Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

El martes, muy de madrugada, afirma el Nican Mopohua, se vino Juan Diego de su casa de Tlatilolco, y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, por donde tenía costumbre pasar, dijo: “Me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora”.

Pero ahí salió a su encuentro al otro lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño? ¿A dónde vas?”

“Niña mía, voy a causarte aflicción: voy presuroso porque está enfermo un tío mío, Juan Bernardino, y voy a llamar a un sacerdote”.

Pero ahí siente Juan Diego, como escalofrío, que la Señora del cielo mirábalo con su modo de mirar, y que leía en lo profundo de su ánima. Avergonzado de su mentir clavó una rodilla en tierra:

“Y a ti cómo engañarte, Niña mía, cómo engañarte. De intento torcí mi andadura para hacérteme el perdedizo, por lo que ahora te he de decir: anoche mi tío Juan Bernardino, en sus delirios de fiebre, tuvo una revelación. En viéndome llegar se me quedó observando, y pegando un gran suspiro, clamó:

“¡Bienaventurada mi sangre! ¡Mi sobrino llegará a los altares!”, y sus ojos, Niña mía, fulguraban.

(La Señora del cielo, mansas pupilas, miraba a Juan Diego, y sonreía…)

“Entonces me eché a dormir, pero cuál dormir. ¿Yo a los altares? Eso significa que la Niña del cielo va a convertir el desierto en rosas, y las rosas de la tilma en el milagro de su Imagen del Tepeyácac, y que al prodigio la cristiandad va a edificar capillas, ermitas, templos y basílicas a la honra y gloria de Dios y su Madre santísima”.

(Ella, sonriendo, le extendía sus brazos.)

“Lo supe entonces: de todos los rumbos de la rosa van a acudir hasta ti romeros y suplicantes, pero también un pontífice protagónico, reaccionario y dado a los viajes, que va a contemplar a mi México sumido hasta el cuello en la pobreza global, a una comunidad flagelada por el modelo neoliberal, y un descontento que amenaza tronar no como el cambio racional de una ciudadanía que aprendió a pensar y crea la táctica para darse un gobierno al que obedecer como su mandante, sino como las masas saben estallar: a lo espontáneo. “Ah, no, ¿revolucioncitas a mi?” Y el Papa de Roma va a urdir el truco de darles un santito indígena, pararrayos de la cólera popular. Yo, Niña mía, mirándome de santo reaccionario intentaba dormir, pero el sueño, andavete”.

(Vio entonces, o figurósele, que se añublaba el mirar de la Niña.)

“Y así, Madre del cielo, presentí que mi expediente, que en cosa de cuatro siglos había dormido en santa burocracia, de repente iba a levantarse y a andar, y que en el amanecer del XXI estaría yo en mi nicho, santo de palosanto.

“¿Y tal presentimiento atribula tu pecho, hijo mío?”

“Y cómo no. ¿Te imaginas al más pequeño de tus hijos tieso en su nicho, con la marabunta de penitentes a mis pies –a mis sandalias–, exigiendo de Dios por mi intercesión el milagro que su propia ignorancia les impide realizar por sí mismos, el día que anden espantados porque Peña les va a arrebatar su petróleo, su luz, y el cachito de patria que aún les quedaba? Tú has de perdonar a la más pequeñaja de tus criaturas, ¡pero aureola no! ¡Todo lo que tú quieras, Niña de mis ojos, pero santo no!”

La de Guadalupe, entonces, juntó sus manos, ladeó su cabeza, suspiró y parece que sus pupilas se rasaban de lágrimas. Y así se nos quedó en la tilma. (Obsérvenla.)


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