EMILIO
EMILIO

En mayo de este año se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo (Apulco-Sayula, Jalisco, 1917-Ciudad de México, 1986). Él es uno de los escritores de ficción con mayor reconocimiento en las comunidades de lectores, y presente en los programas de literatura escolar en México. Vendrán entonces celebraciones y llamadas de atención, como lo hizo el miércoles la página de La Terquedad Ediciones: “¿A la gente joven le dice algo el nombre Juan Rulfo?”.

La Fundación Juan Rulfo será la que gestione las celebraciones y ha prohibido que los gobiernos realicen algún festejo en nombre del autor de El llano en llamas (cuentos, 1953) y Pedro Páramo (novela, 1955) (Reforma, enero 2 de 2017). La fundación, creada en 1996 por la familia del escritor y fotógrafo, desde 2000 es responsable de las ediciones de la obra de Rulfo. Teniendo ello en cuenta, hoy día Rulfo y sus obras son una propiedad privada con marca comercial, administrada por su familia y los empleados de la asociación civil.

Antes de la imposición de derechos reservados, los libros de Rulfo eran editados por el paragubernamental Fondo de Cultura Económica. Eran ediciones y reimpresiones con tirajes de miles de ejemplares que se vendían y circulaban profusamente. El divorcio entre el fondo y la fundación ocurrió con motivo de la edición de Juan Rulfo, Los caminos de la fama pública, de Leonardo Martínez Carrizales (FCE, 1998). La antología de textos periodísticos que formaron la imagen pública del narrador jalisciense supuso para los diletantes una ruda crítica de una narrativa que es, sin duda, un clásico de la literatura hecha en México.

Pero el divorcio también fue económico. Es el mercado lo que predominó, pues significó el retiro de los derechos de edición para el fondo e inició una aventura comercial, con los libros que marcaron el panorama literario del fin de la narrativa de la Revolución y advirtió la renovación en las formas de contar la ficción.

 

Algo más

¿Quién sabe si en el Instituto Zacatecano de Cultura ya tienen claro el proyecto de los actos que conformarán el programa del denominado festival cultural de abril? Será la edición 30 o 31. Hay voces especulativas que presumen el cambio radical de los conciertos: del pop OTI estilo Salinas Iñiguez se iría al concertismo de orquestas sinfónicas y filarmónicas, con algo de trova y algún desliz muy comercial. Quizá se quiere trascender de lo masivo tipo Maluma, para ir por otros públicos que tardarán años en ser efectivamente configurados. En lo que toca a lo académico lo posible es volver a presentar libros y la improvisación de alguna aventura de congreso. La justificación es simple: el instituto es una hidra que va aprendiendo.


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