Armando Fuentes
Armando Fuentes

“Querida Doctora Corazón: ¿por qué siempre que mi esposo me hace el amor cierra los ojos? Atentamente, Picia”. “Estimada Picia: Para responder a tu pregunta necesito que me envíes una fotografía tuya”. En el aeropuerto del lugar donde vive Babalucas hay un letrero: “No les echen semillitas. Bajan solos”. El jefe revolucionario cayó en manos de sus enemigos. Después de un juicio sumarísimo –duró 15 segundos– el prisionero fue condenado a muerte: sería fusilado en la madrugada del siguiente día. Le preguntó, caballeroso, el capitán que dirigiría el pelotón de fusilamiento: “¿Cuál es su última voluntad, mi general?”. Respondió el mílite: “Quiero pasar la noche con mi esposa”. “¿Con su esposa? –se asombró el otro, que conocía bien a la señora–. ¿No preferiría mejor.?”. “No –insistió el reo–. Con mi esposa”. Llamaron, pues, a la mujer, y los dejaron solos en la celda. El capitán habría querido ofrecerles champaña y una cena con filete, pero eran tiempos de revolución, y entonces les hizo servir tacos de nopalitos con chile colorado y pulque curado de guayaba. Terminado el condumio el general le hizo el amor a su esposa. Luego, tras una hora de sueño, volvió a hacérselo otra vez. Después de otra hora la despertó para lo mismo. “Ya no, Gladino –opuso la señora–. Recuerda que tienes que levantarte temprano”. Soy mariano, es decir devoto de la Virgen. Y Mariano me habría gustado llamarme, como mi padre, de cuya paz goza ya Dios. Decir cosas como éstas en los tiempos que corren es locura, pues lo políticamente correcto en quien escribe para los papeles públicos es declararse agnóstico o –mejor todavía– ateo. Pero a mí me cuesta menos trabajo renunciar a mis razones que a mis sinrazones, y una terca intuición me lleva por el camino de la fe, a veces contra mi voluntad. Creo a pesar de mis dudas, la religión de mis mayores va conmigo pese a lo que soy. Este día soy guadalupano, o sea que soy más mexicano que los otros días. Antes cada año peregrinaba en cuerpo y alma hasta el santuario de Nuestra Señora. Ahora –¡ay de mí!– lo hago solamente en alma. Eso me mortifica mucho pero, en fin, dicen que el alma cuenta más que el cuerpo. Quizá sea cierto, sobre todo cuando con el cuerpo no se cuenta ya. El caso es que hace unos días presentamos un libro en el teatro de cámara de Radio Concierto, la emisora cultural que mi esposa y yo fundamos hace ya 20 años. Hermoso libro es ése, y con muy bello título: se llama Guadalupe, la Virgen florida. Lo escribió Carlos Eduardo Díaz, un joven investigador que ha dedicado gran parte de su vida a descifrar en la imagen de la Guadalupana, como en un códice, los símbolos de nuestros ancestros prehispánicos. La edición que su generosidad nos permitió hacer es para regalarla a nuestros radioescuchas. Todo lo que en Radio Concierto hacemos es gratuito: presentaciones de ópera y zarzuela; recitales de música; funciones de teatro; conferencias; ediciones de libros; cine club. La difusora misma es un regalo para Saltillo, mi ciudad; el modo que tengo de corresponder a lo mucho que me ha dado. A cambio recibo grandes dones. Vean mis cuatro lectores la dedicatoria que Carlos Eduardo puso a esta edición de su obra: “Para don Armando Fuentes Aguirre, ‘Catón’, un hombre bueno y de gran corazón que confió en mí más que yo mismo”. Por mi parte escribí en el prólogo del libro: “. A la Guadalupana le pedimos su gracia para nuestras desgracias. Ella nos manda de regreso a casa con las manos llenas de rosas. Yo le pido solamente tres: una de fe para creer; otra de esperanza para confiar, y la tercera de amor a mi prójimo. Mi prójimo eres tú, que has leído esto.”. FIN.

MIRADOR.

¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, cuando te llevamos al Potrero por primera vez?

Eras un cachorrito; tendrías apenas un par de meses de nacido. Te pusimos un tapete junto a nuestra cama y ahí te echaste a dormir. Sería la medianoche cuando se oyó el aullido lejano del coyote. Dormías profundamente, pero al punto abriste los ojos y te pusiste en pie. Erizado el pelo, tenso el cuerpecillo, amenazante la actitud, lanzaste unos ladridos infantiles que me habrían hecho reír de no haber sido porque me hicieron pensar.

¿Qué código atávico, qué instinto llevabas grabado en ti que te hacía ser lo mismo que fueron tus ancestros más remotos? La vida de todos tus antepasados se repetía en tu vida; todos los perros que en el mundo han sido volvían a estar en ti.

Me dije que lo mismo sucede con nosotros los humanos. En cada hombre van todos los hombres. Somos lo que fueron quienes vivieron antes que nosotros. En cada ser están todos los seres. De todos venimos y hacia todos vamos. Todos somos todos. Todos somos todo.

¡Hasta mañana!…

MANGANITAS.

“. Los hombres jóvenes también toman Viagra.”.

Me parece algo imprudente

que usen el medio citado.

El día menos pensado

se van a golpear la frente.


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