TOMÁS MOJARRO
TOMÁS MOJARRO

La Constitución venezolana continúa vigente, el presidente sigue en funciones –lo cual, en un régimen presidencialista como el venezolano, hace absurdo hablar de la existencia de un golpe–, todas las garantías se encuentran vigentes, no se ha intervenido la vida interna de ningún partido político y persiste el respeto a la libertad de expresión –usada, paradójicamente, para calificar el régimen de dictadura–. Además, la especie de que el poder legislativo fue disuelto no pasa de un absurdo, pues ningún parlamentario ha sido destituido.

Perdóneseme lo extenso de la cita correspondiente al editorial de La Jornada del pasado sábado, pero con ella intento contrarrestar, así sea en mínima parte, el aluvión de descalificaciones que se arrojan en este y demás países colonizados contra el gobierno de Venezuela. Ante la desbozalada intromisión del gobierno mexicano (Peña y Videgaray) en la vida interna del país sudamericano cuánto tuviese qué decir nuestra Doctrina Estrada, orgullo que fue de México hasta que un presidente alto (no grande) la asesinó con sus groseras intromisiones en los asuntos internos de Cuba y de Venezuela, precisamente. Fox.

¿En qué consiste la Doctrina Estrada para los gobiernos decididamente proyanquis con todo y las humillaciones de Trump? ¿La fueron agrediendo en su esencia hasta que Fox la hirió de muerte y Peña, con Videgaray, le da la puntilla? Antes solía invocarse la Doctrina Estrada, pero se ignora cuándo y cómo debe aplicarse. Se conoce, sí, que tiene que ver con la no intervención en los asuntos internos de otros estados y países (y por eso significó un pilar de la política exterior mexicana), pues se relaciona con el reconocimiento o mantenimiento de relaciones diplomáticas o de tipo diverso con naciones que deciden cambiar de gobierno. México no da ni quita reconocimiento, sino que deja a la entera soberanía de cada país establecer el régimen que prefiera, pero emplea su derecho de mantener o retirar sus representantes (o agentes diplomáticos).

Doctrina Estrada. Su historia: El 27 de septiembre de 1930 la Cancillería Mexicana, con Don Genaro Estrada al frente –la dirigió con los presidentes Calles, Portes Gil y Ortiz Rubio– emitió un comunicado que decía:

“Con motivo de cambios de régimen ocurrido en algunos países de la América del Sur, el gobierno de México ha tenido necesidad, una vez más, de decidir la aplicación, por su parte, de la teoría llamada de reconocimiento de gobiernos”.

Se reconocía ahí el hecho, sigue el cronista, de que México mismo había sufrido, como pocos países, las consecuencias de esa doctrina que deja al arbitrio de gobiernos extranjeros el pronunciarse sobre la legitimidad o ilegitimidad de otro régimen, produciéndose con este motivo situaciones en que la capacidad legal o el ascenso nacional de gobiernos o autoridades, parece supeditarse a la opinión de los extraños.

“Esta práctica se aplicaba en el Continente Americano, rara vez en la Europa, donde estaban las potencias, por lo que era, en realidad, un puñal para las decisiones de países latinoamericanos que fueran o no del grado de la potencia norteamericana o de las europeas. Para zafarse de ese ajeno arbitrio, el comunicado de don Genaro, redactado con la sencillez y claridad propias de quien conocía la política y las letras, informaba de haberse dado instrucción, por México, a sus Ministros o Encargados de Negocios en los países afectados por las recientes crisis políticas, haciéndoles conocer que México no se pronuncia en el sentido de otorgar reconocimientos, porque considera que, sobre herir la soberanía de otras naciones”.

(El lunes.)


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