JESÚS ALBERTO CANO VÉLEZ (*)
JESÚS ALBERTO CANO VÉLEZ (*)

El presidente Peña Nieto reintegró a Luis Videgaray a su gabinete como canciller, situándolo como la figura más fuerte entre sus colaboradores. Llegó con un dominio poco usual en materia económica y con la inteligencia para pronto dominar los temas internacionales de la Cancillería.

Los analistas consideran que Videgaray regresa más fuerte que nunca, tanto para jugar la sucesión presidencial de 2018, como para que México enfrente la retadora relación con Estados Unidos, que pronto estará bajo el gobierno de Donald Trump, un búfalo dominante como los que habíamos tenido que enfrentar desde Washington, mucho tiempo atrás.

El presidente instruyó a Videgaray a “acelerar el diálogo y los contactos con el nuevo gobierno de Trump”, ocasión sobre la que el nuevo canciller advirtió que existen amenazas para el país y que el reto que enfrentará México es enorme.

En su toma de posesión ante el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, Videgaray reconoció: “No soy diplomático, nunca he tenido más allá que encargos propios de la secretaría de hacienda en su actividad internacional, por lo que les digo de corazón y con humildad que vengo a aprender con ustedes”.

Y para luego es tarde, porque los retos inmediatos que se le presentan a México, como consecuencia de las presiones de Trump, como son el anuncio de la empresa Ford que ya no construirá su planta en San Luis Potosí, y en su lugar ampliará las líneas de producción en sus instalaciones en el estado de Michigan, Estados Unidos, tendrán severas consecuencias para el empleo en nuestro país.

También están las amenazas de Trump a la General Motors, de imponerle un fuerte arancel fronterizo, si fabrica su modelo Cruze en México, para luego comercializarlo en Estados Unidos.

Resultan graves las amenazas del presidente electo a una industria que México ha desarrollado desde hace muchos años con magníficos resultados. En 2016 la venta de autos rompió record al colocar 1.6 millones de unidades, tanto para el mercado nacional, como para la exportación a los mercados abiertos a la competencia.

México es el tercer receptor emergente de capitales privados netos, según el Instituto Internacional de Finanzas, al recibir, en 2016, 30 mil millones de dólares de capitales externos, sólo aventajado por Turquía con 37 mil millones, e India con 33 mil millones; que son primero y segundo lugar en el mundo, respectivamente.

Pero la industria automotriz mexicana se enfrenta a un peligro más grave y de mayor permanencia, si el presidente electo, Trump, cumple con sus amenazas, expresadas en campaña, que ya empezó a realizar presionando a la Ford y a la General Motors, todas ellas exitosas empresas ensambladoras mexicanas. Con esta embestida deliberada del republicano, los años dorados del TLCAN parecen haberse ido para siempre.

En este contexto de presiones, sólo la empresa Toyota respondió que su operación en Estados Unidos no tendrá cambios por su plan de producción en México. Al respecto, el CEO de esta empresa en México ha dicho: “Toyota tiene una planta en Mexicali, B.C., donde produce el pick-up Tacoma. Además, cuenta con un proyecto conjunto con la también automotriz japonesa, Mazda. El plan de Toyota es trasladar la producción de Corolla de la planta de Canadá a México a partir de 2019”.

Toyota aseguró que entre sus inversiones recientes a escala global, se encuentran las que hizo en Kentucky y Dallas, Texas, en las que asegura que Toyota moverá su sede en Estados Unidos, de Kentucky a Texas.

El escenario que se advierte a partir del 20 de enero, en que Donald Trump tomará posesión, no puede ser optimista. Sin embargo, reacciones como las de Toyota podrían repetirse y multiplicarse. Habrá que voltear a ver hacia otras regiones del mundo en busca de nuevas e importantes inversiones. Si queremos resultados distintos, no podemos seguir haciendo lo mismo. Albert Einstein dixit.

 

 

(*)Economista

@acanovelez


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