ARMANDO FUENTES "CATÓN"
ARMANDO FUENTES "CATÓN"

Don Usurino Matatías, el avaro del pueblo, estaba agonizando. Su esposa, rodeada de los hijos, oía sus últimas disposiciones. “El señor Credicio me debe 10 mil pesos” -les informó el cutre con voz que apenas se escuchaba. Exclamó la señora: “¡Tomen nota, hijos; tomen nota!”. Prosigió penosamente el agonizante: “Don Avidio me debe 5 mil pesos. Doña Debina me adeuda 3 mil. El señor Demorio me debe mil pesos. Al compadre Olvidio le presté 4 mil pesos y no me ha pagado”. “¡Qué memoria! –dijo maravillada la mujer–. ¡Qué lucidez! ¡Ni siquiera en la agonía se olvida de sus cuentas! ¡Apunten, hijos, apunten, para poder cobrar luego esas cantidades!'”. Don Usurino le impuso silencio con un movimiento de la mano. “Por mi parte –dijo– yo le debo a don Poseidón 150 mil pesos. Aunque no hay nada escrito, les dejo el encargo de que esa deuda mía sea pagada de inmediato”. “¡Ah! –gimió entonces la señora–. Ya no apunten, hijos. ¡Su pobre padre ha empezado a delirar!”… El borrachín se levantó de pronto de su mesa en la cantina. Fue al piano y tocó en forma brillante la Sonata Waldstein, de Beethoven. Cada vez que podía hacerlo sin mengua de la interpretación le daba un trago a la copa que tenía sobre el piano. El cantinero lo felicitó, entusiasmado. “¡Toca usted maravillosamente, amigo! ¡Es un genio del piano comparable a Horowitz, a Arrau, a Rubinstein!”. “Ni tanto –replicó, modesto, el beodo–. En realidad no soy pianista. Soy violinista”. Inquirió el cantinero: “Y entonces ¿por qué ahora se dedica al piano?”. Explicó el temulento: “La copa se me caía del violín”… Don Calendárico, señor de muchos años, estaba leyendo en la sala de su casa. Llegó uno de sus nietos mayores y le preguntó: “¿Qué lees, abuelo?”. Respondió el veterano: “Un libro muy triste, hijo. Se llama ‘El gozo del sexo'”. “Conozco la obra –declaró el muchacho, extrañado–; pero no es nada triste, abuelo”. “A mi edad sí lo es” -respondió don Calendárico con un suspiro. El papá de Pepito veía en la tele el partido de futbol. Pepito ojeaba el periódico. “Mira, papi –dijo el chiquillo en el momento más emocionante del juego–. Aquí dice que viene una onda fría”. Distraído, el señor le contestó sin quitar la vista de la pantalla: “Honda… Fría… Ha de ser tu mamá, hijo”…

La bahía de Acapulco es uno de los sitios más bellos del planeta. El puerto está lleno de leyendas que vienen desde los tiempos de la Colonia, leyendas con olor de clavo, de canela, de pimienta, de todas las aromáticas especias venidas en la nao de China. Hay ahí historias de la época de oro del cine americano, cuando las estrellas de Hollywood hicieron de Acapulco su lugar favorito de recreo. En Acapulco vi por primera vez el mar, desde lo alto, en un amanecer, y siempre llevaré en los ojos del alma esa visión. Acapulco debe ser defendido contra todos los males –y los malos– que ahora lo amenazan. No sólo es patrimonio valiosísimo de México: lo es también del mundo. Se le debe preservar. El Señor convocó a todos los animales que había creado para saber cómo les iba con la forma que les había dado y qué cambios proponían en su cuerpo. El rinoceronte le dijo: “A mí quítame este maldito cuerno que me pusiste, y que sólo sirve para que me persigan los hombres atribuyéndole cualidades afrodisíacas que no tiene”… Pidió la hiena: “A mí quítame esa risa que hace que todos se rían de mí. Por otra parte, Padre, en estos tiempos ya no hay de qué reír”. Y dijo un perro de pueblo: “A mí, Señor, quítame la bola”. “¿A qué bola te refieres? -preguntó el Creador, desconcertado. Precisó el can: ¡La bola de hijos de su madre que me tiran piedras cuando estoy follando en la calle con una linda perra!”. FIN.

 

MIRADOR

Uno de los libros que más amo es La Leyenda Dorada, de Santiago de la Vorágine.

Será difícil encontrar una más pura y deliciosa narración que la escrita por ese hombre del medievo para contar –y cantar– la vida de los santos.

Todos están ahí, con sus hechos y sus dichos. Aparece San Luis Rey, y aparece San Crispín, humilde zapatero. Está la historia de San Jorge, caballero andante, y la de San Alejo, que pedía limosna en los caminos. Sin decirlo con palabras Santiago de la Vorágine nos enseña la misteriosa santidad que late en toda vida humana.

Hasta un abogado sale en La Leyenda. Un abogado –asombrémonos– santo. Es San Ivo. El pueblo cantaba un travieso himno en su loor: “Advocatus et non latro, res miranda populo”. “Un abogado que no es un ladrón, / para la gente ¡que admiración!”.

Sin palabras aquel sabio y delicioso escritor nos dice que todos podemos ser santos. Todos.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Enviarán un hombre a Júpiter.”.

Dato para que lo guardes,

y del cual me enteré yo.

Su señora le ordenó:

“Puedes ir, pero no tardes”.


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