TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

Mi barrio, mi calle, yo mismo. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. El barrio que solía recorrer, ¿en dónde se me extravió? Mi calle, ¿en que se me vino a transformar? Al primer canto del gallo y al primer rayo del sol solía caminarla, rumorosa de jilgueros, cenzontles, canarios. Limpia mi calle, olorosa a eucalipto y a patio recién lavado, que yo recorría con pisada firme, optimista, con el mañana de mi ciudad color de rosa, rosa mexicano (mexicano de mí). No lloro, nomás me…

Porque ocurre que ahora, zacatón de miércoles, por miedo al secuestro virtual o efectivo no me atrevo a salir de mi depto., y mucho menos andar por mi calle si no es con el sol bien alto. Me topo entonces, y aquí su ruda metamorfosis, con un zoco turbio de tufos a cebolla y orégano, a epazote, cilantro y fritangas al mojo de ajo, que ventosean unas casas que apenas ayer fueron hogares y hoy, gracias a la oligarquía en el poder, se han metamorfoseado en patéticos changarros que ofrecen toda suerte de sopas y sopes, la chalupa y la carnaza, el pambazo, la garnacha y esas tortas ahogadas en toda clase grasas y sebos, mantecas y aceites, comestibles algunos. En los venerables portones que huelen a reminiscencias del porfirismo, las cartulinas que ofertan la ropa usada y los zapatos viejos. Caracoleo entre pomos, latas y frascos vacíos, papel de envoltorio embijado de sebos pestíferos y restos de yerba: las narcotienditas, espinillas en el rostro del barrio. Patético…

De tanto en tanto, corazón bandolero, me arriesgo a salir a la calle (¿Oyen? La primera del ángelus en de La Porciúncula) y es a esa hora, mis valedores…

Avanzo, y ahí me salta el primer ladrido; lo libro y me acosa el gruñido; camino, y una sinfonía de aullidos que van del pit-bull y el rod-willer al perraco de la calle que una de la calle recogió, qué buen corazón. (¿Los oyen? En las orejas me ladran los del vecino.) El temor, el temblor, el terror de mi barrio, que se manifiesta a ladridos…

A la rameruca del perraco callejero, la única en el vecindario que cruza palabra conmigo, le comenté la discordante sinfonía de ladridos que tasajea el amanecer. “Aturden el barrio, precaución que raya en la psicosis”.

-¿Y cómo quiere que los jodidos conjuren su miedo? ¿Que se construyan una casa blanca atascada de guaruras como la de una que me abstengo de nombrar porque se me agria la cruda? ¿Qué solución le queda al jodido, que no sea un perraco ladrador? Pero si hasta el de Los Pinos. ¿No se le frunce a él también? ¿No imita él también al fregadaje? ¿No da de tragar a una buena jauría de mastines?

(Achis, achis.) “¿Cómo cree que los de allá arriba controlan el pánico que les provoca López Obrador, si no es cuchileándole a esos feroces ladradores del tanto más cuanto, los chuchos de Nueva Izquierda? ¡Échenle montón al Peje! ¡Mándenlo mucho a su hacienda, o sea La Chingada! Ya después para ustedes las sobras de la merienda. ¿Ha escuchado los versitos vaciladores?”

Escuché: Cuando un mastín forastero – pasa por una ciudad – chuchos de la vecindad – le van a oler el trasero. – El mastín (grave, mohíno) – ve la turba que babea – alza la pata, los mea – y prosigue su camino.

¿Qué opina de esos indecorosos Chuchos migajeros?

Nomás me quedé pensando y . (Uf.)


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