Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

“Solíamos hablar, entre nosotros, de atraer a Rubén Darío. Valenti profetizaba. Nunca vendrá a México; no tiene tan mala suerte”.

La tuvo a medias, y con provecho. Hoy, ante el fallecimiento de Fidel Castro, cobró actualidad el “comes y te vas” foxista, aunque al primero que se le impidió la entrada al país no fue a Castro, sino al poeta Rubén Darío, que en 1910 fue comisionado para representar a su país en la celebración del Centenario de la independencia mexicana. Pero A Darío se le impidió llegar.

Nicaragua vivía tiempos aciagos; el presidente Madriz cayó por decisión de Washington, y el conflicto entre Nicaragua y los Estados Unidos se reflejaba en nuestro país, originando una enorme incomodidad del delegado yanki contra Nicaragua y una gran animadversión de los mexicanos contra EU. La presencia del poeta pudiese desatar la crisis. El delegado del norte no lo quería en la celebración, y lo lógico: Porfirio Díaz no permitió que el poeta llegara a esta capital.

Y Darío no llegó. No se lo iba a permitir el invitante, un Porfirio Díaz tan servil con el gringo como implacable con los que éste repudiaba. El poeta quedó detenido en la costa de Veracruz y llegó a Jalapa, donde un hacendado lo invitó a cazar conejos. La versión del poeta:

“El Gobierno mexicano me declaraba huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a la capital, y que esperase la llegada de un enviado del Ministerio de Instrucción Pública”.

Entretanto una enorme muchedumbre de veracruzanos, en la bahía y por las calles de la población, vitoreaban a Darío y a Nicaragua. “¡Y mueran los Estados Unidos!”

“El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó con una carta del Ministro don Justo Sierra en que, en nombre del Presidente de la República y del Gabinete, me rogaba que pospusiese mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino: el gobernador civil me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días, esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país. Yo tenía mis razones para entender que aprobaba mi idea de retornar a La Habana. Hice esto último”.

Porfirio Díaz, en obsequio del gringo, había logrado diluir la presencia incómoda de Darío en territorio mexicano, y las fiestas del Centenario de la “independencia” mexicana siguieron, espléndidas…

Acorralado por los periodistas, el novelista y diplomático de Díaz, Federico Gamboa, tuvo que manifestarse al respecto. Como no había medio de salir airoso del trance, cantinfleó:

– Todo problema de Derecho internacional debe plantearse de manera que las premisas correspondan exactamente a la realidad de los hechos, para que así pueda científicamente asegurarse el resultado. No quiero perder el tiempo en discutir, conforme a derecho, lo que ya el señor presidente Díaz ha decidido conforme a prudencia.

Y el remate del vergonzoso incidente, que pinta la calaña de ciertos dictadores, así sea don Porfirio Díaz, y ciertos intelectuales, así se trate de todo un Rubén Darío:

Páguese al Sr. Rubén Darío en París, la cantidad de 500 –quinientos francos– mensuales durante el presente año fiscal, para que continúe estudiando en Europa”. Firma José López Portillo y Rojas, Subsecretario encargado del despacho”.

Años después, cuando el “comes y te vas”, un servil Bravo Mena, secretario de Fox, sin asomo de vergüenza, lo afirmó:

“Él hizo la gestión de manera amigable, caballerosa, franca. El que ha roto todos los marcos de la cortesía y la caballerosidad es Castro”.

(Agh.)


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