Enrique Laviada
Enrique Laviada

Epitafio

Hace unas semanas, en amena charla de sobremesa, un buen amigo me recordó que en un evento público expresé algo así como que la original bandera de Miguel Alonso, agitada fuertemente en la lucha contra la corrupción, podría convertirse, tristemente, en el epitafio de su gobierno.

Y sí lo dije.

En aquel entonces (según las citadas remembranzas), aquello sonaba a desvarío, nadie se atrevía a confirmar que las cosas anduvieran tan mal; decían que el “joven gobernante” contaba con la confianza de amplios sectores de la población y que la esperanza en su gobierno seguía viva y que mal hacía yo en andar soltando semejantes advertencias.

Y ni modo.

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Pero, como siempre, hay algo peor en este tipo de advertencias; sucede que un escándalo mayúsculo podría tener como protagonista al hermano del gobernador, un tal Juan Alonso (a quien, por cierto, no creo conocer personalmente), encargado de imponer los llamados moches o diezmos (a estas alturas, vigésimos) a contratistas o proveedores del gobierno.

Nadie se escapa.

Según coloridos testimonios, las ilícitas actividades del tal Juan Alonso se organizan desde una oficina montada para tal efecto, con personal a su cargo, fuera de la estructura gubernamental, pero convertida en centro de operaciones, al que acuden lo mismo autoridades que empresarios, legisladores, precandidatos, miembros del gabinete, alcaldes, diputados y demás.

Todos formaditos.

Esa oficina se encuentra (como ya lo hemos publicado en sendas notas), para que no haya duda acerca de quién manda ahí, donde se ubica la antigua casa familiar de los Alonso, sin rubor alguno y con cargo al erario.

Faltaba más.

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Algunas versiones, salidas del propio gabinete de Alonso y de su “círculo cercano” (ironía entrecomillada) señalan que el asunto de los moches se ventila, abiertamente, en reuniones de funcionarios (alegremente dispuestos) y con la suficiente desfachatez como para que se tengan grabados unos a otros.

Por aquello de las dudas.

Tal como lo hemos relatado en este mismo espacio, la corrupción que comanda el tal Juan Alonso afecta a constructores, proveedores de productos y prestadores de servicios y ¡hasta a los banqueros!, quienes cada vez con mayor frecuencia lamentan el grado de descomposición al que se ha llegado en el actual gobierno.

Nunca visto.

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Se sabe que las operaciones del tal Juan Alonso suelen realizarse a plena luz del día, que su poder es ilimitado, que es una “lindura de nepotismo”, que irrita a varios de los más importantes funcionarios, que preocupa a los líderes del PRI, que hasta en la familia causa divisiones, que la oposición lo ha denunciado, pero nadie puede detenerlo.

Y sí.

Es evidente que el tal Juan Alonso opera en nombre de su hermano, el gobernador Alonso, y eso le permite doblar cualquier resistencia y retar a todo mundo y disfrutar de impunidad y menospreciar a los medios de comunicación y sobajar a quien se deje y hacer todo cuanto antes se criticaba y había sido la divisa mediante la cual se obtuvieron carretadas de votos.

Y todo fue mentira.

Ahora resulta que el tal Juan Alonso usa ese poder para realizar negociaciones y trasciende que (a nombre del gobernador Alonso) cierra compras de inmuebles en otros estados y financia negocios particulares con la desinteresada ayuda de…, encargados ambos de la conocida historia del enriquecimiento inexplicable.

Y qué desgracia.

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Acertijo

El más triste epitafio puede ser escrito gracias a la peor de las decepciones.


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