TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

Esta vez el lenguaje, mis valedores, ese que constituye el medio por excelencia de la comunicación humana, que da vida o mata, según y cómo se le utilice. Las palabras, asegura el lingüista, son  un vehículo del pensamiento. Si falsificas las palabras falsificas el pensamiento. El lenguaje se manipula de manera consciente para sembrar la confusión y evitar que se pueda percibir la realidad, y Octavio Paz: Cuando una sociedad se enferma de gravedad, lo primero que se gangrena es el lenguaje.

Por lo que atañe al lenguaje corrompido, ese es la segunda naturaleza del Sistema de poder, con el cual manipula a unas masas apáticas y vulnerables para desnaturalizarlas con la argucia de inocularles su propia ideología, contraria al interés de las susodichas masas populares; un lenguaje radioactivo y envenado que a estas alturas de la historia del país pasa inadvertido para sus víctimas, a las que previamente les tomaron la medida y les faltaron al respeto, y las que vencen por su pura apatía, carencia de autocrítica y sobra de ignorancia ante las lecciones que proporciona la historia.

Hoy mismo, cuando a los candidatos a “puestos de elección popular” les ha atacado la consiguiente brama que precede a “la fiesta cívica de las urnas”, que es decir el acceso a los grandes dineros del erario público, el Sistema en pleno celebra un estridente carnaval del lenguaje, un lenguaje de feria y chocarrería al que por estos días esos pícaros han disfrazado, enmascarado, vaciado de su sentido original y convertido en redrojos y hojarasca, con el que los arlequines funambulescos nombran blanco a lo negro, limpio a lo sucio y legal a lo que carece de toda legitimidad y de toda justicia. “El Estado de México es un árbol que.” Y que “aunque le falta florecer”. Cursilería y embuste, sin más.

Porque, mis valedores, para cuántas engañifas no darán unas leyes tramposas, tramadas a la medida de la corrupción impune y la falta de moral, de ética, de escrúpulos y sensibilidad política. ¿Y nosotros? Si conociéramos la historia, repito. Si nos remitiésemos a la historia, si nos recociéramos en ella. ¿Recordará alguno, a propósito, la casa blanca de la Colina del Perro y los palacetes y casas blancas de su protegido y amigo el Negro Durazo, en Tlalpan y Zihuatanejo? Vidas paralelas, que decía Plutarco, y apropósito: ¿qué será más de culpar: el cinismo de aquellos depredadores del erario público o la simulación hipócrita de la casa blanca y las de otro color en el sexenio actual? Todo esto es México, con unas masas domesticadas y esos depredadores voraces, insensibles, inescrupulosos.

Las palabras enmascaradas de Peña, ya en definitiva exonerado del conflicto de intereses junto con Angélica Rivera, su primera dama, y Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores: “Rendición de cuentas en el gobierno va a fondo”.

Las palabras del dirigente de petroleros Carlos Romero Deschamps: “¿Yo esconderme? ¿Por qué? Ni estoy escondido y tampoco voy a huir. ¿Por qué? Estoy dando la cara. Yo tengo la conciencia tranquila”.

“Tiene en su haber 37 averiguaciones previas.”

Por cuanto a Paulina, la hija del hombre de la conciencia tranquila, y una hija más, ésta de Angélica Rivera. ¿Habré de decir: de la “primera dama”?

Romero Deschamps, como tantos otros corruptos del Sistema, declara tener la conciencia tranquila. ¿Y nosotros, mientras tanto? ¿Nosotros qué? ¿Los dueños de la casa común calibramos el perjuicio que le ocasionan los servidores que hemos contratado para servicio de esta casa común?

El tema del lenguaje seguirá después. (Vale.)


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