenemos que conducir durante nueve horas y luego descansar durante diez. Pero si nos acercamos a Calais, incluso hasta 200 kilómetros por hora, tenemos una probabilidad del 99 por ciento de encontrarnos con personas a bordo”.

Cuando se le pregunta si conoce a algún camionero que cobre de los traficantes para llevar inmigrantes ilegalmente, Nesto responde: “No conozco ninguno, pero no excluyo que existan. Probablemente sean los camioneros que vienen de países de Europa del Este o los que tienen un salario más bajo”.

“Nuestro trabajo es duro, y nunca hay suficiente dinero. Y, al final, también entiendo las razones de estos inmigrantes. Han hecho viajes infernales, no quieren renunciar a todo cuando les falta tan poco. Lo hacen por desesperación. Sin embargo, nosotros necesitamos ser protegidos, necesitamos trabajar con seguridad. No podemos seguir así”.


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