Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

El poder de los símbolos. Anteayer me referí al Enmascarado de Plata, que murió un 5 de febrero de hace 33 años, como un 5 de febrero nacieron dos documentos que debieran ser símbolo para nosotros, ¿pero algo nos dice el de 1857? ¿Y el de 1917? ¿Este último en algo beneficia a alguno de ustedes? Aquí finaliza la endecha anual que entono a la muerte del Enmascarado de Plata. Símbolo y Santo de la santería popular. Porque a tu advocación se arriman ésos que.

Porque a tu advocación se arriman ésos a los que dejaste solos y mortecinos, huérfanos de algo porque se quedaron sin Santo y seña. Desde aquel cuadrilátero al que hayas ido a parar mira y ruega por nos; por la desfalleciente esperanza de esa fanaticada que acá se queda luchando en este encuentro desigual que a cotidianas caídas estamos sentenciados a perder con los rudos del costalazo por las malas artes de árbitros vendidos, cuando no comprados. Mira por ellos que, siempre perdidos, de tus triunfos sacaban los suyos (héroes por delegación), y el desquite contra los rudos, esos del negocio de la política y de la política del negocio que mantienen al luchador de salario mínimo con la espalda en la lona. Míralos.

Santo señor de la menesterosa esperanza en esta arena que nombramos México: tu capa y máscara fueron (en olor de leyenda lo son todavía) la materialización lentejuelera del heroísmo, la honestidad, el triunfo del bien sobre el mal  y el valimiento para esos a los que la soberbia de una hija del que todavía hoy ocupa Los Pinos motejó de “proles”; fueron y serán el símbolo populachero de la Justicia, acá donde Justicia no existe para el respetable más que en el pregón de los demagogos. Nos la nombran, nos la cantan, nos la mientan; ya sería mucho que también nos la aplicasen. ¿En el México de los alcahuetes de la corrupción lucrativa e impune?

Santo que en gallardas contiendas desenmascaraste a tantos, ¿y a ésos cuando, Señor? Te rogamos, óyenos a los que en lugar de asumir delegamos ya en mesías, ya en demagogos, en ti mismo, Santo Señor.

Mis valedores: el Santo se nos murió hace tres décadas. Yo, para todos ustedes, dejo aquí esta memoria anual de ese surrealismo de tenis y calzón corto que se cría en el subdesarrollo donde hay tantas esperanzas exhaustas qué enderezar. Dejo aquí mi endecha y mi réquiem para ese Santo que de lucha a lucha se nos fue tornando sustancia y ánima del ánima popular, su argamasa y su estilo, su seña de identidad. El Santo se nos murió, y ahora quién irá a sacar la cara (la máscara) por la esperanza de los damnificados de siempre, de los debilitados, los desdeñados, los ignorados entre los anónimos, los que carecen de rostro, pero no de máscara. Quién va a sostener, en los vuelos de una capa granguiñolesca que revolotea entre las cuerdas del cuadrilátero de arrabal, esa desfalleciente esperanza y ese orgullo maltrecho de un paisanaje que prefiere seguir delegando en enmascarados de la política y del cuadrilátero, como esta vez en El Santo. Delegar, lóbrego destino de una fanaticada que por delegar en el grupo oligárquico, su enemigo histórico, tiene siempre su lucha perdida contra los villanos del cuadrilátero. Y qué hacer, cuando el aficionado se niega a pensar, al ejercicio de autocrítica, a la verdadera organización. Qué.

Santo de la santería popular. (A su memoria.)


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