Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Sobre el zoológico de Chapultepec expresé ayer aquí mismo dos o tres reflexiones en relación a ciertos animalejos que fueron en un principio la atracción de unas masas cándidas. Sigo aquí con el tema de marras porque, de repente, como si no tuviéramos bastante con la maldición de tantísimos pandas, nos llegó aquel fantasmón fachendoso, figurón de utilería, promesas de alfajor y azúcar cande, un panda que llegó entre bravos, y vítores, y chiquitibunes, que hasta parecía la pura verdad.

Y ocurrió que apenas instalado en su jaula, veterinarios y guardabosques agarraron por su cuenta la imagen del allegadizo; la fauna del periodismo, hormiguita industriosa, se encargó de transformarlo, de inventarle carisma y sacarle personalidad, magia y encanto, todo al tanto por ciento y nos llevamos tanto. Así, de la anoche al amanecer, aquel panda zafio, ignorante, corrientón y vulgar, fue metamorfoseado de gusano en crisálida y de ranchero patán en divino rostro. Y aquello fue arrodillarse frente al milagro de pacotilla. (Milagro cuyos fulgores iban a durar apenas cien días, al término de los cuales el becerro de oro comenzó a enseñar el cobre. Patético.)

Ah, tiempos calamitosos los que se abatieron sobre el zoológico de los pinos, con la vera efigie del panda estampada en periódicos, cinescopio y revistas del corazón. Chapultepec volvió a llenarse de las y los tepocatas y víboras prietas:

-¡Chiquillas y chiquillos! ¡Crecimiento al siete por ciento anual! ¡Un millón 300 mil empleos al año! ¡Vocho, tele y changarro, chiquillas y chiquillos!

Día y noche, noche y día, y la queja de chiquillos y chiquillas:

– A este panda cabrón ya lo tenemos hasta en la sopa.

-Exactamente de lo que nos vino a privar: de sopa.

Pero ándenle, que el panda se nos pandeó; cruza de percherón y jirafa, se alzó sobre dinosaurios y cocodrilos, sierpes y orangutanes, tepocatas y víboras prietas; pero, carácter de malvavisco, fauces, cuernos y pitones me lo cogieron, y colmillos y garras lo hicieron garras. Y cuando todo indicaba que nada pudiese ser peor, de repente, tíznale, que el panda liga romance con la Tohuí, una panda jamona de origen desconocido; y entonces qué culequera se traen en pleno zoológico, que ni quinceañeros de CCH. La de besos y caricias, de sobadas y arrumacos,  y mensajes de amor, que entrambos justificaban el apicarado cantar:

“Vale más torear un toro – que no a un viejo alborotado”. Por ahí va el dicharajo.

Tohuí: liendre resucitada, todo fue verse en el zoológico de los pinos en Chapultepec y sentir mimos y halagos de los validos que a balidos la sobrevaluaban hasta la náusea, y como todo mediocre perdió la dimensión, la ponderación, la autocrítica. Ahí, tíznale, el esperpento de la “primera dama”, pacotilla de Eva Perón, lamentable espectáculo de una Tohuí que, ayuna de valores morales, perdió pisada, se embriagó, embragó, metió velocidad y sufrió vértigos. Soberana de opereta, echóse encima las candilejas y se chupó medio presupuesto de todo el zoológico en lujos, caprichos y demás oropeles. Su figurilla engrandecía poniéndose de puntitas, changuita que con piruetas y carantoñas distraía a sus admiradores mientras se dedicaba a robar (la atención), todo con la anuencia de un panda bonachón y pastueño. Los visitantes, incómodos con su protagonismo, repetían el dicharajo:

Aunque la panda se vista de seda, Tohuí se queda. Y de repente…

Mis valedores: ¡la cloaca se destapó y su pestilencia contaminó todo el zoológico! La panda tenía panditas; los dineros enloquecieron al clan, y…

(El final, más tarde.)


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