Alberto Chiu
Alberto Chiu

¿Que difieren las cifras sobre la pobreza en Zacatecas? Qué novedad. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) a nivel federal, unas 100 mil personas están en pobreza extrema. Y según los datos de la instancia correspondiente de nivel estatal, ya habían disminuido hasta cerca de 88 mil. ¿Quién tiene la razón?

Tal vez el asunto de las cifras sea lo de menos, cuando se piensa en que más de la mitad de la población sufre de algún grado de pobreza (patrimonial, alimentaria, extrema, lo que sea), y que en realidad ante el panorama que se nos ha ofrecido hay pocas esperanzas de que se logre, en los próximos años, una recuperación en este sentido.

Lamentablemente, Zacatecas se ha ubicado desde hace algunos años en la ominosa lista de entidades de nuestro país en las que un gran número de su población se encuentra en niveles de desarrollo desastrosos, factor que incide –según los especialistas– en la migración de esa misma población hacia otras entidades del país o hacia el vecino país del norte, en busca de mejores condiciones para vivir. O en el peor de los casos, en la búsqueda de una puerta o salida fácil a través de la delincuencia.

Los titulares de las secretarías están esperando las cifras más recientes emitidas por el Inegi, dicen, para focalizar y fortalecer las estrategias de lucha contra la pobreza… cuando lo único que necesitarían es darse una vuelta y reconocer de primera mano las condiciones en que viven miles de zacatecanos en las zonas rurales, e incluso en las urbanas.

Por triste que parezca, casi siempre que se toca el tema de la pobreza todo se resume a cifras, a estadísticas obtenidas de encuestas frías que nos dejan ver cuántas viviendas tienen piso de tierra, cuántas no cuentan con un sanitario, o servicios básicos, o sistemas de comunicación, etcétera.

Los gobiernos que hemos tenido han podido hacer poco –o quizás no han querido o no han sabido cómo hacer– para abatir esos niveles de marginación, y parece haber poca o nula coordinación entre los esfuerzos federales y los estatales, cuando sólo se basan en las estadísticas.

Y si además de ello le agregamos el escándalo nacional reciente, que ha revelado que hay programas gubernamentales sujetos a la corrupción, que impide que los recursos lleguen adecuadamente a los sectores poblacionales más fregados, pues crece entonces también la sospecha de que en Zacatecas no debemos cantar mal las rancheras en ese sentido. ¿Cuántos de esos programas de apoyos y/o de becas en realidad estarán impactando positivamente en las comunidades más lesionadas de la entidad? ¿Cuánta gente está en padrones de beneficiarios, a los que en realidad no llega nada de ese recurso? ¿Y cuántos más recibirán beneficios “rasurados” porque hay funcionarios corruptos que se quedan con una parte de ese dinero?

Los discursos sobre el combate a la pobreza ya no alimentan ni siquiera la esperanza de aquellas personas que anhelan un apoyo de cualquier especie, y sí alimentan, por el contrario, la sospecha de que “alguien más” se está quedando con esos apoyos, y alimentan indudablemente la mala percepción que se tiene no de las dependencias, sino de los gobernantes en turno.

Mientras se habla de políticas y estrategias de austeridad por parte del gobierno, la gente sigue viendo ejemplos fehacientes de que, dentro del propio gobierno, sigue habiendo quienes hacen un dispendio increíble de recursos del erario, idea estimulada aún más por las increíbles percepciones monetarias que reciben, precisamente en estos días, decenas de funcionarios públicos de primer nivel, diputados locales y federales, etcétera.

El abismo abierto entre la clase gobernante y el pueblo se ve todavía más profundo en estas enormes diferencias, y en el nivel y calidad de vida que llevan unos y otros, pues no se ve todavía que aquellos tengan siquiera la intención de ayudar a éstos. En esta época en que se pregona la solidaridad con el que menos tiene, ojalá piensen en ellos.

 


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