Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Pobre era México, mis valedores, hasta que Hacienda lo ubicó entre los países de clase media. Ayer tarde, a propósito, regresé a mi calle de hace unos años, vale decir: varias cuadras de casonas porfirianas con recios portones que yo recordaba siempre cerrados; pero lo que ahora vine a encontrar: setos parduzcos, banquetas destartaladas, cacarizos muros con tatuajes de grafitos, perracos en brama, cinco deyecciones por cada animal. Frente a mí, brazos abiertos, me saludaba aquel Fermín de los años viejos, hoy aristócrata envejecido.

En silencio nos abrazamos. Alguno suspiró. Bandazos de viento invernal acarreaba el sonsonete plañidero del trío de voces tipludas, amelcochadas, con aquello de que eres la gema que Dios. “Extraño sitio donde me citaste”, le dije.

En el zaguán de una casa particular: una mesa con su mantel, cuatro sillas, una cafetera doméstica, cucharas, azúcar, y una mesera que resultó ser.

“Oye, ¿no es doña Nilda, de los Montalbán?”.

Ella, sí, que a pasitos contados llegó, llenó las tazas, y paso a paso se alejó por el corredor. “Aristócratas víctimas de la crisis. Ahora verás lo que queda de la calleja. Vamos a mi casa. ¿Sabes que quiero poner mi propio changarro?”.

Dejé unas monedas sobre el mantel. Ya en la calle, y según caminábamos, Dios, que en la zona de casonas porfirianas, afrancesadas, cortadas a la medida de las añejas familias de la aristocracia de principios del XX, contemplé el espejo de mi México actual: vejez, incuria, abandono.

Conforme avanzábamos: “¿No es esa la residencia de los Aréchiga, Caballeros de Colón?”.

Contristado el ánimo leí en la ventana, detrás de unas rejas de mucho primor, el letrerito pudoroso:

“Clases de piano. Ropajes de niños Dios. Se preparan niños para la primera comunión”.

A poco andar, en otra casona un nuevo letrero: “Se renta pieza a dama de buenas costumbres”, y allá, enfrente, ¿qué utilidades puede reportar a los Gálvez de Céspedes la venta de cochera?

Observé la ringlera de “jeans” y chamarras de medio uso, tenis todavía de buen ver, camisetas. Para atraer clientela, un radiecito con música a medio volumen. Boleros. Y a esperar marchantes.

“No, y los apretados Orendáin, ¿ves?”

Ellos, que ya habilitaron uno de los cuartos que dan a la calle, y en la ventana han colocado ringleras de yerbas de olor; sin letrero ninguno, que el pudor mantiene la vendimia en una discreta exhibición. “¿Te acuerdas de la señorita Gracia, la solterona que fue sobrina de curas diversos? La vas a ver”.

La vi. Una puerta que nunca se había abierto, cierta mañana se entreabrió, y ahora así vive, entreabierta –entrecerrada, más bien–, y la Gracia solterona tras una mesita con mantelito de mucho primor, y encima envoltorios diversos con su leyenda: moles, pipián, tamarindo, jamaica, cuaresmeño y guajillo, camarones secos y hojas de infusión. Como a lo furtivo, en silla de bejuco, la solterona. Fermín me hizo señas para cambiar de banqueta.

“La narcotiendita de la Nena Durán. Pocas ganancias, que todas se la llevan los de la patrulla”.

Y cuando rebasamos un nuevo negocio familiar (antojitos mexicanos, comidas corridas): “Aquí vivo, Quinto piso”.

“¿En este huevito te haces vivir? ¿Y tu casona porfiriana?”.

“Vino el remolino y me la alevantó. Cartera vencida. ¿Te ofrezco un rompope?”.

Atardecía. Desde el quinto piso contemplé la ciudad; sentí su pulso, su arritmia, su taquicardia. Marchas, asaltos, plantones, levantones, atorones, el aullar de ambulancias como mujeres en parto. La calle nuestra, México nuestro, el de la clase media en versión del gobierno.

(Suspiré.)


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