ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Estamos apenas en los primeros nueve días del primer mes de este año nuevo, y quizás la nota generalizada que más difusión ha tenido a nivel nacional ha sido, día tras día, la relativa a la realización de toda clase de manifestaciones, marchas, protestas, plantones, bloqueos carreteros, toma de gasolineras y de instalaciones de gobierno, como respuestas sociales al llamado gasolinazo que entró en vigor este mismo año.

Algunas (la gran mayoría, creo) han sido pacíficas y no han llegado a más que la exhibición pública de cientos, miles de ciudadanos, coreando consignas en contra del gobierno federal, por las presumibles afectaciones al bolsillo que resiente una buena parte de la población.

Hemos escuchado, también, los distintos mensajes del mismo presidente de la República, Enrique Peña Nieto, para justificar la acción de liberalizar los precios de los combustibles; asimismo, las declaraciones de varios personajes de la política nacional, unos a favor (quienes apoyan al presidente) y otros en contra (la oposición, principalmente de izquierdas). Pero en general, la percepción de la gente es que la razón la tienen quienes rechazan el gasolinazo, y que el Estado está equivocado.

Con todo y las manifestaciones encima, que no parecen terminar, ahora surgen voces también que llaman aún más a la conciliación de intereses, al diálogo y, finalmente, a la propuesta de acciones alternativas para evitar las afectaciones al presupuesto familiar derivadas del alza en combustibles. ¿Hay propuestas suficientes, o por lo menos técnicamente factibles? Me parece que sí.

En un país que se jacta de tener un buen número de investigadores en todas las áreas del conocimiento, particularmente en las áreas de la administración financiera del sector público, ¿qué no habrá buenos especialistas que planteen con seriedad medidas que contrarresten y den solución alterna a la propuesta del Ejecutivo? Me parece que sí, pero… ¿dónde están?

Ayer el obispo de la Diócesis de Zacatecas, Sigifredo Noriega Barceló, reflexionaba tras su homilía que debemos pasar de la protesta a la propuesta. Tiene razón, aunque ya de por sí la protesta me parece ha contenido algunas propuestas interesantes por parte de la sociedad que se siente agraviada.

Y el agravio principalmente lo sienten los ciudadanos por dos razones fundamentales: porque se sienten engañados luego de que se prometiera que no habría nuevos impuestos y que disminuirían los precios de los combustibles; y porque ante una situación económica nacional tan desgastada y tan precaria, la alta burocracia insiste en mantener (e incluso aumentar) sus privilegios, a costa, muchas veces, de quienes menos tienen. No se vale.

Semejantes acciones son percibidas por una buena parte de la ciudadanía como insultos a la inteligencia y como ataques directos al bienestar social, de ahí que las manifestaciones de protesta se dan en cascada, y lo peor es que crean un caldo de cultivo para la infiltración (en muchos casos comprobada) de agentes enviados desde el propio poder para desestabilizar la paz social, convirtiendo cualquier reclamo pacífico en una manifestación violenta que, por ende, provoca también la reacción enérgica del gobierno. Un círculo vicioso del que tanto la sociedad que se manifiesta como el gobierno salen raspados.

Sí, habría que convocar al mayor número de especialistas, expertos en esas materias, para proponerle al gobierno no una, sino muchas maneras de solucionar el problema sin afectar a la población, educándonos también en que el subsidio ni lo es todo ni debe ser permanente, y formando ciudadanos conscientes de la obligación de contribuir para la operación de la administración pública.

Pero también es necesario, urgente, que quienes ya están en la administración reconozcan que son demasiados los privilegios con los que cuentan, que los aparatos burocráticos están inflados innecesaria y excesivamente, y que si se trata de que hay que apretarse el cinturón, ellos también deben empezar a poner el ejemplo, de manera transparente y sólida, y no solamente desde los discursos ni el reconocimiento a la sociedad. No es suficiente escucharles decir que están con la sociedad, faltan hechos.


Deja un comentario