Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

En las elecciones los políticos mexicanos creen que pueden ganar, y el olor de la victoria los empuja a arrollarlo todo. Buscan con desesperación el orgasmo de los votos, y como se están disputando a la hembra electoral, rechinan los dientes amenazantes, lanzas acometidas salvajes y tiran zarpazos sin recato alguno. (L.M. Anson, citado por F. Arreola.)

Por esta vez el voto ciudadano está todavía a la distancia de meses, pero la compulsión orgásmica ya estalló desde hace semanas, y va de ejemplo esa desbozalada propaganda que ahora mismo se perpetra, sé lo que digo, en el Estado de México, la más preciada presa del serrallo. Al más puro estilo de Gabriela Mistral, la más cursi de los poetas que le han cantado a un árbol, los publicistas del PRI repiten a lo obsesivo su cantinela de que el Estado de México es un olmo que al votante dará peras magníficas, y eso que aún le falta “florecer”. (Detrás del tronco, a salvo de miradas indiscretas, del árbol y a tarascadas tragan Javier Duarte y congéneres.) Pues sí, pero lástima de árbol, que desentonando de los arreboles trovados en honor del olmo de marras que para ellos resultó manzano, los panistas aseguran que el susodicho estado federativo es el primero en corrupción, en pobreza, en feminicidios.

El 4 de junio se va a sufragar. Por el árbol florido y en contra de él. Ese día se va a cruzar una papeleta, y ya. Es todo. Ahí termina el papel activo de las masas sociales en el terreno del ejercicio político que se rige por el sistema de la democracia representativa. De ahí en adelante el triunfador en los comicios va a mandar sin obedecer, y los votantes a obedecer sin mandar. Democracia representativa.

En fin. La caldera político-electoral, sobre todo en el árbol cuajado de frutos del Estado de México, se requema en plena ebullición. Ya irá cediendo de manera paulatina y aminorando los hervores, y lo inevitable: muchos de los votantes caerán en la exaltación y otros tantos en la inconformidad o la resignación. Qué otra cosa se puede esperar de esa maniobra ambigua que los mercachifles nos han vendido, carísima, por democracia. Si a las masas alguien les viniese a explicar lo que democracia significa no los seguirían engañando con olmos a los que se les pide peras, y aun tienen la esperanza de que se las darán.

Eso, a partir de junio. Por hoy, mientras tanto, yo, anoche, me fui a la cama meditando en la situación de un peso devaluado como el poder adquisitivo del salario, una creciente inflación, el nivel de vida que se deteriora de un día para el siguiente, y que ahí nomás, tras lomita, un figurón nos trae a estas horas taquicardia y amarga la boca. Quise consolarme: México no es una republiquita bananera, sino todo un país de instituciones, y a la mente se me vinieron los nombres de Cienfuegos y Videgaray, de legisladores como los chuchos de Nueva Izquierda, y lo principal, que los mexicanos no estamos solos: para enfrentar el peligro de la Casa Blanca de allá tenemos la casa blanca de acá, y ver cuál de las dos logra imponerse.

Hombres y pueblos, lo aseguró José Martí, van por el mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste. Hay que poner dura la carne para arrojar los dedos atrevidos.

No pude dormir. (Lástima.)


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