Armando Fuentes
Armando Fuentes

Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, entró por equivocación en una librería. Al verse ahí pidió un libro para disimular su error. Le dijo el encargado: “Nos acaba de llegar ‘El cardenal'”. Contestó ella: “No leo literatura religiosa”. Aclaró el hombre: “El libro trata del pájaro”. Replicó doña Panoplia: “Pornografía menos”. Don Artricio, caballero de la tercera edad entrado ya a la cuarta, visitó en su casa a Himenia Camafría, madura señorita soltera. Tras conducirlo a la sala le dijo ella con melifluo acento: “Querido amigo: permítame ofrecerle un póculo de colemono para el hibierno”. El maduro señor se quedó en Babia. Igual me quedé yo, pero tenía a mano el lexicón de la Academia y supe entonces que póculo quiere decir vaso, que colemono es una bebida elaborada a base de café con leche al que se añaden especias y aguardiente, y que hibierno es arcaísmo para decir invierno. Seguidamente entablaron los dos una honesta conversación acerca del clima, las películas de Pola Negri y el hundimiento del Titanic que, aunque sucedido hace más de un siglo, sigue conturbando a la señorita Himenia. De pronto, para sorpresa del añoso visitante, le dijo su anfitriona: “Espero, don Artricio, que no se aproveche usted de mi debilidad de mujer, y de la soledad en que nos encontramos, para intentar robarme un beso”. “Señorita –se ofendió él–. Está usted con un caballero. Pertenezco a la Legión Condal y soy portaestandarte de la Cofradía de la Reverberación. Sólo borracho me atrevería a hacer eso”. “Permítame un momento –dijo entonces la señorita Himenia–. Voy a traer el tequila”… Michel de Nostredame –o sea de Nuestra Señora– decía tener el don de la adivinación. Su esposa dudaba de que lo tuviera –generalmente las esposas dudan de que sus maridos tengan algún don–, pues cada vez que alguien llamaba a la puerta de su casa él preguntaba: “¿Quién?”. Sin embargo en 1555 publicó un libro llamado Les Propheties, en el cual hizo numerosas predicciones para los siglos venideros. Eso es muy meritorio, pues hacerlas para los siglos ya pasados no tiene ningún chiste. Así se volvió famoso con su nombre latinizado: Nostradamus. El libro se vendió como pan caliente, si me es permitida esa expresión inédita. A su muerte, en 1566, los editores hicieron correr la especie de que se había hecho enterrar en vida para desde la tumba seguir haciendo predicciones que ellos publicaban sin que el pan se enfriara. Las profecías de Nostradamus están escritas en tal forma que admiten toda suerte de interpretaciones, de modo que siempre salen ciertas. Se dice que auguró el advenimiento de Napoleón, Hitler y Stalin, aunque los textos que a esas calamidades se refieren pueden ser aplicados también al incendio del mercado de Tlalpujilla, al patatús que sufrió doña Gorgona al salir de misa de 11 y al mal paso que dio Tirlita con el agente de ventas de la jabonera La Higiénica. La especialidad de Nostradamus era agorar acontecimientos espácicos, o sea desastrados. Y sin embargo ni siquiera ese gran arúspice pudo predecir que alguna vez los rusos serían factor determinante en la elección del presidente de Estados Unidos. Tanto Trump como Putin niegan que eso haya sucedido, pero hay evidencias que muestran lo contrario. No cabe duda: el mundo se ha vuelto –otra vez– loco. Y con todo lo que en México está sucediendo hacia allá iremos también los mexicanos en el 2018: a la locura. Esto no lo augura Nostradamus: lo profetiza su seguro servidor… Un amigo le dijo a Babalucas: “¿Sabías que Gladiolo es pederasta?”. Replicó el badulaque, despectivo: “¿Cómo puede ser eso, si ni siquiera terminó la secundaria?”. FIN.

MIRADOR

Las figuras del pesebre navideño están hechas del mismo material que yo: de barro.

No tienen la belleza y elegancia de las que se venden en las grandes tiendas. Éstas las compré en los mercados de las ciudades a donde he ido en mis andanzas de juglar. Las hay de Guanajuato y de Oaxaca; de Querétaro y San Luis Potosí; de Tlaquepaque y Tonalá.

Mira a ese pastor. Entre todos los del nacimiento es el único que tiene nombre. Se llama Bartolo. Está dormido. Mientras todos los seres y las cosas contemplan el milagro él duerme echado sobre el suelo a la bartola. Resuena el canto de los ángeles, y él ronca.

Indiferente ante el prodigio soy como él. Dormido en la inconsciencia no me doy cuenta del milagro que sucede frente a mí. Cierro los ojos a la luz y pongo oídos sordos al mensaje.

Alguna vez quizá despertaré. Sabré entonces que el misterio se ha cumplido, y estarán en mi nacimiento la fe, la esperanza y el amor.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Si toma no maneje.”.

Es muy sencilla la cosa,

y en decirlo no hay error:

pedir un taxi es mejor

que ir luego en una carroza.


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