Armando Fuentes
Armando Fuentes

Dos señoras que no se conocían entre sí entablaron conversación en una banca del centro comercial. Ambas tenían que esperar a que se les enfriaran sus tarjetas de crédito. Dijo una: “Mi esposo es tocólogo”. Declaró la otra: “El mío es meteorólogo”. “¡Qué afortunada eres! –exclamó la primera–. Tu marido no deja las cosas empezadas”. (No le entendí). Don Cornulio vio una atractiva oferta de viaje en el periódico. Tomó el teléfono y llamó a su esposa. “¿Qué te parecería una semana de vacaciones en Cancún? Haríamos el amor a la luz de la luna, arrullados por la canción del mar, y comeríamos pescado al mojo de ajo”. “¡Encantada! –exultó la señora–. Sólo tengo una pregunta”. Replicó don Cornulio: “Dime”. Preguntó ella: “¿Quién habla?”. El rabino Chochem se preocupó mucho al saber que un joven perteneciente a la comunidad judía estaba cursando estudios en una universidad católica, y para colmo a cargo de jesuitas. Lo llamó y le comunicó su inquietud: “He oído decir que los sacerdotes de la Compañía son particularmente inteligentes, y diestros en cambiar la conducta de sus educandos. Aunque apenas llevas unos días en su universidad ¿no temes que puedan influir demasiado en ti?”. Respondió el muchacho: “De ninguna manera, padre”. Estaca Brown se había ausentado de esta columneja. Dicho señor se encarga de señalar los hechos que son de difícil realización, de improbable cumplimiento. Su última misiva la envió a Jaime Rodríguez, apodado El Bronco, gobernador de Nuevo León. Sus gobernados le están reprochando cada vez con mayor virulencia el incumplimiento de las promesas que hizo como candidato. Hace unos días se presentó en un evento deportivo en Monterrey y fue objeto de una rechifla bastante universal. Dice don Jaime que quienes le pitaron son los mismos que lo aplaudirán cuando vean sus numerosos logros. Ninguno se le ha visto hasta ahora, y si sigue como va será difícil que pueda presentar alguno. Debe aplicarse más a sus tareas; restablecer la unidad perdida entre los miembros de su equipo; no seguir actuando como candidato, sino portarse ya como gobernador, y dejar de hacer ofrecimientos que luego no honrará. ¿Aplausos para El Bronco? Estaca Brown. Sor Bette, encargada de una casa de reposo para ancianos, se conturbó bastante cuando uno de ellos le dijo: “Esta noche follo”. Se tranquilizó, sin embargo, cuando el mismo viejecito continuó: “Y mañana furé de fafas”. Tenacio era hombre terco y obstinado. Cuando se le metía una idea en la cabeza no había poder humano que se la sacara. Cierta noche bebía en un bar con sus amigos cuando de pronto señaló a un individuo que estaba en una mesa del rincón acompañado por una mujer cuyo oficio se adivinaba a primera vista. “¡No lo puedo creer! –dijo–. ¡Aquel hombre es el Papa!”. “Estás loco –respondió uno de los amigos–. ¿Cómo se te ocurre pensar que el Papa puede estar en este pueblo rabón, y menos en una cantina, y con una maturranga?”. “Les digo que es el Papa –insistió Tenacio–. Quizá viene de incógnito, pero ahora mismo voy a presentarle mis respetos y a agradecerle su honrosísima presencia en nuestra comunidad”. “No cometas semejante estupidez –le advirtió el otro–. Te vas a meter en un lío”. Tenacio desoyó la admonición. Fue a la mesa donde estaba el individuo y le dijo. “Perdone, mi estimado. Con todo respeto: ¿es usted el Papa?”. El sujeto pensó que se burlaba de él. Respondió airado al tiempo que se ponía en pie: “¡El Papa tu tiznada madre!”. Y así diciendo le propinó un mamporro que lo mandó de regreso a su mesa. Sangrando por nariz y boca les dijo Tenacio a sus amigos: “¡Caramba! ¡No sabía que Su Santidad pudiera ser tan agresivo!”. FIN.

 

MIRADOR

A los 50 años de edad John De ese prendó de una mozuela de 18.

Dee era el mayor filósofo de su época. Maestro en Bolonia, París y Estrasburgo su fama era comparable solo a la del Aquinatense. Leía en latín, griego, árabe, sánscrito y hebreo. De él se decía que era el único que entendía a cabalidad el Poema de Parménides.

Y sin embargo aquel hombre tan sabio, espejo de razón, cayó en las manos de aquella muchachilla que hizo de él su juguete. Por ella abandonó su cátedra; por ella hacía el ridículo en las ferias bailando las danzas de los jóvenes; por ella vendió sus libros para satisfacerle sus caprichos.

Bien pronto la coqueta se cansó de él y lo dejó por un gañán sin oficio conocido. John Dee se recluyó en su casa. Lloraba más por vergüenza que por el abandono de la infame. Bebía en soledad hasta embriagarse, y entonces lloraba más.

Pero de pronto le llegaba el recuerdo de la mujer que había amado, y entonces se le iluminaba el rostro. Ni cuando profesaba cátedra ni cuando estudiaba sus infolios sonrió así.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Subirá el precio del cemento.”.

Con eso comprenderás,

Habrá que decirlo a gritos,

que en abstracto estamos fritos,

y en concreto mucho más.


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