SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

 “Las malas leyes son la peor forma de tiranía”

Edmund Burke

Se han promovido hasta ahora ante la Suprema Corte siete impugnaciones contra la nueva Constitución de la Ciudad de México. Las instituciones que lo han hecho, desde Presidencia hasta la CNDH, pasando por Morena, tienen cada cual sus argumentos. Se interesan en defender sus facultades y privilegios.

A los ciudadanos, los realmente afectados, no se nos permite promover una controversia. No tenemos personalidad jurídica. El sistema judicial está hecho para las corporaciones. Los ciudadanos no podemos siquiera rechazar el ordenamiento en referéndum, a pesar de que la propia Constitución establece que no se le podrán hacer enmiendas sin referéndum.

Los impulsores defienden su creación. El jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera ha declarado que “el logro de la Constitución, por más que el gobierno federal se empeñe en estar atacando y diciendo, no se lo quita nadie a la Ciudad de México”. Alejandro Encinas, quien presidió la Asamblea Constituyente, cuestiona la honestidad de quienes han recurrido a las controversias: “Se trata de una acción concertada. Todas vienen en cascada con la intención de desacreditar. No son sino fiel reflejo de los intereses afectados”. Porfirio Muñoz Ledo, coordinador de la llamada reforma política, declara: “Revela que hay una extrema mala fe. Porque el Constituyente finalmente asumió el proyecto y fue un ejercicio parlamentario ejemplar”.

El documento es expresión de un proyecto populista. Declara que la ciudad tiene una “composición plurilingüe, pluriétnica y pluricultural” cuando es una comunidad fundamentalmente de habla española, mestiza y mexicana. Si bien dice garantizar “la igualdad sustantiva entre todas las personas” y prohibir “toda forma de discriminación”, no postula un principio universal como: “Todas las personas son iguales ante la ley.” Ofrece en cambio una lista de derechos especiales para mujeres, niños, jóvenes, adultos mayores, personas con discapacidad, “personas LGBTTTI” (sí, así las describe), migrantes, personas en situación de calle, privadas de su libertad, que residen en instituciones de asistencia social, “afrodescendientes”, “con identidad indígena” y minorías religiosas. Esta discriminatoria constitución le da mayores derechos al nieto de un bóer sudafricano, por ser afrodescendiente, que a un mestizo mexicano.

La Constitución no reconoce los derechos fundamentales a la vida (desde el nacimiento, el aborto es otro tema), a la propiedad, y a una justicia igual para todos, aunque sí mantiene la libertad de expresión. Confunde los objetivos de políticas públicas con derechos y crea así el derecho a la ciencia, a la cultura, al deporte, a la vida digna, al cuidado, a la alimentación, a la salud, a la vivienda, al agua, al desarrollo sustentable, al trabajo. Si no tengo trabajo o vivienda, podré demandar al gobierno, o bloquear calles, aunque el problema surja de las políticas ordenadas por la Constitución.

Una mala constitución afecta la vida cotidiana. En contraste con la prosperidad de Corea del sur, Corea del norte sufre hambrunas por su sistema legal sin importar que su constitución garantice el derecho al trabajo, la educación, el alimento y la salud. La economía venezolana se desploma por la constitución impulsada por Hugo Chávez.

El daño ya está hecho. Las controversias sólo buscan preservar intereses corporativistas. Los ciudadanos no tenemos voto. Sólo nos queda rechazar la mentira de que esta constitución confusa y retrógrada es progresista.

 

Frontón México

Tras una inversión de 35 millones de dólares volvió a abrir sus puertas el 10 de marzo el magnífico Frontón México. Permaneció cerrado 20 años por una huelga de extorsión. Funcionará hasta que la CNTE vuelva a tomar la plaza de la República y bloquee el acceso.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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