SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

“El hecho de que el mercado no haga lo que queremos no es razón para suponer que el gobierno lo hará mejor”

Thomas Sowell

Hace algunas semanas escuchaba a una importante legisladora afirmar que, ante las amenazas de Donald Trump, México debía impulsar el mercado interno y olvidarse de la exportación. Los políticos, pensé, siempre llegan tarde a la información. El consumo interno privado fue ya el sostén de la economía mexicana en 2016. Una vez que los consumidores absorbieron el golpe del aumento de impuestos de 2014, han elevado de manera sistemática sus compras y se han convertido en la parte más vigorosa de la economía nacional.

El INEGI ha confirmado que en un 2016 en que el producto interno bruto creció 2.3 por ciento, el consumo privado aumentó 2.8. El consumo gubernamental, en cambio, subió sólo 1.1 por ciento. Inquieta que la formación bruta de capital fijo, un termómetro de la inversión productiva y de la futura competitividad del país, tuvo un alza de sólo 0.4 por ciento. La exportación, que tuvo una expansión de 1.2 por ciento en 2016, no ha dejado de crecer, pero a un ritmo menor que el consumo privado. Cuando vemos las fuentes de crecimiento del PIB, encontramos que el consumo privado aportó 1.9 por ciento y la exportación sólo 0.4 por ciento.

La idea de que el gobierno puede contrarrestar el nuevo proteccionismo de Trump encendiendo un switch mágico del consumo interno es ajena a la realidad. La economía es un conjunto complejo de interrelaciones diversas. Una caída en el sector externo arrastra la economía interna y afecta a todos. Si queremos que los mexicanos tengan un mejor nivel de vida, necesitamos aprovechar todas nuestras ventajas competitivas, tanto en el mercado externo como en el interno.

Cuando los políticos dicen que hay que reactivar el mercado interno, usualmente quieren decir que hay aumentar el gasto público. Esta política, sin embargo, sólo genera un salto temporal en la economía con consecuencias negativas posteriores. Cuando el aumento del gasto no va acompañado de un incremento similar en los ingresos, crece el déficit que aumenta la deuda pública y que a su vez absorbe cada vez mayores recursos públicos. Si se suben los impuestos, como hizo el gobierno de Enrique Peña Nieto en 2014, disminuyen el consumo privado y la actividad económica.

Brasil es un ejemplo de la temporalidad del crecimiento impulsado por un gasto artificial del gobierno. Lula da Silva alcanzó una gran popularidad como presidente al elevar el gasto público con un fuerte impulso a los programas sociales. La orgía de gasto llevó al país incluso a organizar la Copa del Mundo de futbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, el mismo pan y circo que vemos en México. El gasto le permitió a Lula ser presidente durante dos períodos y conseguir también la victoria de su sucesora designada, Dilma Rousseff. Pero la realidad económica se ha impuesto finalmente y ha provocado un desplome. La economía brasileña lleva ocho trimestres en recesión; de hecho, cayó 3.8 por ciento en 2015 y 3.6 por ciento en 2016. El país vive ya su peor recesión desde la gran depresión de la década de 1930.

A los mexicanos nos conviene reactivar el mercado interno, pero también el externo. Debemos hacerlo bien, no con inyecciones de dinero artificial. La mejor forma de promover la expansión del mercado interno es eliminar restricciones a la inversión e impuestos excesivos, mientras que la exportación sólo podemos elevarla incrementando la competitividad. Es difícil, pero es mejor que hacerse tontos.

 

Cuchillos o computadoras

Una vez más se registra un ataque terrorista, ahora en Londres. Las armas de los terroristas son cada vez más cuchillos y vehículos de motor, pero las autoridades estadounidenses y británicas prefieren prohibir las computadoras en las cabinas de los aviones.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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