FELIPE ANDRADE HARO
FELIPE ANDRADE HARO

Diversos científicos han señalado la posibilidad de que la historia se repita, es decir, de que hoy estemos viviendo en una realidad que ya se vivió hace muchos siglos. Así de jodidos estamos. Por eso no es nada raro que quien cobra como presidente de la República diga que la crisis, la violencia, la inseguridad y la influenza sólo existan en nuestras mentes. Pero como no tenemos para pagar ni un buen psicólogo, seguimos pensando que todos los males de este país son del gobierno y su partido.

En el estado de México, por ejemplo, se vive una elección más puerca que cochina. Corren ríos de dinero (y eso que no hay lana) comprando a más no poder conciencias, votos o lo que se deje comprar. Por supuesto que los partidos de oposición se quejan de la inequidad en la contienda, pero algunos aguantan vara sabedores de que ya les llegaron al precio. Las mismas prácticas que en Roma en los tiempos del profeta Jesús.

Los romanos se dedicaban a repartir despensas y mucha lana entre los votantes y organizaban juegos para tener contenta a la chusma. El circo era el principal atractivo: los esclavos devorados por las fieras. Al principio se organizaban corridas de toros, pero ante los reclamos de las organizaciones de defensa de los animales, algunos romanos decidieron cambiar los toros por cristianos y entonces sí, a divertirse, chingonamente, con el arte de Pablo Hermoso de Mendoza rejoneando a varios cristianos a la vez. Cuentan las crónicas que un torero de Belén, llamado Antonio El Calígula Romero, fue mordido en un testículo por un cristiano, cuando le daba unos pases de pecho que provocaban el delirio del público.

Las presiones políticas acabaron con el maravilloso arte del toreo y mejor se decidió soltar leones que se tragaban a cuanto jodido caía en la plaza. Al principio, la defensora de los derechos de los jodidos (de la llamada Comisión Estatal de los Derechos de los Hediondos) se indignó por el trato a los cristianos, pero al ser amenazada de quitarle el hueso y mandarla de maestra a derecho, mejor se calló y se hizo de la vista gorda. En agradecimiento le dieron un apartado para todas las temporadas.

Las funciones del circo eran amenizadas por la internacional banda de Judea. En las afueras del circo se ponían puestos de fritangas para el deleite de la perrada, desde tacos al pastor hebreo (“de deliciosa oveja negra”), hasta filetes de cristiano al mojo de ajo. Los estacionamientos eran la verdadera pesadilla. Cada quien cobraba lo que se le hinchaba, desde 15 hasta 30 denarios la hora, pero estaban muy bien parados en el gobierno porque nadie les decía maldita la cosa. Y si querías estacionarte en la calle, los támaros llegaban a pedirte para el chesco o mandaban traer la grúa, en otro negociazo espectacular.

Pero lo que sí generó muchísimas broncas fue el de los carros de alquiler. Un carro romano normal (con taxímetro pintado, que nada más iba de adorno) te sacaba un camello por viaje. Además de lo sucios y con la musicota a todo volumen de la Auténtica de Palestina o de los Romanos Azules, tenías que aguantar el olor a pacuso del chofer. Por eso, cuando llegó UBER pegaron el grito en el cielo y se armaron trifulcas por todos lados. Los concesionarios amenazaron con paralizar la ciudad si no se corría a la competencia; la autoridad negocio con ellos, pero la cuestión del baño diario y el talco en las patas vino a joder todo.

Y así siguieron las cosas, en una sociedad en donde lo más importante no era la dignidad, el respeto, la tolerancia. Muy parecida a nuestra pequeña suciedad, sorry, sociedad, en la que lo más importante es la burocracia y sus privilegios. ¡YA VIENEN LAS VACACIONES!


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