ARMANDO FUENTES
ARMANDO FUENTES

Llorosa, tribulada, gemebunda, Dulciflor le anunció a su mamá: “Estoy embarazada”. La señora reaccionó pronunciando una jaculatoria de su tiempo: “¡Mano Poderosa!”. Los cinco dedos de la mano a que alude esa pía invocación simbolizan a la Sagrada Familia: Jesús, José y María, y a los ancianos padres de la Virgen: señora Santa Ana y señor San Joaquín. Con su poderosa intercesión toda necesidad se alivia y se disipa todo mal. Dulciflor oyó la exclamación y le aclaró muy apenada a su mamá: “No fue con la mano”. Avaricio Cenaoscuras, hombre cicatero y ruin, andaba de novio con una linda chica. Fueron a cenar en restorán y, al final, ella pidió la cuenta. “¡Ah no! –protestó con energía Avaricio–. Tú has pagado las últimas diez veces. Vamos a echar un volado a ver quién paga ahora”. Don Languidio Pitocáido le comentó a su esposa: “Fui a ver al médico para que me tratara esa debilidad general que siento. Me dijo que no puedo cargar cosas pesadas ni hacer el amor”. Replicó la señora: “Lo de las cosas pesadas se adivina sólo al verte. Pero ¿cómo supo lo otro?”. El entrevistador interrogaba al joven profesionista que pedía trabajo. Le comentó: “Veo en su solicitud que es usted soltero. ¿Tiene actualmente alguna relación monógama?”. “Sí, señor –respondió el muchacho–. De hecho, tengo varias”. Llegó un tipo a una farmacia y le pidió al dependiente: “Quiero una docena de condones”. Buscó el empleado, regresó y le dijo: “Lo siento mucho, caballero. Sólo tenemos 11”. “¿Qué clase de farmacia es ésta? –se indignó el sujeto–. ¡Por falta de inventario ya me echaron a perder la noche!”. Babalucas hizo un viaje a Roma y visitó, claro, la Basílica de San Pedro. Separado del grupo en que iba se extravió en uno de los extensos corredores. Vio una puerta con un letrero, la abrió y le pidió al elegante señor que estaba ahí: “Quiero un chile relleno. Me lo da con su arroz y sus frijolitos”. El hombre no entendió ni papa, pero alcanzó a advertir que el visitante hablaba en castellano. Llamó a un prelado español y éste le preguntó al solicitante: “¿Qué es lo que usted desea?”. Repitió Babalucas: “Quiero un chile relleno. Me lo da con su arroz y sus frijolitos”. Respondió, desconcertado, el otro: “Aquí no hay eso”. El badulaque se amoscó. Adujo: “El letrero de la puerta dice: ‘Cocina Económica’“. “No –lo corrigió el dignatario–. Dice: ‘Concilio Ecuménico’“. En la rosticería de la esquina los pollos daban vueltas en los espigones. Pasó por ahí una periquita, vio aquello y profirió con disgusto: “¡Caramba! ¿Cuándo se acabará esta ola de pornografía?”. Pepito le confió a Rosilita: “Ya sé a dónde se va la cigüeña después de traerme un hermanito”. Preguntó la pequeña, curiosa: “¿A dónde se va?”. Respondió Pepito bajando la voz: “Se mete en el pantalón de mi papi”. Don Algón le dijo a su nueva y linda secretaria: “En esta empresa todos somos como una familia, señorita Rosibel. Por tanto no le extrañe que, de vez en cuando, le pida que sea usted como mi esposa”. Tetonina, joven mujer de exuberante busto, tenía dos pretendientes: Tonino y Ninoto. Ambos anhelaban desposarla, pero ella se mostraba renuente al matrimonio. Pensaba que al casarse perdería su libertad. Así, un día les manifestó: “No me casaré con ninguno de los dos. Con nadie me casaré jamás. Pero ustedes han sido los únicos hombres en mi vida, de modo que para recordarlos me haré tatuar sus rostros, uno en cada seno”. Cuando se despidieron de la chica Tonino le preguntó a Ninoto: “¿Qué te pareció eso de los tatuajes?”. “No me gustó nada –declaró éste–. Al paso de los años vamos a andar los dos con caras largas”. (No le entendí). FIN.

 

 

MIRADOR.

Historias de la creación del mundo.

El Señor hizo a Copérnico.

Luego hizo a Galileo.

En seguida creó a Newton.

Después trajo a la tierra a Darwin.

A continuación dio vida a Einstein.

Y en nuestros días puso en el mundo a Stephen Hawking.

El Espíritu vio a todos esos científicos y le preguntó al Señor:

–¿Para qué los hiciste?

Respondió el Creador:

–Por su causa los hombres que saben poco dejarán de creer en mí. Por su causa, los hombres que saben mucho creerán en mí.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS.

“La tortuga le ganó la carrera a la liebre”

Luego, en medio de la bola,

el quelonio preguntó:

“¿Quién, quisiera saber yo,

me puso el cuete en la cola?”.


Los comentarios están cerrados.