Luis Rubio
Luis Rubio

El país vive un conjunto creciente de “pequeñas” guerras civiles que pueden acabar arruinándolo. De la misma forma, el caldo de cultivo que se está produciendo podría acabar generando una plataforma transformadora: todo depende de cómo se canalicen estos procesos o, más apropiadamente, si hay alguien a cargo dispuesto y capaz de liderar un proceso de esa naturaleza.

Los frentes abiertos son múltiples e implacables. Unos han sido abiertos por el gobierno, otros vienen de atrás, pero si el criterio es uno de estabilidad, viabilidad y paz, todos tienen consecuencias. El país vive una creciente guerra civil o, más bien dicho, un conjunto de guerras civiles, cada una diferente en origen, circunstancia y dinámica, pero el conjunto no deja de evidenciar la debilidad del gobierno y que la propensión a la anarquía es creciente. Lo patológico de todo esto es que muchas de estas “guerritas” son producto de la incompetencia y ceguera de sus promotores, en muchos casos, los más comprometidos con exactamente lo opuesto de lo que están generando.

Una “fotografía” del panorama general dice más que mil palabras:

La más inútil (y absurda) de las guerras civiles es la que propició el presidente Peña con su iniciativa en materia de matrimonios igualitarios. No tengo nada en contra de que cada pareja resuelva su vida como mejor le parezca, pero me es obvio que la iniciativa presidencial en la materia fue contraproducente para él y para su partido pero, sobre todo, absolutamente innecesaria. La guerra que inició la Iglesia a partir de esa decisión no puede traer nada bueno; máxime que, a la mexicana, el problema estaba “resuelto”: la Ciudad de México lo permite todo; ¿para qué cambiar un statu quo que funciona? Como dice la frase atribuida a Talleyrand, “peor que un crimen, fue un error”. Enorme error.

La corrupción lo corroe todo, pero ésta ha abierto muchos frentes, todos ellos costosos. Ante todo, están los protagonistas, sobre todo los gobernadores, que no tienen el menor recato: interpretan su triunfo electoral como una licencia para robar y, si se puede, lograr la presidencia. Esta guerra no va a cejar, así los partidos acuerden qué es corrupción y quién va a la cárcel, a cambio de qué. ¿La justicia? Al paredón. Peor: incentiva la siguiente ronda de corrupción.

Luego están los nuevos Torquemadas, ahora dedicados a la corrupción o a cacerías de brujas donde lo último que importa es la justicia, la legalidad o el debido proceso. Denunciar, denostar, atacar y evidenciar es el nuevo mantra. Lo importante no es erradicar la corrupción sino hacer hogueras. López Obrador se los agradecerá.

El PRD y Morena, como Caín y Abel, experimentan la más bizantina de las disputas. Todo sea por el poder, el de antes y el de ahora, pero sobre todo el del futuro. Lo importante es acabarse mutuamente: lo que eso implique para los territorios que formalmente “gobiernan” es lo de menos. Pregúnteles a los habitantes de la Condesa, donde se cifra una guerra entre las dos corrientes políticas, abriendo el paso al crimen organizado con todo lo que eso implica. Morena vende el futuro, pero está atorado en el pasado porque no tiene de otra: su “producto” es todavía más antiguo que el del gobierno federal actual: regresar a la edad de piedra. Mientras tanto, que los habitantes en sus demarcaciones se rasquen con sus propias uñas. Lo importante es el poder. Viva la corrupción.

La “reforma” fiscal que hace tres años promovió el gobierno federal generó una pequeña guerrita con los pagadores de impuestos; ganó el gobierno, pero ahora la economía está estancada. Una victoria pírrica. En una de sus muchas extraordinarias e inolvidables lecturas de la realidad, Winston Churchill afirmó que “una nación que se impone impuestos como medio para lograr la prosperidad equivale a una persona que se para en una cubeta y trata de levantarse jalando la manija”. Los impuestos son necesarios, pero no a cambio de la prosperidad.

Las guerras, afirmó Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso, se hacen por miedo, interés u honor. Las guerras, o guerritas, civiles no son muy distintas, pero entrañan una diferencia medular: en lugar de sumar, dividen.

México vive una acumulación de agravios y conflictos, unos abiertos y otros soterrados, pero todos conducentes a mayores divisiones. Ese es el riesgo, que se exacerba en la medida en que el gobierno federal desaparece del mapa. En contraste con otras naciones (España es un buen ejemplo), México no puede vivir sin un árbitro activo, dedicado a propiciar un diálogo y el concierto social. El factor divisivo en México es el poder: sin diálogo, el conflicto está a la vuelta de la esquina.

Minxin Pei acaba de publicar un libro sobre la corrupción en China*. Su argumento es que el sistema chino hace la corrupción inevitable y que esa será la causa de su eventual colapso. Claramente, el panorama mexicano es muy distinto y no guarda proporción alguna con China porque, con todos nuestros defectos, los problemas aquí se orean y son públicos. En una de esas, hasta podrían resolverse. Hay que guardar un sentido de proporción que permita una transición tersa, así tome otra década. Pero alguien tiene que liderarla.

 

*China’s Crony Capitalism

 

@lrubiof


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