SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

“En política, nunca nada pasa por accidente. Si pasa, puedes apostar que así se planeó”

Franklin D. Roosevelt

 

Si hay alguna institución gubernamental profesional en nuestro país es el Banco de México. La institución ha cumplido de forma adecuada con sus responsabilidades en los últimos años, por lo menos desde que obtuvo su autonomía en 1994. Las tasas de inflación que sufrimos hoy son muy inferiores a las que durante décadas afectaron a nuestro país. En buena medida esto es producto de políticas sensatas por parte de Banxico.

La decisión de Agustín Carstens, anunciada en diciembre de 2016, de retirarse del cargo de gobernador para ir a Suiza a asumir la gerencia del Banco de Pagos Internacionales, puede haber sorprendido, pero no representaba una amenaza al Banco de México o a la estabilidad financiera del país. Varios de los cuatro subgobernadores tienen la preparación y la trayectoria para ocupar el cargo de gobernador. La designación de Alejandro Díaz de León, un economista reconocido, como subgobernador a partir del primero de enero de este 2017, pareció una señal de que este economista podría ser la nueva cabeza del banco.

El que el presidente Enrique Peña Nieto le haya pedido a Carstens, en febrero de este año, que se mantuviera en el cargo hasta terminar noviembre no fue reflejo de ninguna preocupación por la economía. El tema es político. El mandatario tiene en el Banco de México un lugar importante para colocar a alguno de sus cartuchos quemados en la decisión del candidato del PRI a la Presidencia. Se espera que la decisión se dé por un dedazo del presidente en noviembre de este año.

Al parecer Peña Nieto no quiere desperdiciar un cargo tan importante como el de gobernador del Banco de México en un economista respetado, como Díaz de León, pero sin trayectoria política. Busca dejar el puesto disponible para José Antonio Meade, el actual secretario de hacienda, o para Luis Videgaray, el ex titular de hacienda, hoy a cargo de la cartera de relaciones exteriores.

La decisión me parece lamentable. Tanto Meade como Videgaray podrían ser excelentes miembros de la Junta de Gobierno, pero el problema no es ése. Seguimos viendo un gobierno federal que desprecia a los profesionales de carrera y favorece a los políticos en las designaciones a los cargos más importantes. Las principales embajadas o los cargos de la administración pública son ocupados una y otra vez por políticos con poca o ninguna experiencia en las instituciones a las que llegan.

Desde el inicio del sexenio, Peña Nieto prefiguró a su secretario de gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y al de hacienda, Videgaray, como posibles candidatos presidenciales. A pesar de su cercanía personal con el presidente, Videgaray pareció quedar descartado al salir de hacienda en 2016, pero ha recuperado posiciones tras asumir el cargo de canciller. Meade, el actual secretario de hacienda, ha sido considerado también como posible candidato, sobre todo porque ha mostrado capacidad para trabajar en distintas responsabilidades, tanto en gobiernos panistas como priistas. José Narro, el secretario de salud y ex rector de la UNAM, es considerado también como una opción para la candidatura presidencial del PRI.

El presidente tiene derecho de escoger al candidato, sobre todo si el partido está satisfecho o resignado al regreso de la vieja práctica del dedazo. Pero lo insensato es que se mantenga un cargo abierto en el Banco de México para servir de premio de consolación a uno de los perdedores en el proceso.

 

Arzobispo político

La Arquidiócesis de México se sigue metiendo en política. Al rechazar la reforma energética este pasado fin de semana, la oficina del arzobispo expresa una opinión muy debatible. Me parece que la Arquidiócesis revela su poco conocimiento de la reforma energética o del funcionamiento de los mercados.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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