Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre

¿Qué le sucedió a don Cornulio el día que llegó a su casa antes de lo acostumbrado? Le aconteció hallar a su mujer en la cama, sin ropa –sin ropa la mujer, digo, no la cama– y en actitud voluptuosa de Cleopatra, Olimpia o Maja Desnuda. No sólo eso: en el sillón que estaba al pie de lecho vio un terno. ¿Qué es un terno? Es un conjunto de tres cosas de la misma especie, en este caso un saco, un chaleco y un pantalón de hombre. Vio también una camiseta y un short, prendas igualmente masculinas. Le preguntó a su esposa, receloso: “¿De quién es esa ropa?”. “Es mía” -respondió con cachaza la señora. “¿Cómo que es tuya? –se amoscó don Cornulio–. ¡Esa ropa es de hombre!”. “¿Acaso no lo sabes? –le dijo ella–. Está de moda que las mujeres nos vistamos con ropa de varón. Eso es parte de la liberación femenina y de la lucha por la igualdad de géneros”. “Ya veo –se calmó el señor–. Encuentro plausible tu explicación, y la creo. Pero así en el sillón el terno se arrugará. Voy a colgarlo en el clóset”. La señora se apresuró a decirle que ella misma lo colgaría. Demasiado tarde. Abrió la puerta del clóset don Cornulio. Dentro estaba un individuo más desnudo aún que la mujer, pues ésta al menos traía sus aretes, y el tipo no llevaba ningún accesorio. Hecho un obelisco (Nota de la redacción: seguramente nuestro amable colaborador quiso decir: “Hecho un basilisco”) el mitrado esposo le preguntó al sujeto: “¿Qué hace usted aquí?”. “Mire, señor –respondió el otro, imperturbable–. Si le creyó a su esposa eso de que está de moda que las mujeres vistan ropa de hombre, también me creerá a mí si le digo que estoy aquí esperando el autobús”. Don Andrés Serra Rojas, maestro mío en la Facultad de Derecho de la UNAM, solía decir que el triunfo es como el bautizo: borra todos los pecados. Aun la misma posibilidad del triunfo, pienso yo, despide un agradable aroma. Eso explica por qué algunos políticos, cuyo número crece cada día, se están acercando a López Obrador, atraídos por ese gratísimo perfume y por las posibilidades que les brinda. A tambor batiente sigue avanzando el tabasqueño en su marcha hacia Los Pinos. Quienes ahora gobiernan parecen empeñados en allanarle el camino para que llegue con más facilidad a su destino. El nuevo gasolinazo de hoy o de mañana es otro empujoncito que le dan. Ya veremos cómo al paso de los días aumentará la cifra de quienes se suman a AMLO. En tiempo de higos abundan los amigos de los higos. Muchos creen que la tercera es la vencida, y quieren ser los primeros, o por lo menos los segundos, en acercarse a la tercera. Don Chinguetas vio en la tele un programa sobre el derecho a una muerte digna. Preocupado le pidió a su esposa: “Nunca dejes que viva yo una vida artificial. No quiero estar atado a aparatos, ni depender del líquido de una botella”. Al punto doña Macalota fue hacia él; le apagó el televisor; le quitó el iPhone y la tableta y se llevó la botella de cerveza que su marido estaba tomando. Decía el esposo de doña Jodoncia: “El matrimonio es muy útil. Gracias a él no tienes que pelear con extraños”. Sir Mortimer Highrump, audaz aventurero, fue a explorar los bosques de Canadá, uno de los dominios del vasto imperio de Su Majestad Británica. “Tenga cuidado con los osos –le advirtió un lugareño–. Para advertirles de su presencia, y que no lo ataquen, lleve un cinturón con campanitas. Su sonido los alejará”. Preguntó el audaz explorador: “¿Cómo sabré si por donde voy hay osos?”. Respondió el lugareño: “Por sus excrementos”. Inquirió Sir Mortimer: “¿Y cómo sabré si los excrementos que veo son de oso?”. “Los identificará fácilmente –contestó el otro–. Son los que tienen campanitas”. FIN.

 

MIRADOR

Abd-al-Rahman, emir de Córdoba, le pidió a Ziryab que compusiera una canción de amor y la cantara al pie de la ventana de su amada.

Muy bella debe haber sido esa canción, pues la noche que el poeta la cantó florecieron todos los jardines de la ciudad; las aves de los montes y los valles vinieron a escucharla, y dejaron de fluir las fuentes para oír en silencio la canción.

El emir ordenó a su tesorero que le diera a Ziryab 30 mil dinares. Con esa suma el cantor habría podido vivir rodeado de lujos el resto de su vida. Ziryab, sin embargo, no aceptó el dinero. Explicó:

-Si dejo de ser pobre dejaré de ser poeta.

La canción se perdió. Abd-al-Rahman prohibió que se cantara: eso sería profanar el recuerdo de aquella noche. Ziryab quemó la página en que la había escrito. Cuando las notas de la canción venían a su mente cantaba otra para olvidar ésta. Al emir no le importó que se perdiera la canción. Dijo:

-En el paraíso la volveré a escuchar.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS.

“. Asfaltado.”.

Esa voz tiene sentido

y por sí misma se explica.

La palabra significa

simplemente: “No has venido”.


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