Tomás Mojarro
Tomás Mojarro

Exaltar los símbolos es prestigio de guerra. Dondequiera que hay una guerra potencial o en curso, los símbolos son fundamentales. Donde existe una democracia, la importancia de los símbolos patrios decrece y empiezan a tener importancia otra clase de símbolos. Que México recurra tanto a la simbología patriótica es una mala señal. –Roger Bartra, sociólogo y antropólogo–.

La independencia de México, mis valedores. Oficialmente este país comenzó a ser soberano e independiente un 27 de septiembre de 1821 como resultado de la “Conjura de la Profesa”, que instrumentó el canónigo Monteagudo. Agustín de Iturbide, si le creemos a don Artemio de Valle-Arizpe, fue la aportación de la Guera (Ignacia) Rodríguez. Tal “conjura” iba a provocar el Plan de Iguala y a modo de símbolo patrio un lienzo que el 24 de febrero de 1821 cortaría de tajo en dos épocas la historia del país: el colonialismo de la Nueva España y la independencia de México. Que todo cambiase para que todo siguiera igual, que dijo el personaje de El Gatopardo.

Ese lienzo, en manos del sastre José Magdaleno Ocampo, iba a nacer bandera nacional con sus tres franjas diagonales y otros tantos colores simbólicos. Seis meses y medio más tarde el México independiente izó a toda asta su flamante bandera tricolor.

¿Son esos colores los que más nos cuadran por idiosincrasia y raíz, mito y leyenda, historia, tradición? ¿Conocería Iturbide cierto episodio de la mitología indígena y los colores que ahí se citan y que tal vez deberían haberse tomado en cuenta a la hora de confeccionar la bandera? Aquí, en lenguaje de Castilla, el retazo del nacimiento de la raíz primigenia de nuestra raíz indígena (la otra es de conquistador):

“Por la noche, en sueños, el dios les dijo (…) Recordad que mandé matar a Cópil, y os mandé sacarle el corazón y arrojarlo en esta laguna. Sabed que el corazón cayó en una roca, y del corazón brotó el nopal. Es tan grande y hermoso que en él mora un águila (…) A ese lugar le nombro Tenochtitlan”.

“Ya van juntos Axolohua y Cuauhcóhuatl y encuentran el nopal salvaje. En él estaba erguida un águila. Dice Cuauhtóhuatl: el agua es cual tinta azul. Entonces Axolohua y él se sumergieron. Este regresa y va a decir a sus hermanos: allá quedó muerto Axolohua.

Pero al día siguiente fue saliendo Axolohua y dijo a sus hermanos: He hablado con el dios Tláhuac, pues él me llamó para decirme: Ya que mi Señor Huitzilopochtli ha llegado hasta acá, aquí será su casa, aquí será amado, y juntos viviremos en esta tierra.

“Ya van a ver el nopal salvaje, y hallaron la fuente que el día anterior habían visto. Y vieron que el agua que el día anterior era clara, ahora brotaba muy bermeja, tan roja como sangre, y se dividía en dos arroyos, y del segundo salía el agua azul. Y entonces vieron el nopal. El águila estaba con las alas extendidas hacia los rayos del sol (…) Cuando le vieron, rindieron la cabeza como ante cosa divina, y el águila también se inclinaba ante ellos, y comenzaron a llorar de alegría, dieron gracias a su dios”.

¿Conocería Iturbide, reitero; conocerían sus posibles asesores esta leyenda del lago mágico, los colores del agua, la intervención de los dioses tutelares y el águila que encima del nopal devoraba un pájaro?

En fin. Mañana, Día de la Bandera, seguiré con el tema. (Vale.)


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